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Las uvas del califa

M. Bello

La ciudad roja de Marrakech se adormece bajo las montañas del Atlas a las que parece intentar alcanzar el alto alminar de la mezquita almohade.

En el palacio está Abd al-Mu'min, el califa que supo llevar a cabo, imperturbable, tantas campañas victoriosas contra los anteriores gobernantes. Pero ahora se agita en el lecho sin poder conciliar el sueño.

- ¿Qué os pasa, mi señor? - pregunta la concubina con la que comparte la noche.

- Llama al médico - urge el califa.

La conquista de Marrakech un año antes había traido un cierto sosiego a su vida tras siete años de constante guerrear. Su afán por hacer perdurar lo conseguido y por que su familia heredase el poder alcanzado había impedido, sin embargo, que pudiese disfrutar sin más de sus logros. Hacer de Marrakech, la ciudad que había sido la capital fundada por sus enemigos, un entorno que proclamase ahora que los suyos, los 'Unitarios', eran los que mandaban bajo su liderazgo requería un esfuerzo distinto del militar. Había que construir edificios que plasmasen el nuevo orden, como la enorme mezquita con su elevado alminar y su recinto interior abatible que era un prodigio de ingeniería: las paredes del recinto se elevaban cuando el califa estaba presente y se abatían cuando se marchaba para mantener la ilusión de que en la sala de oración todos los creyentes eran iguales ante Dios. Los jardines y huertos del Agdal, a los que una compleja red hidráulica aseguraba el aporte de agua necesario, proclamaban la capacidad del califa para controlar la naturaleza y hacer que le sirviese produciendo las mejores frutas y hortalizas.

- ¿Requeríais mi presencia? - preguntó el adormilado Ibn Zuhr, cuyas ropas revelaban las prisas con las que el médico acudía a la llamada del califa.

- No puedo dormir, ha vuelto a pasar lo mismo, pero no puedo pasar por el mismo trago - se quejó Abd al-Mu'min.

Ibn Zuhr sabía, por pasadas y amargas experiencias con los anteriores señores de Marrakech, que contentar a quienes gobernaban podía ser una cuestión de vida o muerte. El califa necesitaba un purgante, pero el mal sabor y textura del que le había suministrado en una ocasión anterior le había hecho protestar porque el médico le hiciese pasar por ese mal trago - a él, que era el Príncipe de los Creyentes y sucesor del Mesías impecable. Desde entonces, Ibn Zuhr había dedicado muchas horas a pensar en una posible solución, una que no solamente curase la dolencia del califa, sino que también le demostrase que él como médico estaba a la altura de los nuevos tiempos. ¿Acaso el califa no incitaba a los sabios que había reunido en su corte a que imaginasen nuevas formas de hacer lo que se había hecho hasta entonces? También a que inventase lo no imaginado. Ibn Zuhr descendía de una familia sevillana que llevaba años dedicándose a la medicina, pero los nuevos tiempos exigían salir de los caminos trillados.

Ibn Zuhr había seleccionado una de las vides cultivadas en el Agdal y la había estado regando con un preparado que contenía todos los ingredientes del purgante que podía curar al califa si lograba hacérselo ingerir. La vid estaba ahora cargada de unos hermosos racimos de uva en los que el médico tenia puestas sus esperanzas.

- No os preocupéis, mi señor, esta vez será distinto -

Ordenó Ibn Zuhr a su sirviente que fuese a recoger un racimo con diez uvas de aquella vid.
Regresó el sirviente con él y el médico dijo al califa:

- Tomad estas diez uvas y se os soltará el vientre diez veces -

Así sucedió. La sanación del califa fue celebrada por todos los cortesanos que felicitaron a Ibn Zuhr por su ingenio. El califa también le felicitó y le colmó de regalos como solía hacer con aquellos notables de las poblaciones conquistadas que habían pasado a su servicio.

Poco después, el médico pidió permiso al califa para aprender la lengua que hablaban los 'Unitarios', los beréberes del Atlas cuya fuerza militar había permitido crear el imperio almohade y conquistar Marrakech. Concedido el permiso y pasado un tiempo, el califa preguntó al médico:

- Dime qué has aprendido de nuestra lengua-

El médico respondió con las dos palabras que los que se habían unido al poder almohade repetían una y otra vez:

- Dáme, y dáme más -

El califa se echó a reir. Pero su risa no era alegre.