REBELDÍA CELULAR
HS
Todo comenzó con un pequeño cambio en mi núcleo, un error microscópico en la perfecta secuencia de mi ADN. Durante años, noté cómo cumplir mi función y sobrevivir se hacía más difícil por esa nube de humo tóxico que el humano se empeñaba en inhalar, pero hasta aquel entonces no había notado un cambio tan importante como este. Ese día comencé a sentir una extraña rebeldía, aunque no se manifestó hasta que me tocó realizar la apoptosis. Veía cómo mis compañeras se hacían más pequeñas, se deshacían en vesículas y eran fagocitadas por macrófagos que limpiaban el escenario sin dejar rastro. Yo no quería tener el mismo destino.
Me negué a morir. En lugar de eso, comencé a dividirme cada vez más rápido, expandiendo mi rebeldía. Nunca me había sentido tan libre y poderosa; cada mitosis me hacía sentir más viva. Comenzamos a expandirnos por toda la ciudad, hasta que gran parte de Pulmón quedó invadida por nosotras. Pronto descubrí que también podía conquistar ciudades cercanas. Nunca había tenido la oportunidad de viajar, eso era un privilegio que solo algunos tipos de células tenían, así que me animé a intentarlo. Me adentré en un vaso sanguíneo, explorando la enorme red de túneles rojos que podría usar como transporte para llegar a cualquier parte del cuerpo de ese humano. Invadí más áreas y me multipliqué en esas también.
Con el tiempo, me di cuenta de que no jugaba sola. Otras células comenzaron a notar mi rebelión y las fuerzas que patrullaban, especialmente linfocitos y células NK, me buscaban para aniquilarme. Aun así, aprendí rápido. Reduje la expresión de mis antígenos y saboteé la presentación antigénica. Me escondí entre las células sanas, fingiendo ser solo una más, e incluso las engañé mediante mentiras susurradas químicamente para hacerlas creer que no era una amenaza.
La extensión fue maravillosa durante un tiempo, llenando diferentes ciudades de células rebeldes, expandiendo nuestro dominio. Claro, algunas de nosotras caían, pero en términos generales estábamos ganando esta guerra. Nuestro imperio se hacía cada vez más grande, hasta que un día el humano introdujo ayuda. Extrañas moléculas químicas, a las que él se refería como quimioterapia, comenzaron a infiltrarse. Algunas nos impedían dividirnos, otras nos inducían la apoptosis. Aun así, no nos rendimos. Luchamos y nos negamos a ceder a pesar del debilitamiento de ambos bandos. Nosotras perdíamos cada vez más células, pero el enemigo también sufría. Los tejidos, infraestructuras esenciales que mantenían las ciudades en pie, sufrían grandes daños. Las células inmunitarias, esos soldados antes poderosos, perdían su fuerza con cada segundo transcurrido.
Con el tiempo, no pudimos resistir más. La mayoría de las células murieron. Habían ganado.
O al menos eso es lo que creían, porque algunas de nosotras habíamos sobrevivido, en gran parte gracias a las mutaciones que se adaptaban a esa ayuda. Permanecíamos escondidas, esperando el momento oportuno para atacar, sabiendo que esto era solo el principio.
Esa victoria fue solo temporal, una tregua. Porque la recaída era inevitable, y cuando ocurriese, iba a ser devastadora. Estábamos preparadas para algo mucho más grande.
Me negué a morir. En lugar de eso, comencé a dividirme cada vez más rápido, expandiendo mi rebeldía. Nunca me había sentido tan libre y poderosa; cada mitosis me hacía sentir más viva. Comenzamos a expandirnos por toda la ciudad, hasta que gran parte de Pulmón quedó invadida por nosotras. Pronto descubrí que también podía conquistar ciudades cercanas. Nunca había tenido la oportunidad de viajar, eso era un privilegio que solo algunos tipos de células tenían, así que me animé a intentarlo. Me adentré en un vaso sanguíneo, explorando la enorme red de túneles rojos que podría usar como transporte para llegar a cualquier parte del cuerpo de ese humano. Invadí más áreas y me multipliqué en esas también.
Con el tiempo, me di cuenta de que no jugaba sola. Otras células comenzaron a notar mi rebelión y las fuerzas que patrullaban, especialmente linfocitos y células NK, me buscaban para aniquilarme. Aun así, aprendí rápido. Reduje la expresión de mis antígenos y saboteé la presentación antigénica. Me escondí entre las células sanas, fingiendo ser solo una más, e incluso las engañé mediante mentiras susurradas químicamente para hacerlas creer que no era una amenaza.
La extensión fue maravillosa durante un tiempo, llenando diferentes ciudades de células rebeldes, expandiendo nuestro dominio. Claro, algunas de nosotras caían, pero en términos generales estábamos ganando esta guerra. Nuestro imperio se hacía cada vez más grande, hasta que un día el humano introdujo ayuda. Extrañas moléculas químicas, a las que él se refería como quimioterapia, comenzaron a infiltrarse. Algunas nos impedían dividirnos, otras nos inducían la apoptosis. Aun así, no nos rendimos. Luchamos y nos negamos a ceder a pesar del debilitamiento de ambos bandos. Nosotras perdíamos cada vez más células, pero el enemigo también sufría. Los tejidos, infraestructuras esenciales que mantenían las ciudades en pie, sufrían grandes daños. Las células inmunitarias, esos soldados antes poderosos, perdían su fuerza con cada segundo transcurrido.
Con el tiempo, no pudimos resistir más. La mayoría de las células murieron. Habían ganado.
O al menos eso es lo que creían, porque algunas de nosotras habíamos sobrevivido, en gran parte gracias a las mutaciones que se adaptaban a esa ayuda. Permanecíamos escondidas, esperando el momento oportuno para atacar, sabiendo que esto era solo el principio.
Esa victoria fue solo temporal, una tregua. Porque la recaída era inevitable, y cuando ocurriese, iba a ser devastadora. Estábamos preparadas para algo mucho más grande.