Noctiluca
Trinidad Novoa Aguirre
Cuando llegamos, la playa estaba llena de noctilucas. Era la primera vez para Elisa, que solía venir durante el día, y nunca había podido ser testigo de la luminiscencia. Yo ya las había visto varias veces, pero supongo que eso no es demasiado sorprendente. A diferencia de ella, yo vivo todo el año en Bahía Inglesa, y suelo trabajar largas jornadas, por lo que en general vengo a la playa por la noche.
Nos sentamos cerca de la orilla, la arena blanca estaba húmeda y se podía distinguir ese camino negro que se forma justo donde termina el mar, donde se depositan pequeños restos de madera y conchitas que vienen a parar allí gracias al vaivén de las olas. Nos quedamos como hipnotizadas mirando la espuma, que resplandecía en la oscuridad de la noche, bajo el cielo estrellado de Atacama.
–Me recuerdan a las auroras boreales – dijo Elisa, mientras yo sacaba de mi bolso una cámara de fotos.
A veces me gustaría haber viajado tanto como ella, pero nunca llegaba a darme demasiada envidia. La vida itinerante de las científicas como Elisa, que no duraba más de dos años viviendo en el mismo lugar, y que pasaba en conferencias internacionales, no terminaba de convencerme. Sin embargo, es cierto que esas experiencias la dotaban de anécdotas, que le permitían hacer comentarios como ese así sin más, como si por estos lados fuese normal pensar en auroras.
Jugué con las opciones de la cámara, evaluando qué ajuste me permitiría retratar de mejor manera el espectáculo que nos ofrecía la noche. Le respondí:
–¿Y eran así tan espectaculares como dicen, las auroras? Yo he escuchado que las fotos son mejores que lo que se ve en realidad.
–Pues sí –me respondió –, supongo que tienen razón. Pero verlas en persona te da una sensación muy especial. De repente te vuelves muy consciente de formar parte del universo.
Hizo una pausa, mientras seguíamos observando las noctilucas que danzaban al son del mar.
–Supongo que eso también pasa muy seguido aquí en el desierto, por las estrellas –siguió–. Da la impresión de estar muy cerca de la vía láctea y todas esas cosas.
–Quizá por eso te gustaron las auroras, porque te recuerdan a casa.
A lo lejos se escuchaban unos niños que se bañaban en el mar, jugaban y reían. Nosotras no nos aventurábamos a tanto, pues aquí las noches son frías hasta en verano, y nuestros treinta y cinco años nos hacían pensar en un posible resfriado. Nos contagiamos de todas formas de la alegría infantil y, llevadas por la nostalgia, comenzamos a recordar anécdotas de cuando éramos pequeñas y veníamos a la playa. El brillo del mar confería al momento de una atmósfera particular, y permitía que las historias cobraran nuevos matices, permitiéndonos ver a los personajes de nuestra infancia desde nuevas perspectivas.
Después de un rato, decidimos levantarnos para dar un pequeño paseo. Me dediqué a fotografiar el movimiento de las olas, experimenté con diferentes técnicas, intentando sacarle el máximo provecho al fenómeno marino. Haciendo fotografías de larga exposición, pude capturar la trayectoria del agua gracias a la luz que emanaba de ella.
Le hice un millón de preguntas a Elisa, que me explicó todo con mucha paciencia. Yo ya lo había visto antes, pero nunca me había interesado en la explicación científica que había detrás. Más allá de la química, me pareció interesante cómo unos organismos tan pequeñitos podían teñir la playa entera de manchas de luz. Supongo que eso, también, podía hacerte sentir parte del universo, aunque ocurriese a una escala opuesta, tan pequeña.
Entre la luz del mar y la del cielo, seguimos caminando hasta llegar al pueblo, que nos esperaba también con sus propias luces. A pesar de que ya era bastante tarde, y ambas estábamos cansadas, ninguna de las dos quería que la noche acabara. Daban ganas de quedarse en ese limbo bioluminiscente por un tiempo más.
Nos sentamos a revisar las fotografías, a elegir nuestras favoritas y a imaginarnos cómo podríamos editarlas. Recordé nuevamente nuestra infancia, cuando nos juntábamos para sacarnos fotos alrededor del barrio, siempre intentando superar en creatividad a la foto anterior. Todo terminaba siempre en un mar de risas, que hasta el día de hoy reaparece cuando recuperamos alguna foto del baúl de los recuerdos.
Me di cuenta de cuánto la extrañaba. De lo orgullosa que me hacía verla cumpliendo sus metas en el extranjero, haciendo su ciencia, mirando auroras. Pero todo eso significaba que nuestros recuerdos seguían siendo infantiles. Que los nuevos, los que estábamos generando un día como hoy, eran muy escasos, y eso me partía el corazón. Sin saberlo, sospechaba que a ella le dolía aún más.
–¿Alguna vez piensas en volver? –le pregunté.
–Todos los días.
Nos sentamos cerca de la orilla, la arena blanca estaba húmeda y se podía distinguir ese camino negro que se forma justo donde termina el mar, donde se depositan pequeños restos de madera y conchitas que vienen a parar allí gracias al vaivén de las olas. Nos quedamos como hipnotizadas mirando la espuma, que resplandecía en la oscuridad de la noche, bajo el cielo estrellado de Atacama.
–Me recuerdan a las auroras boreales – dijo Elisa, mientras yo sacaba de mi bolso una cámara de fotos.
A veces me gustaría haber viajado tanto como ella, pero nunca llegaba a darme demasiada envidia. La vida itinerante de las científicas como Elisa, que no duraba más de dos años viviendo en el mismo lugar, y que pasaba en conferencias internacionales, no terminaba de convencerme. Sin embargo, es cierto que esas experiencias la dotaban de anécdotas, que le permitían hacer comentarios como ese así sin más, como si por estos lados fuese normal pensar en auroras.
Jugué con las opciones de la cámara, evaluando qué ajuste me permitiría retratar de mejor manera el espectáculo que nos ofrecía la noche. Le respondí:
–¿Y eran así tan espectaculares como dicen, las auroras? Yo he escuchado que las fotos son mejores que lo que se ve en realidad.
–Pues sí –me respondió –, supongo que tienen razón. Pero verlas en persona te da una sensación muy especial. De repente te vuelves muy consciente de formar parte del universo.
Hizo una pausa, mientras seguíamos observando las noctilucas que danzaban al son del mar.
–Supongo que eso también pasa muy seguido aquí en el desierto, por las estrellas –siguió–. Da la impresión de estar muy cerca de la vía láctea y todas esas cosas.
–Quizá por eso te gustaron las auroras, porque te recuerdan a casa.
A lo lejos se escuchaban unos niños que se bañaban en el mar, jugaban y reían. Nosotras no nos aventurábamos a tanto, pues aquí las noches son frías hasta en verano, y nuestros treinta y cinco años nos hacían pensar en un posible resfriado. Nos contagiamos de todas formas de la alegría infantil y, llevadas por la nostalgia, comenzamos a recordar anécdotas de cuando éramos pequeñas y veníamos a la playa. El brillo del mar confería al momento de una atmósfera particular, y permitía que las historias cobraran nuevos matices, permitiéndonos ver a los personajes de nuestra infancia desde nuevas perspectivas.
Después de un rato, decidimos levantarnos para dar un pequeño paseo. Me dediqué a fotografiar el movimiento de las olas, experimenté con diferentes técnicas, intentando sacarle el máximo provecho al fenómeno marino. Haciendo fotografías de larga exposición, pude capturar la trayectoria del agua gracias a la luz que emanaba de ella.
Le hice un millón de preguntas a Elisa, que me explicó todo con mucha paciencia. Yo ya lo había visto antes, pero nunca me había interesado en la explicación científica que había detrás. Más allá de la química, me pareció interesante cómo unos organismos tan pequeñitos podían teñir la playa entera de manchas de luz. Supongo que eso, también, podía hacerte sentir parte del universo, aunque ocurriese a una escala opuesta, tan pequeña.
Entre la luz del mar y la del cielo, seguimos caminando hasta llegar al pueblo, que nos esperaba también con sus propias luces. A pesar de que ya era bastante tarde, y ambas estábamos cansadas, ninguna de las dos quería que la noche acabara. Daban ganas de quedarse en ese limbo bioluminiscente por un tiempo más.
Nos sentamos a revisar las fotografías, a elegir nuestras favoritas y a imaginarnos cómo podríamos editarlas. Recordé nuevamente nuestra infancia, cuando nos juntábamos para sacarnos fotos alrededor del barrio, siempre intentando superar en creatividad a la foto anterior. Todo terminaba siempre en un mar de risas, que hasta el día de hoy reaparece cuando recuperamos alguna foto del baúl de los recuerdos.
Me di cuenta de cuánto la extrañaba. De lo orgullosa que me hacía verla cumpliendo sus metas en el extranjero, haciendo su ciencia, mirando auroras. Pero todo eso significaba que nuestros recuerdos seguían siendo infantiles. Que los nuevos, los que estábamos generando un día como hoy, eran muy escasos, y eso me partía el corazón. Sin saberlo, sospechaba que a ella le dolía aún más.
–¿Alguna vez piensas en volver? –le pregunté.
–Todos los días.