Más tiempo que vida
Smitty Werben Jerger Man Jensen
4 de septiembre de 1987. Primer viernes de mes y, como cada primer viernes de mes, vamos con mi abuela Celina a tomar un helado a la mejor heladería de la ciudad. Siempre repetimos el mismo camino: salimos de casa por la calle Beethoven, doblábamos a la izquierda y luego tomamos la larga e interminable Hipólito Yrigoyen.
Ese viernes era especialmente calmo y agradable; la temperatura era perfecta para caminar bajo el sol. Me sentía como en una postal, pero la diferencia era que el tiempo nos obligaba a seguir avanzando. Esa dimensión que evita que todos los eventos colapsen en un mismo instante y lugar. Pero ese viernes yo fantaseaba con ralentizar el tiempo de alguna manera. Sabía que, si llegábamos a la heladería, ya no habría vuelta atrás, y ese momento perfecto empezaría a perderse en el pasado.
Al cruzar la transitada calle 25 de mayo, mi abuela siempre me decía:
—Ignacio, no te apures y mira bien hacia los dos lados. Recuerda: siempre “hay más tiempo que vida”.
Pero, ¿que pasaría si esta calle fuese infinita?. ¿El tiempo acaso, no debería respetar que, yendo con mi abuela hacia la heladería, camináramos eternamente, ya que nuestro destino estaría al final de una calle sin fin?. Así perduraríamos para siempre en el momento idílico de esta postal.
Pero, por el contrario, ese viernes el tiempo había hecho notar su paso: mi abuela ya no tenía uno de sus pechos. El domingo anterior el médico había ido de urgencia a casa. Dejando marcado en mi memoria, aquel olor a medicinas y remedios inservibles ante la condición de mi abuela. Mi madre me había dicho, sin más, que me preparara, que la vida era así. Pero, ¿cómo me iba a preparar para dejar ir lo más preciado?. Yo quería luchar contra ese devenir del tiempo.
Y fue en un capítulo del programa Cosmos de Carl Sagan que encontré la pista que me ayudaría a controlarlo. No entendí las ecuaciones, pero sí la promesa. Carl Sagan decía que, a mayor velocidad, el tiempo parecía ir más lento; al punto que, si te mueves a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene por completo. Por el contrario, los que se quedan quietos deben soportar todo el peso de su paso.
Yo tenía una bicicleta genial. Una vez había ganado una carrera en mi barrio con ella, por lo que, si alguien podía desafiar al tiempo, ese era yo. Así que cada día después del colegio tomaba mi bicicleta y me ponía a entrenar en la bajada más larga que conocía: la de la calle Güemes. A máxima potencia, una y otra vez. Y así, cuando lograra la velocidad necesaria para detener el tiempo, podría subir a mi abuela y alargar su vida tanto como ella lo deseara.
Practicaba y practicaba y, cada vez que mi rendimiento mejoraba, me preguntaba cuánto tiempo más de vida mi abuela ganaría. Pero mi inocencia ante la ley de la relatividad me jugó una mala pasada. Pensé que podía frenar el tiempo de todo aquel que yo deseara pero, aunque lograse frenar el mío, nunca podría detener el del mundo entero.
¡Y que descaro el mío: querer desafiar al tiempo intentando alcanzar la velocidad de la luz sin poseer energía infinita en mis piernas!.
De hecho, estaba ocurriendo lo contrario: cada vez que yo aceleraba, me parecía que mi abuela se deterioraba con mayor velocidad. Ella había estado en una cama mientras yo me movía como un bólido, y ese desfasaje, lo pagué caro. Al regresar de uno de mis épicos viajes en bicicleta, mi abuela ya no estaba.
7 de septiembre del 2057. Primer viernes de mes y, como todos los primeros viernes de mes, voy caminando hacia la heladería con mi nieto Agustín. ¡Qué hermoso día!, igual al de aquella última caminata con Celina, sintiéndome nuevamente como en una postal y rogando que el tiempo no avance.
Podría decir que soy otro, pero sigo siendo el mismo que una vez quiso detener el avance del tiempo y hasta del universo con una bicicleta. Solo que hoy comprendo su verdadero sentido. De haber conseguido controlarlo, aún seguiría caminando al lado de mi abuela en 1987, ignorando todo lo que me perdería en esta vida. Nunca hubiese tenido hijos y Agustín nunca hubiese nacido. Pero el tiempo y su paso inevitable me dio la chance de avanzar.
Hoy, en un estado de plenitud mayor, en mi memoria está mi abuela presente como si nunca se hubiese ido. Tan presente como mi nieto aquí a mi lado. Y seguimos caminando juntos, disfrutando esta eterna postal. Porque, como ella decía , “hay más tiempo que vida”.
Ese viernes era especialmente calmo y agradable; la temperatura era perfecta para caminar bajo el sol. Me sentía como en una postal, pero la diferencia era que el tiempo nos obligaba a seguir avanzando. Esa dimensión que evita que todos los eventos colapsen en un mismo instante y lugar. Pero ese viernes yo fantaseaba con ralentizar el tiempo de alguna manera. Sabía que, si llegábamos a la heladería, ya no habría vuelta atrás, y ese momento perfecto empezaría a perderse en el pasado.
Al cruzar la transitada calle 25 de mayo, mi abuela siempre me decía:
—Ignacio, no te apures y mira bien hacia los dos lados. Recuerda: siempre “hay más tiempo que vida”.
Pero, ¿que pasaría si esta calle fuese infinita?. ¿El tiempo acaso, no debería respetar que, yendo con mi abuela hacia la heladería, camináramos eternamente, ya que nuestro destino estaría al final de una calle sin fin?. Así perduraríamos para siempre en el momento idílico de esta postal.
Pero, por el contrario, ese viernes el tiempo había hecho notar su paso: mi abuela ya no tenía uno de sus pechos. El domingo anterior el médico había ido de urgencia a casa. Dejando marcado en mi memoria, aquel olor a medicinas y remedios inservibles ante la condición de mi abuela. Mi madre me había dicho, sin más, que me preparara, que la vida era así. Pero, ¿cómo me iba a preparar para dejar ir lo más preciado?. Yo quería luchar contra ese devenir del tiempo.
Y fue en un capítulo del programa Cosmos de Carl Sagan que encontré la pista que me ayudaría a controlarlo. No entendí las ecuaciones, pero sí la promesa. Carl Sagan decía que, a mayor velocidad, el tiempo parecía ir más lento; al punto que, si te mueves a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene por completo. Por el contrario, los que se quedan quietos deben soportar todo el peso de su paso.
Yo tenía una bicicleta genial. Una vez había ganado una carrera en mi barrio con ella, por lo que, si alguien podía desafiar al tiempo, ese era yo. Así que cada día después del colegio tomaba mi bicicleta y me ponía a entrenar en la bajada más larga que conocía: la de la calle Güemes. A máxima potencia, una y otra vez. Y así, cuando lograra la velocidad necesaria para detener el tiempo, podría subir a mi abuela y alargar su vida tanto como ella lo deseara.
Practicaba y practicaba y, cada vez que mi rendimiento mejoraba, me preguntaba cuánto tiempo más de vida mi abuela ganaría. Pero mi inocencia ante la ley de la relatividad me jugó una mala pasada. Pensé que podía frenar el tiempo de todo aquel que yo deseara pero, aunque lograse frenar el mío, nunca podría detener el del mundo entero.
¡Y que descaro el mío: querer desafiar al tiempo intentando alcanzar la velocidad de la luz sin poseer energía infinita en mis piernas!.
De hecho, estaba ocurriendo lo contrario: cada vez que yo aceleraba, me parecía que mi abuela se deterioraba con mayor velocidad. Ella había estado en una cama mientras yo me movía como un bólido, y ese desfasaje, lo pagué caro. Al regresar de uno de mis épicos viajes en bicicleta, mi abuela ya no estaba.
7 de septiembre del 2057. Primer viernes de mes y, como todos los primeros viernes de mes, voy caminando hacia la heladería con mi nieto Agustín. ¡Qué hermoso día!, igual al de aquella última caminata con Celina, sintiéndome nuevamente como en una postal y rogando que el tiempo no avance.
Podría decir que soy otro, pero sigo siendo el mismo que una vez quiso detener el avance del tiempo y hasta del universo con una bicicleta. Solo que hoy comprendo su verdadero sentido. De haber conseguido controlarlo, aún seguiría caminando al lado de mi abuela en 1987, ignorando todo lo que me perdería en esta vida. Nunca hubiese tenido hijos y Agustín nunca hubiese nacido. Pero el tiempo y su paso inevitable me dio la chance de avanzar.
Hoy, en un estado de plenitud mayor, en mi memoria está mi abuela presente como si nunca se hubiese ido. Tan presente como mi nieto aquí a mi lado. Y seguimos caminando juntos, disfrutando esta eterna postal. Porque, como ella decía , “hay más tiempo que vida”.