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LO QUE TRAJO SU ÚLTIMO VUELO

DANA

Era 5 de enero de 2046, el doctor William Scobell y la doctora Claire Sullivan, dos jóvenes científicos, trabajaban en el área de Ciencia en la CIA.
Todos los viernes, antes de marcharse, William y Claire revisaban los documentos con los análisis del Departamento de Ciencia y Biología en su despacho. Llamaron a la puerta con gran estrépito. Sobresaltados corearon al unísono: ¡Adelante!
Abrió la puerta una mujer de mediana estatura, con gesto alarmado.
– Doctor Scobell, Doctora Sullivan, buenas tardes – tenía una dulce voz, pero su tono era agobiante – por favor, acompáñenme, es urgente.
Los dos científicos se miraron asustados. La mujer andaba a gran velocidad por el pasillo. William y Claire se rezagaron.
– Disculpad mis prisas, mi nombre es Leah Grayson, soy ornitóloga del Departamento de Observación y Cuidado de las Aves. Esta última semana, hemos detectado unos comportamientos realmente extraños en bandadas de gorriones, pero lo que ha sucedido hoy, nos ha dejado impactados.
Entraron a la sala de Control de su Departamento. Era una extensa habitación con numerosos equipos de control que vigilaban la ciudad de Virginia. Leah comenzó a hablar con un hombre que supervisaba las pantallas e indicó a los científicos que se aproximaran.
Una bandada de gorriones sobrevolaba la ciudad. De repente, todas aquellas aves empezaron a descender rápidamente hasta estrellarse contra el suelo. William y Claire se quedaron sorprendidos, no asimilaban lo que había sucedido.
– Deberíamos comprobar que no estén heridos o electrocutados, necesitamos el cuerpo de algún ave – dijo William.
– No creo que sea tan fácil doctor, estos pájaros no parecen heridos, deberíamos revisar si padecían alguna enfermedad – contestó Claire.
El doctor Scobell asintió, no había tiempo que perder.
En una de las salas de análisis de la CIA ya habían traído el cuerpo inerte del animal. William y Claire vistieron su equipo de protección e iniciaron sus hipótesis.
Después de un largo análisis, no identificaron ninguna enfermedad. Decepcionados, regresaron a su despacho.
– No lo entiendo doctor – afirmó Claire – es imposible que no hayamos detectado nada.
– Lo sé doctora, hay algo que no encaja, nunca había estado tan preocupado por algo tan simple, deberíamos avisar a Leah.
Sonó el teléfono, habían oído millones de veces ese campaneo, pero esta vez, era diferente, era…aterrorizador. William contestó dudoso. Era Leah, su voz sonaba desquiciada.
– Doctor Scobell venga de inmediato a la sala de control.
Los doctores llegaron con rapidez.
– Cada vez estoy más preocupada – dijo Leah – Al parecer, no solo afecta a las aves, sino a todo ser vivo que se acerca por aquella zona.
Dos hombres mayores paseaban por la calle observando a los pájaros inertes, e igual que les sucedió a las aves, se desplomaron en el suelo.
– Hemos enviado ambulancias para asistir a los hombres, agentes para restringir la zona y recoger las aves.
– Leah, si verdaderamente son los gorriones los que están produciendo estas muertes, debe tener cuidado donde depositarlos, corresponde guardarlos en un lugar seguro – continuó William.
– Tranquilo Scobell, nos hemos asegurado que las aves lleguen a la sala A1, la cual estará altamente vigilada. Analizareis los cuerpos de los hombres que serán trasladados al laboratorio, esperemos que con ellos haya más suerte.
No detectaron nada, se sentían impotentes con la situación.
– Doctor, por más que investiguemos no encontraremos nada, dejémoslo – afirmó Claire decepcionada.
William asintió, seguía sin comprenderlo, se sentía culpable. Salieron del laboratorio. Sin previo aviso, sonó la alarma de emergencia: PELIGRO CENTRAL CLAUSURADA (repetía sin cesar).
¡Cómo que central clausurada! pensó William ¡Qué está ocurriendo!
– Debemos llamar a Leah – sugirió preocupado.
La ornitología no contestaba. No había cobertura. Una a una se fueron apagando todas las luces. El miedo se propagó por la central, todo el mundo corría, pero…¿Nadie podía evitar el cierre?
No se veía nada, solo las luces rojas que provenían de la alarma. El doctor Scobell se repetía...¿Y si el problema eran las aves?
Corrieron a la sala A1. William sintió que se le encogía el corazón. La puerta estaba abierta. En el suelo, yacía un cuerpo que impedía que la puerta se cerrase.
Se apresuraron. Había cadáveres por todos lados, sin heridas, pálidos como la cera. Encontraron muerta a Leah que sostenía una máscara de oxígeno. William se la puso a Claire y la cogió de la mano, parecía algo mareada. El científico sintió un peso enorme en el brazo izquierdo, su querida compañera Claire…había fallecido. William lloraba, no sabía qué hacer ni a dónde ir.
Empezaba a tener dificultad para respirar. Vio una luz, se dirigió hacia ella arrastrándose por el suelo, no sentía las piernas. Notó unas manos que le agarraron con fuerza los brazos, pero cuando consiguieron sacarle, era demasiado tarde.
La CIA mantuvo en secreto lo sucedido…aún es una incógnita…solo aquellas manos saben lo que ocurrió después.
CONTINIARÁ..