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Clara y su batalla mental

Klais guimeti

En el tercer piso de un edificio gris, donde las ventanas apenas dejaban entrar la luz, trabajaba Clara archivando historias clínicas. Cada carpeta tenía un nombre, una fecha y un diagnóstico escrito con tinta azul. Ansiedad. Depresión. Trastorno adaptativo. Estrés postraumático. A veces, mientras ordenaba los papeles, sentía que no solo estaba organizando documentos, sino pedazos invisibles de personas que habían aprendido a sobrevivir en silencio.
Clara siempre había sido buena escuchando. Desde niña, sus amigas le confiaban secretos que no se atrevían a decir en casa. Sin embargo, nunca aprendió a escucharse a sí misma. Creció pensando que la salud mental era algo que solo se atendía cuando “algo estaba muy mal”. Algo grave. Algo evidente. Como si el dolor tuviera que gritar para ser válido.
Un lunes por la mañana, llegó al archivo una carpeta nueva. No tenía aún diagnóstico. Solo decía: “Observación inicial”. La curiosidad pudo más que la rutina, y Clara abrió el documento. Era el caso de un adolescente llamado Mateo, de dieciséis años, remitido por bajo rendimiento escolar y aislamiento. Nada alarmante, según la nota del profesor. “Parece distraído. No participa. Se queda mirando la pared.”
Clara sintió un pequeño estremecimiento. “Se queda mirando la pared.” Recordó cuántas veces ella misma se había quedado mirando el techo de su habitación sin saber explicar por qué sentía un peso en el pecho. No era tristeza exactamente. Tampoco tenía miedo. Era algo más difuso, como una niebla que no se ve desde fuera pero que por dentro lo cubre todo.
En las siguientes páginas, el psicólogo describía que Mateo no sabía identificar lo que sentía. Cuando le preguntaban si estaba triste, decía que no. Cuando le preguntaban si estaba enojado, también decía que no. Solo repetía: “No sé”. Ese “no sé” se repetía tantas veces que parecía convertirse en el verdadero problema.
Clara entendió entonces que muchas veces la salud mental no se trata solo de lo que sentimos, sino de lo que no sabemos nombrar. Hay emociones que crecen sin identidad, como sombras sin forma. Y lo que no se identifica, no se puede cuidar.
Esa noche, al llegar a casa, Clara se sentó en la cama y se preguntó algo que nunca antes se había permitido: “¿Qué siento yo?” Intentó responder con rapidez, como si fuera un examen. “Estoy cansada.” Pero el cansancio no explicaba las ganas de llorar que aparecen sin motivo. “Estoy estresada.” Pero el trabajo no era tan exigente. Cerró los ojos y dejó de buscar respuestas lógicas. Entonces apareció una palabra que le dio miedo aceptar: soledad.
No estaba sola en términos físicos. Tenía compañeros, vecinos, incluso una familia que llamaba los domingos. Pero se sentía desconectada, como si viviera detrás de un vidrio invisible que la separaba del mundo. Y nunca lo había dicho en voz alta porque no sabía que eso también era parte de la salud mental.
Al día siguiente, mientras archivaba otros expedientes, comenzó a notar algo que antes pasaba por alto: muchas personas no llegaban por una crisis evidente, sino por señales pequeñas que habían sido ignoradas.
Clara pensó en Mateo y en su constante “no sé”.
Al salir del edificio gris esa tarde, una idea le cruzó la mente por primera vez: quizá algunas de las historias que archivaba cada día también hablaban de ella.