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LA LOCA DE LAS MATEMÁTICAS

Inés

Llevo trabajando diez años en el centro psiquiátrico y nunca había visto nada igual. He vivido un montón de experiencias paranormales y he conocido a muchos pacientes que me han sorprendido con su manera de actuar, de pensar, o incluso con la forma tan distinta que tienen de ver el mundo. Tengo que dejar lo ocurrido por escrito para poder creérmelo. Sé que al leer esto nadie me va a creer y van a pensar que la que tendría que estar ingresada soy yo. Pero os pido por favor, leer esta historia entera antes de juzgarme, porque posiblemente sea lo último que escriba.

Texto encontrado esta mañana junto al cadáver de Rosa Giménez Mártinez en el sótano del centro psiquiátrico Jurai May. Es lo único que pienso al leer el inicio del folio. Me da miedo seguir leyendo, pero por el bien de la investigación tengo que hacerlo, tengo que leer esta historia para encontrar aunque sea una pista que nos lleve al asesino de esta chica. He intentado que alguien más lo haga por mí, pero dicen que el que lo tiene que hacer soy yo, que no lo puede hacer nadie más. Cierro la puerta, me pongo las gafas y empiezo a leer.

Ayer por la tarde entró una madre con su hija de la mano. La madre tenía los ojos llorosos y la pequeña una expresión indescifrable, como si estuviera medio ausente. Las saludo cortésmente y les pregunto el motivo de su visita. La madre me explica que quiere ingresar a su hija porque todo el mundo piensa que tiene un trastorno severo ya que se pasa horas viendo a un punto fijo sin mover ni un solo músculo mientras recita fórmulas matemáticas complejas. Bajo la cabeza para ver a la niña. Sigue con la misma expresión de hace unos minutos, con la mirada fija en un cuadro de la recepción. Personalmente no es un cuadro que me llame mucho la atención, simplemente son formas geométricas colocadas de forma aleatoria haciendo figuras abstractas. Vuelvo a mirar a la madre y le empiezo a pedir datos sobre la niña para ingresarla. Se llama Paula Rosales González, tiene ocho años y nació el diecisiete de enero de dos mil dieciséis.

La vista se me nubla por un momento. Releo una y otra vez este fragmento para ver si se trata de un error. No lo es. La niña de la que están hablando es de mi hija. La misma hija que eché junto con mi mujer de casa solo porque pensaba que estaba loca. Ahora entiendo porque mis compañeros querían que leyera la carta. Inhalo y exhalo con fuerza un par de veces antes de continuar leyendo.

Todo iba bien hasta que Paula se puso a gritar como loca fórmulas trigonométricas, de áreas y volúmenes mientras miraba al cuadro. No tardé mucho en descifrar lo que estaba ocurriendo: La niña estaba diciendo las fórmulas de las figuras geométricas que había en el cuadro. Me quedé paralizada. No sabía qué hacer. Era la primera vez que veía algo así. Por suerte la madre consiguió tranquilizarla y pedirle que se fuera para poder hablar conmigo a solas una vez que su pulso se ralentizó y que dejó de recitar fórmulas.
Cuando nos quedamos a solas, me empezó a explicar que Paula desde pequeña amaba todo lo relacionado con las matemáticas: Las 4 operaciones básicas, todo lo que tuviera números… Hasta que un día, empezó a tener comportamientos raros como el que acababa de presenciar. Como ella y su exmarido no le encontraban ningún tipo de sentido, hablaron con su profesora, quien les recomendó llevarla a hacer los exámenes de coeficiente intelectual.
A la semana siguiente de realizar la prueba, les llegaron los resultados. Lo que vieron los dejó estupefactos. Paula tenía un coeficiente intelectual de 300, algo nunca visto. La situación de Paula poco a poco fue empeorando y no era capaz de encargarse de ella en las condiciones en las que se hallaba la niña. Yo le dije que no se preocupara, que en Jurai May íbamos a ayudar a su hija para que cuando saliera pudiera controlar sus ataques matemáticos.
Al despedirme de la madre, fui a ver a Paula, y antes de que pudiera hablar me dijo “Sabes qué es lo que pasa cuando en una fracción tienes arriba y abajo un dos”. Al inicio no entendía a qué venía ese comentario, pero le contesté que se eliminaban. Su siguiente comentario me dejó helada “ Lo mismo que voy a hacer yo contigo” En aquel momento no le di importancia. No me imaginé que tres horas después estaría encerrada en el sótano escribiendo esta carta mientras escuchaba una voz infantil a escasos metros de mi recitando el teorema de Pitágoras mientras un cuchillo afilaba.