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El silencio de las máquinas

Peptidoglicano

“Nadie nos prepara para el silencio. En un mundo plagado de estímulos en constante lucha por reclamar nuestra atención, este llega a parecer un lujo. O una condena. El silencio puede ser letal.”

La habitación A34 se caracteriza por parecer más un museo de artilugios que una habitación de hospital.
Pero más característico incluso es que, en el epicentro de la sala, postrado en una cama y totalmente inmóvil, se encuentra mi padre, que ya parece más máquina que hombre.
Al verlo, le ofrezco una sonrisa vacilante, y mientras busco una silla en la que tomar asiento, tengo cuidado de sortear todos los cables que salen del ventilador mecánico. Solo una vez sentada me atrevo a mirarlo a los ojos.

‘’Hola, papá’’. Pese a ser cuatro sílabas, se me atragantan. Trago saliva y retomo la palabra, pues la alternativa a mi voz es un silencio terminante. ‘’He traído el libro del que te hablé.’’

Veo, o por lo menos creo ver, cómo, al escucharme, cierra los ojos.
No puedo evitar pensar que, visto así, si no fuera por las débiles inspiraciones que se escuchan a través de la mascarilla, cualquiera podría pensar que ya está muerto.

Pero tan pronto como el pensamiento pasa por mi cabeza, lo desecho.
Y lo hago, pues, en este hospital, al igual que en lo que la biología denomina el tercer estado, prima la necesidad de mantener un orden. De aferrarse a la falsa pretensión de que, incluso ante la perspectiva de la muerte, todo estará bien.
Y yo, como las células post mortem, he de ser capaz de reorganizarme. Y de sobrevivir. Sobre todo de sobrevivir.

Es por eso que, decidida a llenar la habitación con palabras para acallar los persistentes pitidos de las máquinas, tomo entre mis manos “El gen egoísta” y trato de que mi voz no tiemble.




Leo la noticia una y otra vez. La leo como si fuera una fórmula milagrosa, como si contuviera todos los secretos del universo en su interior.

‘’Un equipo del VRAIN consigue recrear la voz de pacientes de ELA mediante Inteligencia Artificial. El nuevo sistema operativo se ha implementado en el Tobii eye tracker, SACC sucesor del sistema que Hawking utilizaba.
25 hospitales de toda España han recibido donaciones de dichos aparatos, entre ellos el hospital Hospital Clínic Barcelona, el Hospital Universitario Ramón y Cajal, el Hospital Universitario de Basurto…’’

Releo la línea. Hospital de Basurto. Noto una presión elevándose por mi garganta. Siento cómo las lágrimas comienzan a escurrirse por mis mejillas, y en vez de mi silencio habitual, las acompaña un quejido. Un lamento. Uno que de tan ronco toma un aspecto hasta gutural.

Movida por el ruido, o al menos eso deduzco, mi compañera de piso sale de su habitación con pasos tentativos, y se acerca a mí con cautela. Como si yo fuera un gas a alta presión. Como si estuviera al borde de la implosión.

Tras un tiempo, le enseño la noticia. La lee en silencio, y no mediamos más palabra. Solo me ofrece una sonrisa agridulce. Y un abrazo.

Tras lo que podrían haber sido minutos u
horas, habla.
‘’Eso significa que ya va siendo hora de que visites a tu aita, ¿no?’’. Sonrío. O lloro. No sé muy bien cuál de las dos. Tal vez una mezcla de ambas. Tal vez el llanto y la risa no sean contrarios.



Al girar el pomo de la puerta de la habitación A34, por primera vez en meses, no lo hago con reticencia. Lo hago ansiosa, expectante, incluso conmocionada. Lo hago movida por un sentimiento ajeno a la tristeza.

Al entrar, me recibe un paisaje que es tanto similar como diferente.
En el familiar ecosistema de máquinas que se extiende ante mí, veo una nueva. Veo una pantalla delante de la cama de mi padre.
Y, esta vez, después de saludarlo, me devuelve el saludo.

Por primera vez, no cargo con ser la única llenando el silencio.



Cuando finalmente recibo la noticia, no suenan campanas. No se para el mundo ni se palpa la electricidad en el aire. Cuando muere mi padre, lo hace de la forma en la que vivió: en silencio, por insuficiencia respiratoria en medio de la noche.

Recibo la llamada del hospital estando con mi compañera de piso. Ella, siempre tan genuina, siempre tan fraternal, trata de brindarme consuelo.

‘’Intenta agradecer el final. Gracias a la ciencia, has vuelto a escuchar su voz, aunque fuera a través de una máquina. ¿No es eso un mundo?’’

Le sostengo la mirada. "Lo es." Trago saliva. "Pero, ahora que ya no hay voz que pueda ser reproducida, ahora que hasta las máquinas callan, ¿qué me queda?"
Rompo a llorar. Hasta mi compañera, siempre tan llena de palabras, calla.

Y nadie nos prepara para el silencio.