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La música del cuerpo

Diana

Pik se tambaleó de vértigo y respiró hondo al pensar en migrar. Sus mayores solían hablar de ser estoico, pero a estas alturas se veía forzado a salir hacia lo desconocido, hasta las zonas vetadas del cuerpo. ¿Quién decide lo que una célula de pecho puede o no puede llegar a ser? El envenenamiento primero y los incendios que arrasaron lo poco que quedaba después habían sido espeluznantes. Ahora la falta de alimento había agudizado su ingenio y reducido la cautela. Y no era una metáfora, el oxígeno tardaba mucho en llegar y se sentían muy débiles. Era un entorno silencioso, hostil, de tierra yerma y sufrimiento.

Así fue como Pik se convirtió en un migrante, el primer migrante climático de su estirpe.

Su pueblo le otorgó el liderazgo ya que confiaban en él para tener alguna oportunidad. Con muchas dudas, Pik aceptó y durante la primera noche de expedición por la sangre, cada miembro del clan le juró lealtad. Se le asignó un nuevo nombre, desde esa noche Pik pasaría a ser Soma. Aprendieron a deslizarse por el torrente sanguíneo y a pasar inadvertidas, sorteando a los protectores blancos siempre alerta. A ellos la guerra también les había dejado tocados, por suerte. Soma les enseñó que solo si permanecían invisibles conseguirían llegar a un sitio prometedor. Vagaron durante años, pero cada noche se repetía que cuando por fin hallaran ese lugar, desatarían su emboscada sin titubeos.

Pero los planes nunca salen como esperamos.

Un día pasó algo inusual, un sonido diferente les llamó la atención. No era el suave gru gru continuo y rítmico del cuerpo sino como una melodía lenta de piano. Era más fuerte a medida que avanzaban hacia la música. Hasta que un día el flujo sanguíneo empezó a coger velocidad y se vieron arrastrados. La verdad, no hubo ningún problema, alrededor células y órganos disfrutaban de la melodía despreocupados y nadie los reconocía como un enemigo. Los exploradores que iban de avanzadilla volvieron con noticias, todo despejado hasta llegar al hueso. Soma sentía que podía tocar su destino con las puntas de los dedos. Un grupo de jóvenes prefirió seguir otro camino, pero la mayoría se asentó en la primera vértebra que encontraron. Allí prosperaron y sus historias de cómo llegaron a la L3 pasaron a las nuevas generaciones.

Lamentablemente, y como es habitual, los tiempos de bonanza son cíclicos y este estaba cerca de llegar a su fin. Aunque esa música les producía bienestar, no era para todos igual. Las células más agresivas se pasaban el día rememorando las tropelías que habían sufrido. Soma solía hablar de estabilidad y de cómo sentía que esa música era terapéutica, pero los agresivos convencían a más. Todos eran parte de ese organismo y nadie tenía la intención de sacrificar su naturaleza. Soma las previno, sin adiestramiento no serían capaces de enfrentarse a la fortaleza blanca. Pero los agresivos soñaban con llegar a la médula ósea donde las células blancas nacen y se decide la fuerza del cuerpo. Cada noche debilitaban a su líder y crecían en número. En realidad, no necesitaban convencerlo, solo esperar. Cuando la proliferación comenzó a descontrolarse, la música cambió. Regresaron las sustancias tóxicas y las muertes. Aun en este punto, Soma se resistía, pero comprendía el impulso juvenil y percibía un desenlace inevitable. No imaginaba que el amargor de sus compañeras pudiera opacar el pulso rítmico hipnótico que les embriagó al llegar. Para entonces todos creían que en la médula serían inmortales. Y finalmente, Soma acabó por olvidar la armonía y se unió a ellas.

La noche anterior al ataque, Soma tuvo un sueño muy vívido. Llegaba a su destino y estaba nervioso frente a la cortina de la médula. La música allí era muy fuerte y todo era blanco y radiante. Una célula medular salió del interior apartando las hebras de la cortina blanca, miró a Soma con desdén y dijo; ese rencor no traerá nada bueno, no encontraréis paz ni descanso. Y prosiguió ¿no te das cuenta de que, si continúas, el cuerpo se muere y todos vosotros con él? Soma protestó, ¿y quién dice que tú perteneces más que nosotros a este lugar? La célula proyectó una imagen de células creciendo en equilibrio y Soma se vio a sí mismo, joven, antes de destruir esa armonía. En ese momento la música se detuvo y se despertó sobresaltado. Ya era tarde. Las primeras células ya habían atacado a la médula y alterado su equilibrio. Por primera vez no escuchó el silencio sino el vacío. El cuerpo no respondía.