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Los vapores del infierno

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Se podía decir que parecía ciencia ficción, o incluso algunos dirían que era brujería. A buen seguro, si esto lo hubiera hecho hace quinientos años, ahora estaría quemando a la hoguera. Algunos se pensarían que había vendido su alma al mismo diablo, que habría conectado aquel agujero perforado en la tierra con el infierno. Sin duda, era difícil de imaginar el origen de aquel vapor que permitía mover turbinas y generar casi 50 MW de electricidad sin emisiones de CO2.
Aquel viaje en Islandia lo había inspirado. Ver cómo se podía aprovechar el calor del interior de la Tierra para generar electricidad, calefacción y agua caliente había sido una experiencia transformadora. ¡La solución a conseguir eliminar por completo las emisiones de CO2 a la atmósfera que agravaban los efectos del cambio climático estaba bajo Tierra!
Sí, fue aquel viaje, pero también aquel mapa de las Islas Baleares, en el que se veía el relieve de las islas y del fondo marino. Lo había visto en una Noche de los Investigadores, en un estand donde explicaban cómo las emisiones de CO2 estaban acidificando los océanos. Así fue cómo descubrió la existencia del campo volcánico submarino Emile Baudot, entre Mallorca e Ibiza, con sus más de cien conos volcánicos. Aquel campo volcánico tenía que ser el origen de las aguas termales de Campos. Si no, ¿cómo se explicaba que hubiera unas termas en el sur de Mallorca?
Lo tomaban por loco. Hacer un agujero en la tierra para encontrar agua supercaliente que permitiera generar electricidad. ¿Dónde se había visto? Pero él lo había visto en su viaje inspirador en otra isla, perdida en medio del Atlántico, entre dos placas continentales. Y sabía que lo podría conseguir a su isla mediterránea, su isla querida, donde hacer vida normal y corriendo se había convertido en lujuria exquisita.
Contactó con una empresa de perforaciones que para llegar a profundidades nunca vistas habían desarrollado un sistema innovador que rompía la roca por ondas microondas, en lugar de por fricción. Las olas calentaban el agua de los poros de la roca, provocando una expansión rápida que la desmenuzaba. Esta técnica revolucionaria les permitió llegar a más de 10 km de profundidad, donde encontraron una capa de roca permeable muy caliente, que debía de estar conectada con lo que quedaba de la cámara magmática del campo volcánico submarino.
Esta capa contenía agua a más de 374 °C. Por encima de esta temperatura el agua está en estado supercrítico. No sabía explicar muy bien como era aquel estado, pero lo que sí sabía era que el agua tenía superpoderes a esas altas temperaturas. Su alta capacidad de almacenar calor y su alta compresibilidad, como si se tratara de un gas, hacían que con aquella agua supercaliente se pudiera generar diez veces más electricidad por pozo comparado con los pozos geotermales convencionales en sistemas hidrotermales.
Aquello era una revolución en la transición energética. Un solo pozo geotérmico extrayendo agua supercaliente podía generar 50 MW de electricidad, el equivalente a 200.000 paneles solares produciendo a máxima potencia, con la diferencia que el pozo geotérmico produce de forma constante, sin las intermitencias de la radiación solar. Así pues, con un solo pozo, se podría suministrar la demanda de unas 70.000 personas de forma fiable.
Lo había conseguido. Habían perforado dos pozos separados unos centenares de metros y habían hecho circular agua a través de ellos. Extraían agua supercaliente por uno de ellos, que iba a la central geotérmica, donde el agua convertida en vapor movía turbinas que generaban electricidad, y una vez el agua se enfriaba por debajo de 100 °C y pasaba a estado líquido, se reinyectaba por el otro pozo, formando un circuido cerrado. Cuando el agua enfriada llegaba al fondo del pozo, entraba en contacto con la roca caliente, donde se calentaba en su camino hacia el pozo de extracción. Y así podía ir dando vueltas durante décadas, extrayendo el calor del interior de la Tierra para generar electricidad sin emisiones de CO2.
Los avances científicos y tecnológicos lo habían permitido. Ahora que ya funcionaba aquella pareja de pozos, permitiendo el movimiento incansable del agua para proporcionar electricidad limpia, solo había que perforar suficientes pozos para cerrar las centrales térmicas que utilizaban hidrocarburos y seguían contaminando el planeta. Ahora solo hacía falta la convicción de más personas inspiradas por este ejemplo.