Un mundo diminuto, un dilema gigantesco.
Fénix de Hierro
Aquel era un mundo diminuto. Los árboles medían apenas unos pocos milímetros, las montañas
más altas eran de la mitad del tamaño de un dedo. Los volcanes apenas iluminaban, y con unos mil
pasos dabas la vuelta al planeta. Aun así, por muy extraño que resulte, existía la vida.
Bacterias, plantas, hongos e incluso animales existían en un mundo tan minúsculo como este. Y sí, también había humanos: unos cien, que aún así constituían una superpoblación. Como los humanos terrícolas, les apasionaba hacerse preguntas, y entre todas destacaba una:
¿Por qué la luz se comportaba de manera tan extraña?
En su planeta ocurría un fenómeno desconcertante: La “fuente de luz” daba la vuelta
al planeta 16 veces por segundo, para posteriormente detenerse unos segundos variables, repitiendo el ciclo durante entre 30 minutos y 1 hora. Después, el planeta
entero temblaba, abriéndose en fisuras. Cuando los terremotos cesaban, la luz desaparecía durante 23 horas. En ese tiempo, algunos descansaban, mientras otros tapaban grietas. Una vez transcurridas, los terremotos
regresaban, y el ciclo volvía a repetirse.
Filósofos, físicos y matemáticos formulaban teorías, pero apenas duraban unas horas antes de ser refutadas... hasta que surgió el modelo actual. Esta sostiene que, más allá del planeta, existe una fuente de luz
redonda, posteriormente nombrada “estrella”, que circula entre dos planetas: uno de ellos grande, y el otro pequeño. La estrella comienza orbitando el pequeño, pero como la
fuerza gravitatoria del grande lo atrae, termina dando las vueltas muy rápido cuando esta cerca de
este. Una vez la fuerza del otro planeta logra vencer a la del pequeño, la estrella pasa un largo rato
para bordear todo el planeta grande. Asimismo, los dos planetas giraban sobre su eje, y es por eso que cuando se llega o se va la estrella, el planeta tiembla por la gravedad que esta genera. Y como nadie pudo refutarlo, se volvió el modelo actual.
Así pasaron los días en el planeta, que los humanos fueron desenvolviéndose tecnológicamente,
desarrollando herramientas y máquinas más sofisticadas según avanzaba el tiempo. Es de tal manera
que con el transcurso de unos años, consiguieron desenvolver un tipo de transporte capaz de
abandonar la atmósfera planetaria desafiando la gravedad y adentrándose en el gigantesco espacio:
“pulsodrón”, lo llamaron.
Cuando tocó la hora de partir a investigar, los tres humanos más valientes, sabios y respetados se
subieron a la nave esperando corroborar de forma definitiva su hipótesis. Según salían de la
atmósfera, sus temores e inquietudes crecían, y un aura nerviosa emanaba de la nave. De pronto, y
asombrados, se fijaron en que el espacio parecía terminar mucho antes de lo que pensaban. Es más,
en la dirección a la estrella, que era a donde se dirigían, no se veía a la estrella.
En lugar de eso, parecía haber un descosido en el espacio, por donde el pulsodrón cabía
perfectamente. Esto desconcertó a los científicos, que aún con temor, pero alentados por la
curiosidad, decidieron salir por la abertura. Una vez fuera, les extrañó un montón ver claridad.
Distinguieron que más allá de la abertura el espacio dejaba de ser vacío y oscuro para dar lugar a... algún tipo de habitación.
Mientras trataban de asimilar tanta información, sucedió algo que no ayudó a sacarlos de su
desconcierto. Un objeto gigantesco, que se parecía a una puerta, se abrió a un lado
de la... cabaña.... Y más impactante fue ver
a un gigante emerger del otro lado, dirigiéndose al... universo... cogerlo y
llevárselo consigo afuera, de donde salía una cantidad irracional de luz comparándola con la que
acostumbraban, que les dejó ciegos en el acto.
Los científicos lograron recomponerse tras un tiempo. Debatieron
acerca de lo sucedido, preguntándose que hacer a continuación. Varados allí, sin forma de volver a
su planeta, sugirieron cientos de hipótesis completamente disparatadas. Después de una larga
conversación, llegaron a una conclusión tal, que si no fuera que hubiera ocurrido lo ocurrido,
habrían tachado de locura.
Así quedó su conclusión: Su planeta existía en el interior de una pelota de fútbol. Esta tenía
un agujero, la abertura por la que salieron, que permitía que entrará la luz, que sólo entraba en la
pelota cuando esta estaba fuera de la caseta, mientras un niño (el gigante) jugaba con ella, generando los giros con sus patadas. Cuando acababa, el niño la llevaba a la caseta, hasta repetir el ciclo al día siguiente.
Los científicos estaban exhaustos. Ahora sabían la verdad por la que tanto habían
peleado generaciones anteriores durante décadas, pero de nada les servía en su situación. Con gran
consternación, esperaron hasta el final de sus días, complacidos al ser conscientes de lo que se
llevaban más allá de la muerte: la verdad.
Con el tiempo, el resto de humanos alcanzó también la verdad. Y de ese descubrimiento
aparentemente tan ilógico, nació una famosa expresión: piensa fuera del balón.
más altas eran de la mitad del tamaño de un dedo. Los volcanes apenas iluminaban, y con unos mil
pasos dabas la vuelta al planeta. Aun así, por muy extraño que resulte, existía la vida.
Bacterias, plantas, hongos e incluso animales existían en un mundo tan minúsculo como este. Y sí, también había humanos: unos cien, que aún así constituían una superpoblación. Como los humanos terrícolas, les apasionaba hacerse preguntas, y entre todas destacaba una:
¿Por qué la luz se comportaba de manera tan extraña?
En su planeta ocurría un fenómeno desconcertante: La “fuente de luz” daba la vuelta
al planeta 16 veces por segundo, para posteriormente detenerse unos segundos variables, repitiendo el ciclo durante entre 30 minutos y 1 hora. Después, el planeta
entero temblaba, abriéndose en fisuras. Cuando los terremotos cesaban, la luz desaparecía durante 23 horas. En ese tiempo, algunos descansaban, mientras otros tapaban grietas. Una vez transcurridas, los terremotos
regresaban, y el ciclo volvía a repetirse.
Filósofos, físicos y matemáticos formulaban teorías, pero apenas duraban unas horas antes de ser refutadas... hasta que surgió el modelo actual. Esta sostiene que, más allá del planeta, existe una fuente de luz
redonda, posteriormente nombrada “estrella”, que circula entre dos planetas: uno de ellos grande, y el otro pequeño. La estrella comienza orbitando el pequeño, pero como la
fuerza gravitatoria del grande lo atrae, termina dando las vueltas muy rápido cuando esta cerca de
este. Una vez la fuerza del otro planeta logra vencer a la del pequeño, la estrella pasa un largo rato
para bordear todo el planeta grande. Asimismo, los dos planetas giraban sobre su eje, y es por eso que cuando se llega o se va la estrella, el planeta tiembla por la gravedad que esta genera. Y como nadie pudo refutarlo, se volvió el modelo actual.
Así pasaron los días en el planeta, que los humanos fueron desenvolviéndose tecnológicamente,
desarrollando herramientas y máquinas más sofisticadas según avanzaba el tiempo. Es de tal manera
que con el transcurso de unos años, consiguieron desenvolver un tipo de transporte capaz de
abandonar la atmósfera planetaria desafiando la gravedad y adentrándose en el gigantesco espacio:
“pulsodrón”, lo llamaron.
Cuando tocó la hora de partir a investigar, los tres humanos más valientes, sabios y respetados se
subieron a la nave esperando corroborar de forma definitiva su hipótesis. Según salían de la
atmósfera, sus temores e inquietudes crecían, y un aura nerviosa emanaba de la nave. De pronto, y
asombrados, se fijaron en que el espacio parecía terminar mucho antes de lo que pensaban. Es más,
en la dirección a la estrella, que era a donde se dirigían, no se veía a la estrella.
En lugar de eso, parecía haber un descosido en el espacio, por donde el pulsodrón cabía
perfectamente. Esto desconcertó a los científicos, que aún con temor, pero alentados por la
curiosidad, decidieron salir por la abertura. Una vez fuera, les extrañó un montón ver claridad.
Distinguieron que más allá de la abertura el espacio dejaba de ser vacío y oscuro para dar lugar a... algún tipo de habitación.
Mientras trataban de asimilar tanta información, sucedió algo que no ayudó a sacarlos de su
desconcierto. Un objeto gigantesco, que se parecía a una puerta, se abrió a un lado
de la... cabaña.... Y más impactante fue ver
a un gigante emerger del otro lado, dirigiéndose al... universo... cogerlo y
llevárselo consigo afuera, de donde salía una cantidad irracional de luz comparándola con la que
acostumbraban, que les dejó ciegos en el acto.
Los científicos lograron recomponerse tras un tiempo. Debatieron
acerca de lo sucedido, preguntándose que hacer a continuación. Varados allí, sin forma de volver a
su planeta, sugirieron cientos de hipótesis completamente disparatadas. Después de una larga
conversación, llegaron a una conclusión tal, que si no fuera que hubiera ocurrido lo ocurrido,
habrían tachado de locura.
Así quedó su conclusión: Su planeta existía en el interior de una pelota de fútbol. Esta tenía
un agujero, la abertura por la que salieron, que permitía que entrará la luz, que sólo entraba en la
pelota cuando esta estaba fuera de la caseta, mientras un niño (el gigante) jugaba con ella, generando los giros con sus patadas. Cuando acababa, el niño la llevaba a la caseta, hasta repetir el ciclo al día siguiente.
Los científicos estaban exhaustos. Ahora sabían la verdad por la que tanto habían
peleado generaciones anteriores durante décadas, pero de nada les servía en su situación. Con gran
consternación, esperaron hasta el final de sus días, complacidos al ser conscientes de lo que se
llevaban más allá de la muerte: la verdad.
Con el tiempo, el resto de humanos alcanzó también la verdad. Y de ese descubrimiento
aparentemente tan ilógico, nació una famosa expresión: piensa fuera del balón.