Un Reencuentro tras 9 años
Claudia
Era la guerra en España, el hambre, los bombardeos, los gritos y el estrés estaban presentes en todo momento. Todo el mundo intentaba salvarse tanto a ellos mismos como a sus seres queridos, conocidos o gente a la que no habían visto en la vida. Se podían ver a niños pequeños, ancianos e incluso bebés, pero en particular destacaba una bella mujer de ojos verdes oliva que cogía de la mano a un pequeño niño de cinco años.
Después de lloros y sollozos, esta madre tuvo que abandonar a su hijo para poder salvarlo. Este, con lágrimas cayendo de los ojos, se fue en un barco con un destino desconocido. Esa fue la última vez que volvió a ver a su pequeño.
Sufrió en silencio durante nueve largos y tristes años, sin poder aguantar el dolor, no soportaba la horrible sensación de haber abandonado a su hijo. Cada vez que pensaba en ello sentía un agujero interminable en el estómago.
Trabajó sin descanso para poder reunirse de nuevo con él, no dormía, no comía… no era feliz.
Pensaba que nunca volvería a verlo, hasta que un día le llegó una gran noticia: una de las personas que habían subido al barco al que subió su hijo había vuelto a España. Tras escuchar esto, rápidamente cogió sus cosas y descubrió dónde se le podía encontrar. Corrió con todas sus fuerzas y cuando lo encontró le suplicó poder hablar con él. Él alegremente aceptó, tendría alrededor de unos 18 años y era un chico encantador y bien educado. La mujer le preguntó muchas cosas, pero la más importante, sin duda alguna, fue: “¿A dónde llevaba el barco?”. Este respondió que a Argentina, y a continuación le preguntó que si su hijo era un pequeño niño de pelo castaño que tendría alrededor de cuatro o cinco años y que lloraba frustradamente aquel día. Así fue como la madre descubrió dónde se encontraba su hijo y consiguió un contacto que lo conocía, ya que fue quien le ayudó a sobrevivir en Argentina, hasta que una familia lo adoptase.
Sin hacer la maleta se dirigió al aeropuerto e intentó comprar un billete de avión a ese país tan lejano. Solo había un problema: solo quedaba un asiento libre y había unas 40 personas que querían comprarlo. Fue entonces cuando el piloto vio a la mujer disgustada y desesperada por conseguir el billete. Entonces le propuso un reto: “Si eres capaz de calcular la velocidad media a la que tiene que ir el avión teniendo en cuenta que tiene que recorrer 10.000 km en 12 horas, tú te quedarás con el asiento. En caso de que no lo resuelvas, no tendrás otra oportunidad para conseguirlo”.
La mujer, un poco agobiada, recordó la fórmula de la velocidad e intentó varias veces resolver el problema. Su respuesta final fue 833,3 km/h, esa fue la respuesta que le dio la oportunidad de reencontrarse con su hijo, esa respuesta lo era todo.
Durante todo el viaje sintió nervios y alegría al mismo tiempo. Cada vez se sentía un poco más cerca de su hijo. Sentía una emoción inexplicable.
Cuando aterrizó, fue corriendo a la dirección que le había dado una de las personas que habían hecho este suceso posible.
Llegó a un colegio, niños de todas las edades empezaron a salir por la puerta, ella miraba a todas partes con intención de encontrar a su pequeño.
Entonces vio a un niño, ya adolescente, de catorce años. Sin dudarlo supo que era él, él también la vio y la reconoció al instante. Corrieron el uno al otro, y ahí, delante de ella, podía ver en los ojos verdes de su hijo a su pequeño, su ilusión, la persona que le había dado la felicidad infinita durante cinco años y se la arrebató durante nueve. Ambos tenían los ojos llenos de lágrimas, lloraban, reían, podían sentir todas las emociones en ese preciso momento.
Gracias a la física pudo volver a ver a su hijo, pero fue el amor lo que le dio las fuerzas para conseguirlo.
Después de lloros y sollozos, esta madre tuvo que abandonar a su hijo para poder salvarlo. Este, con lágrimas cayendo de los ojos, se fue en un barco con un destino desconocido. Esa fue la última vez que volvió a ver a su pequeño.
Sufrió en silencio durante nueve largos y tristes años, sin poder aguantar el dolor, no soportaba la horrible sensación de haber abandonado a su hijo. Cada vez que pensaba en ello sentía un agujero interminable en el estómago.
Trabajó sin descanso para poder reunirse de nuevo con él, no dormía, no comía… no era feliz.
Pensaba que nunca volvería a verlo, hasta que un día le llegó una gran noticia: una de las personas que habían subido al barco al que subió su hijo había vuelto a España. Tras escuchar esto, rápidamente cogió sus cosas y descubrió dónde se le podía encontrar. Corrió con todas sus fuerzas y cuando lo encontró le suplicó poder hablar con él. Él alegremente aceptó, tendría alrededor de unos 18 años y era un chico encantador y bien educado. La mujer le preguntó muchas cosas, pero la más importante, sin duda alguna, fue: “¿A dónde llevaba el barco?”. Este respondió que a Argentina, y a continuación le preguntó que si su hijo era un pequeño niño de pelo castaño que tendría alrededor de cuatro o cinco años y que lloraba frustradamente aquel día. Así fue como la madre descubrió dónde se encontraba su hijo y consiguió un contacto que lo conocía, ya que fue quien le ayudó a sobrevivir en Argentina, hasta que una familia lo adoptase.
Sin hacer la maleta se dirigió al aeropuerto e intentó comprar un billete de avión a ese país tan lejano. Solo había un problema: solo quedaba un asiento libre y había unas 40 personas que querían comprarlo. Fue entonces cuando el piloto vio a la mujer disgustada y desesperada por conseguir el billete. Entonces le propuso un reto: “Si eres capaz de calcular la velocidad media a la que tiene que ir el avión teniendo en cuenta que tiene que recorrer 10.000 km en 12 horas, tú te quedarás con el asiento. En caso de que no lo resuelvas, no tendrás otra oportunidad para conseguirlo”.
La mujer, un poco agobiada, recordó la fórmula de la velocidad e intentó varias veces resolver el problema. Su respuesta final fue 833,3 km/h, esa fue la respuesta que le dio la oportunidad de reencontrarse con su hijo, esa respuesta lo era todo.
Durante todo el viaje sintió nervios y alegría al mismo tiempo. Cada vez se sentía un poco más cerca de su hijo. Sentía una emoción inexplicable.
Cuando aterrizó, fue corriendo a la dirección que le había dado una de las personas que habían hecho este suceso posible.
Llegó a un colegio, niños de todas las edades empezaron a salir por la puerta, ella miraba a todas partes con intención de encontrar a su pequeño.
Entonces vio a un niño, ya adolescente, de catorce años. Sin dudarlo supo que era él, él también la vio y la reconoció al instante. Corrieron el uno al otro, y ahí, delante de ella, podía ver en los ojos verdes de su hijo a su pequeño, su ilusión, la persona que le había dado la felicidad infinita durante cinco años y se la arrebató durante nueve. Ambos tenían los ojos llenos de lágrimas, lloraban, reían, podían sentir todas las emociones en ese preciso momento.
Gracias a la física pudo volver a ver a su hijo, pero fue el amor lo que le dio las fuerzas para conseguirlo.