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GRANDES DESCUBRIMIENTOS

Nicolas Bourbaki

Apenas había dormido en toda la noche. Repasaba continuamente todo lo que había guardado en la mochila: la autorización firmada, una libreta ya empezada, un par de bolígrafos, la cámara de fotos, el bocadillo de queso para el almuerzo y el zumo de manzana. Cuando mi madre vino a despertarme, salté de la cama con una sonrisa que no me cabía en la cara.

En el autobús, el profesor de Biología nos entregó un folleto a cada uno.

La visita dura aproximadamente una hora – nos explicó -. Quiero que os comportéis, pero, sobre todo, que aprendáis y disfrutéis.

Entramos al museo. Tenía una fachada blanca y sobria. En el vestíbulo, una pantalla proyectaba un cartel publicitario que anunciaba: Exposición temporal – GRANDES DESCUBRIMIENTOS. Al fondo se veían las salas, llenas de colores, figuras y máquinas interactivas.

La primera sala estaba dedicada a las ciencias de la vida. Sobre un gran soporte, se alzaba una estructura enorme en espiral, que parecía una escalera enrollada, con barras en el medio acabadas en bolas de cuatro colores diferentes, muy larga, como si nunca acabara. Bajo ella, una placa explicativa describía el ADN como el material genético de los seres vivos: la composición de la molécula, su función y los procesos en los que intervenía.

Me acerqué un poco más. En letras pequeñas, al final del texto, pude leer: “Publicado en 1953. Watson et al.”

- Es asombroso, ¿verdad? – me dijo mi profesor -. Cuantas cosas se han logrado entender en todo este tiempo.

“Se han logrado”, pensé, dejando que el verbo cargara con todo el peso.

Acabada la primera sala, y aún con gran emoción, mis compañeros y yo entramos a una sala que recreaba un antiguo laboratorio de biomedicina. Era un sitio enorme, lleno de frascos con polvos, instrumentos extraños, cuadernos y dibujos detallados guardados en vitrinas. Me acerqué a uno de los dibujos que llamó mi atención; tenía varios trazos tachados, y la misma forma repetida varias veces, cada una con alguna modificación. Me incliné para leer la placa, no tenía ningún nombre. Solo: “Ilustración de neuronas humanas. Siglo XX”.

- ¿De quién es? – pregunté en voz alta.

- Forma parte de la colección de un equipo internacional muy importante – contestó sonriente mi profesor.

- ¿Pero ¿cómo se llamaba?

- Bueno… - titubeó – eran varios investigadores que trabajaban juntos, como vosotros en clase.

“Como nosotros”, repetí para mis adentros. Cuando nosotros hacemos un trabajo en grupo, también somos un equipo. A mí no me da vergüenza hablar delante de toda la clase, pero, sin embargo, se me da fatal escribir, y lo suele hacer uno de mis compañeros. Algunos prefieren buscar la información, otros diseñar las cartulinas. Pero, al final, cuando entregamos el trabajo todos ponemos nuestro nombre, nunca lo hacemos como grupo 3. El profesor siempre sabe quién ha hecho el trabajo, y la nota, sea buena o mala, es para todos.

- ¡Mira! Se llama como tú – gritó mi compañera a una amiga suya.

Me giré y vi que el grupo ya había avanzado a la siguiente sala. Era una pared enorme, llena de revistas científicas. En ellas aparecían títulos muy complejos, que no era capaz ni de pronunciar. Bajo estos, en letra más sencilla, aparecían un par de nombres hasta llegar de nuevo al “et al.”. Estaba totalmente concentrado, repitiendo todos los nombres en voz baja. Algunos sonaban extranjeros, otros eran más conocidos. Intentaba imaginar cómo eran estas personas, cómo habían sido de niños, qué asignatura les gustaba más, a qué jugaban en el recreo, si solían hacer preguntas incómodas, como yo.

- ¿Qué haces? – preguntó mi profesor.

- ¿Quién es “et al.”?

Mi profesor soltó una carcajada. – “et al.” es una expresión del latín que significa “y otros”.

- ¿Quiénes son los otros? – murmuré.

- Más personas que trabajaron en eso – dudó mi profesor. – Lo importante es el hallazgo, el conocimiento que han aportado.

“Lo importante es el hallazgo”, aquellas palabras me hicieron sentir algo en el pecho. Pensé que, dentro de esas salas, si quitáramos las vitrinas, quedarían solo personas. Personas que estudiaron durante años, que se equivocaron una y otra vez hasta encontrar la respuesta correcta, que discutieron, dudaron, celebraron pequeños avances. Personas que compartieron momentos juntos.

- Volvemos al autobús – anunció el profesor.

Durante el trayecto de vuelta, tenía un sabor agridulce. Me había encantado el museo, todo lleno de luces bonitas y exposiciones interesantes. Y, sin embargo, algo faltaba. Todo lo que conocemos no ha aparecido solo, siempre hay alguien que las trabajó primero. Alguien que se hizo preguntas y decidió no soltarlas. Alguien con nombre.

Tras meditarlo un tiempo, comprendí qué hubiese cambiado de ese día. Irónicamente era un nombre, el de la exposición, y es que, me hubiera gustado leer:

GRANDES DESCUBRIDORES Y SUS GRANDES DESCUBRIMIENTOS.