Esperanza en el microscopio
Beta Vida
ESPERANZA EN EL MICROSCOPIO
Laila tenía doce años cuando su madre la llevó por primera vez al laboratorio donde trabajaba. Estaba nerviosa. No era uno de esos laboratorios de películas, con pócimas de colores brillantes y hechizos. Era un laboratorio real: con microscopios, incubadoras, tubos de ensayo y pantallas llenas de gráficos y fórmulas raras. Todo era blanco, y con luz fría.
Su madre siempre repetía una frase que a Laila se le había quedado grabada:
—La ciencia también da vida.
Durante mucho tiempo no comprendió qué significaba. Hasta que conoció a Náyade.
Náyade era una mujer alegre, pero con ojos tristes. Llevaba años intentando tener un bebé. Aquella era la tercera vez que fallaba el tratamiento. Cuando Laila la vio llorar en el pasillo del hospital después de una revisión, entendió que era un sueño que se estaba convirtiendo en pesadilla.
Escuchó a los médicos hablar de “problemas de fertilidad” y de algo llamado “fecundación in vitro”. La palabra le pareció complicada, pero también misteriosa.
Esa misma tarde decidió investigar. Buscó información en sitios web, vio vídeos y leyó artículos. Descubrió que, normalmente, un óvulo y un espermatozoide se unen dentro del cuerpo de la mujer. Pero cuando eso no ocurre, la ciencia puede ayudar. Los médicos extraen un óvulo, lo unen con un espermatozoide en el laboratorio y, si se forma un embrión, lo introducen en el útero.
Laila se quedó impresionada al ver imágenes de un embrión. Era diminuto, casi no lo podía ver, no pudo evitar pensar en ella – ¿así era yo?.
Sin embargo, no todo eran tan bonito, también descubrió que no todos los embriones conseguían salir adelante.
Al día siguiente, para acabar con su intriga le preguntó a uno de los científicos:
—¿Por qué ocurre eso?
—Porque el desarrollo es muy delicado —le explicó—. Las células necesitan nutrientes y una temperatura adecuada.
El equipo del laboratorio tenía una idea: donde crecían los embriones no se parecía cuerpo de una mujer. Si lograban hacerlo más parecido, quizá aumentarían las probabilidades de salir bien.
Durante semanas, Laila observó cómo trabajaban. Dividían los embriones en dos grupos, los de antes y el nuevo, para comparar resultados. Medían valores, revisaban con el microscopio y anotaban cada dato. Cuando algo no salía como esperaban, no se rendían: lo corregían y volvían a intentarlo.
Hubo momentos difíciles. Muchos intentos que no salieron bien. Náyade volvió a casa triste más de una vez. Pero el equipo no abandonó la investigación.
Finalmente, tras mejorar el nuevo embrión y repetir las pruebas varias veces, los resultados empezaron a mejorar.
Un día, el equipo de científicos se reunió.
—Los resultados han mejorado desde la última vez —dijó uno de ellos—. Hemos aumentado las probabilidades de éxito.
Semanas después, Náyade volvió al hospital para un nuevo intento. Esta vez utilizarían el nuevo método.
La espera fue larga.
Hasta que llegó el día de la primera ecografía.
En la pantalla apareció un pequeño punto y se escuchaban unos golpes que iban muy rápido.
—Es el latido —dijo la doctora.
Náyade se puso a llorar, pero está vez de esperanza.
En ese momento, comprendió lo que su madre quería decir. La ciencia no sustituye a la naturaleza. La entiende, la estudia, la respeta y si puede, la ayuda.
Aquella noche, cuando se iba a dormir, supo que algún día ella también investigaría. Porque dar vida no es solo tener un hijo, también significa encontrar la manera de que otros puedan hacerlo.
Beta Vida
Laila tenía doce años cuando su madre la llevó por primera vez al laboratorio donde trabajaba. Estaba nerviosa. No era uno de esos laboratorios de películas, con pócimas de colores brillantes y hechizos. Era un laboratorio real: con microscopios, incubadoras, tubos de ensayo y pantallas llenas de gráficos y fórmulas raras. Todo era blanco, y con luz fría.
Su madre siempre repetía una frase que a Laila se le había quedado grabada:
—La ciencia también da vida.
Durante mucho tiempo no comprendió qué significaba. Hasta que conoció a Náyade.
Náyade era una mujer alegre, pero con ojos tristes. Llevaba años intentando tener un bebé. Aquella era la tercera vez que fallaba el tratamiento. Cuando Laila la vio llorar en el pasillo del hospital después de una revisión, entendió que era un sueño que se estaba convirtiendo en pesadilla.
Escuchó a los médicos hablar de “problemas de fertilidad” y de algo llamado “fecundación in vitro”. La palabra le pareció complicada, pero también misteriosa.
Esa misma tarde decidió investigar. Buscó información en sitios web, vio vídeos y leyó artículos. Descubrió que, normalmente, un óvulo y un espermatozoide se unen dentro del cuerpo de la mujer. Pero cuando eso no ocurre, la ciencia puede ayudar. Los médicos extraen un óvulo, lo unen con un espermatozoide en el laboratorio y, si se forma un embrión, lo introducen en el útero.
Laila se quedó impresionada al ver imágenes de un embrión. Era diminuto, casi no lo podía ver, no pudo evitar pensar en ella – ¿así era yo?.
Sin embargo, no todo eran tan bonito, también descubrió que no todos los embriones conseguían salir adelante.
Al día siguiente, para acabar con su intriga le preguntó a uno de los científicos:
—¿Por qué ocurre eso?
—Porque el desarrollo es muy delicado —le explicó—. Las células necesitan nutrientes y una temperatura adecuada.
El equipo del laboratorio tenía una idea: donde crecían los embriones no se parecía cuerpo de una mujer. Si lograban hacerlo más parecido, quizá aumentarían las probabilidades de salir bien.
Durante semanas, Laila observó cómo trabajaban. Dividían los embriones en dos grupos, los de antes y el nuevo, para comparar resultados. Medían valores, revisaban con el microscopio y anotaban cada dato. Cuando algo no salía como esperaban, no se rendían: lo corregían y volvían a intentarlo.
Hubo momentos difíciles. Muchos intentos que no salieron bien. Náyade volvió a casa triste más de una vez. Pero el equipo no abandonó la investigación.
Finalmente, tras mejorar el nuevo embrión y repetir las pruebas varias veces, los resultados empezaron a mejorar.
Un día, el equipo de científicos se reunió.
—Los resultados han mejorado desde la última vez —dijó uno de ellos—. Hemos aumentado las probabilidades de éxito.
Semanas después, Náyade volvió al hospital para un nuevo intento. Esta vez utilizarían el nuevo método.
La espera fue larga.
Hasta que llegó el día de la primera ecografía.
En la pantalla apareció un pequeño punto y se escuchaban unos golpes que iban muy rápido.
—Es el latido —dijo la doctora.
Náyade se puso a llorar, pero está vez de esperanza.
En ese momento, comprendió lo que su madre quería decir. La ciencia no sustituye a la naturaleza. La entiende, la estudia, la respeta y si puede, la ayuda.
Aquella noche, cuando se iba a dormir, supo que algún día ella también investigaría. Porque dar vida no es solo tener un hijo, también significa encontrar la manera de que otros puedan hacerlo.
Beta Vida