Soledad
Archaea
Había dejado de llover. Echó un vistazo a su alrededor, contemplando el interminable manto verde que se extendía hasta el horizonte. Se sacudió para quitarse de encima el agua que lo empapaba y, como cada día, se tomó su tiempo para acicalarse, asegurándose de que no quedaban parásitos ni restos de humedad entre sus plumas. Cuando estuvo satisfecho, se lanzó al vacío y echó a volar, deslizándose silenciosamente entre los árboles.
La selva ofrecía toda clase de manjares a quien sabía encontrarlos, pero también ocultaba muchos peligros. Cuando era un polluelo, sus padres le advertían constantemente sobre ellos, a menudo por medio de cuentos. El más aterrador era el del simio que andaba sobre dos patas. Decían que esta criatura envidiaba a los habitantes del cielo; que robaba sus plumas y se llevaba a sus crías, encerrándolas en lugares pequeños y obligándolas a cantar para él.
De joven, había descartado esas historias como patrañas, invenciones que sólo servían para mantener a los polluelos callados. Hasta que, un día, lo vió. Él estaba posado en una rama, cantando con la esperanza de encontrar a una pareja con la que construir su nido, cuando un extraño brillo lo distrajo. Venía del otro lado del lago. Dejó de cantar y se quedó observando un buen rato, hasta que logró distinguirlo. Efectivamente, se trataba de un simio muy extraño, erguido sobre dos patas, con un solo ojo desmesuradamente grande que reflejaba la luz del sol. No se lo pensó dos veces y echó a volar, perdiéndose entre la espesura.
Desde entonces, había sido mucho más cuidadoso a la hora de abandonar sus escondites. No obstante, en los últimos tiempos se había visto obligado a arriesgarse de nuevo. Hacía ya muchas lunas que había abandonado el nido que lo vio nacer, pero aún no había sido capaz de encontrar pareja. Cada día volaba hasta la rama más alta que podía encontrar y cantaba, a veces suavemente, otras con más fuerza, probando distintas variaciones, pero siempre sin éxito. Nunca había recibido una respuesta. De hecho, no habría sabido decir cuándo fue la última vez que vio a una hembra de su especie, o que oyó el canto de algún macho rival. No era extraño que pasase cierto tiempo sin cruzarse con ningún semejante. Al fin y al cabo, la selva era muy grande.
Sin embargo, aquella mañana, por primera vez, le invadió un sentimiento opresivo al pasar por su mente una idea aterradora: ¿acaso no quedaba nadie más? ¿Era posible que fuese el último de los suyos que quedaba en aquella selva? ¿Se habrían marchado todos los demás o, quizá…?
Agitó la cabeza, tratando de ahuyentar aquellos pensamientos. Era imposible. Tenía que haber alguien ahí fuera. Alguien que, como él, buscaba con desesperación una pareja con la que formar una familia. No podía rendirse. Debía encontrarla.
Así que siguió cantando, día tras día, hasta que, finalmente, su voz se apagó. Y nadie, en todo el mundo, volvió a cantar una canción como la suya.
La selva ofrecía toda clase de manjares a quien sabía encontrarlos, pero también ocultaba muchos peligros. Cuando era un polluelo, sus padres le advertían constantemente sobre ellos, a menudo por medio de cuentos. El más aterrador era el del simio que andaba sobre dos patas. Decían que esta criatura envidiaba a los habitantes del cielo; que robaba sus plumas y se llevaba a sus crías, encerrándolas en lugares pequeños y obligándolas a cantar para él.
De joven, había descartado esas historias como patrañas, invenciones que sólo servían para mantener a los polluelos callados. Hasta que, un día, lo vió. Él estaba posado en una rama, cantando con la esperanza de encontrar a una pareja con la que construir su nido, cuando un extraño brillo lo distrajo. Venía del otro lado del lago. Dejó de cantar y se quedó observando un buen rato, hasta que logró distinguirlo. Efectivamente, se trataba de un simio muy extraño, erguido sobre dos patas, con un solo ojo desmesuradamente grande que reflejaba la luz del sol. No se lo pensó dos veces y echó a volar, perdiéndose entre la espesura.
Desde entonces, había sido mucho más cuidadoso a la hora de abandonar sus escondites. No obstante, en los últimos tiempos se había visto obligado a arriesgarse de nuevo. Hacía ya muchas lunas que había abandonado el nido que lo vio nacer, pero aún no había sido capaz de encontrar pareja. Cada día volaba hasta la rama más alta que podía encontrar y cantaba, a veces suavemente, otras con más fuerza, probando distintas variaciones, pero siempre sin éxito. Nunca había recibido una respuesta. De hecho, no habría sabido decir cuándo fue la última vez que vio a una hembra de su especie, o que oyó el canto de algún macho rival. No era extraño que pasase cierto tiempo sin cruzarse con ningún semejante. Al fin y al cabo, la selva era muy grande.
Sin embargo, aquella mañana, por primera vez, le invadió un sentimiento opresivo al pasar por su mente una idea aterradora: ¿acaso no quedaba nadie más? ¿Era posible que fuese el último de los suyos que quedaba en aquella selva? ¿Se habrían marchado todos los demás o, quizá…?
Agitó la cabeza, tratando de ahuyentar aquellos pensamientos. Era imposible. Tenía que haber alguien ahí fuera. Alguien que, como él, buscaba con desesperación una pareja con la que formar una familia. No podía rendirse. Debía encontrarla.
Así que siguió cantando, día tras día, hasta que, finalmente, su voz se apagó. Y nadie, en todo el mundo, volvió a cantar una canción como la suya.