Cartas de un soldado invisible
Luna
Querido humano:
Sé que está levemente frustrado con nuestro método de lucha; soy consciente de que los mareos, temblores y dolor de cabeza pueden llegar a ser irritantes para usted, por eso mismo quiero contarle todo lo que su cuerpo tuvo que pasar para conseguir su bienestar. Esto solo es una elemental descripción de las guerras en las que batallamos por su bien:
“Sabía lo que estaba por venir.
Podría ser un día cualquiera como los demás; solo tenía que concentrarme en vigilar, como siempre he hecho, pero hoy, justamente, me encontré con una escena que me dejó perplejo: una de nuestras células estaba haciendo copias sin cesar. Supe en ese momento que había sido infectada y el rastro de ARN viral solo confirmaba mis sospechas; teníamos a un intruso dentro del sistema y estaba poseyendo a nuestras células. En el momento en que mis sensores tipo Toll (unos increíbles receptores que me ayudan a poder detectar patógenos e incluso mejorar mi memoria) detectaron el dsRNA, supe lo que tenía que hacer: avisar al jefe. Necesitaba que esta información llegara al hipotálamo, pero yo no llegaría a tiempo; necesitaba a alguien capaz de cumplir con esta misión, y supe que tenía a la candidata perfecta para el trabajo, IL-1, una citoquina dispuesta a transmitir información sin dudarlo a nuestro superior. Ella era la indicada para explicar la gravedad de la situación y es que debíamos subir la temperatura si queríamos ganar la guerra.
Sabía que era un riesgo lo que estaba haciendo; subir la temperatura haría que usted tuviera escalofríos y dolor, pero era un riesgo que estaba dispuesto a cometer por un bien mayor.
Mientras subía la temperatura, mis compañeras, ambas citoquinas, IL-6 y TNF-a, no se quedaban atrás; estaban dispuestas a luchar en contra del virus y para eso IL-6 se hizo responsable de hacer desaparecer cualquier rastro del hierro, y TNF-a, cuando halló al enemigo, no dudó ni un momento en avisar a los linfocitos NK para que forzaran a las células infectadas a entrar en apoptosis, prácticamente un suicidio de células. Nuestros mejores soldados ya estaban listos para el ataque contra los pirógenos exógenos.
Necesitábamos neutralizar al invasor antes de que fuera demasiado tarde.
Comencé a observar el terreno de batalla; había desde partículas del virus esparcidas hasta células que habían caído en combate por la infección. Tuve que terminar de eliminarlos; no podía arriesgarme a que se expandiera el virus por el sistema.
Necesitaba hacer algo más, una forma de advertirles cuál era el peligro exacto a mis guerreros para que supieran dónde atacar, así que supe que era el momento indicado de llamarlo a él… Despedacé minuciosamente a un virus utilizando mi mejor arma: los lisosomas. Expuse el trozo del virus a los linfocitos T, como siempre; nunca me decepcionan. En el momento en que rozaron el trozo del virus, sabía que se pondrían en marcha con la guerra.
Necesitábamos tiempo, pero no lo teníamos; la batalla tenía que llegar al clímax, no podíamos permitir que nuestros guerreros terminaran dañando nuestro propio terreno. Si la fiebre continuaba aumentando, solo sería cuestión de tiempo que nuestros tejidos fueran debilitados.
Tras horas de batalla, sabía que finalmente lo habíamos conseguido.
Activé mi modo de M2 (significa que estoy de buen humor y que me apetece reparar los daños en los tejidos), llamé a la compañera más indicado para este momento, IL-10, otra citoquina con una increíble habilidad para arreglar lo destruido tras las batallas.
Había que limpiar el campo de batalla; todo había quedado nefasto y debíamos recoger cualquier fragmento de nuestra lucha.
El mensaje al jefe había finalizado, la temperatura disminuyó y usted iba estabilizándose.
Todo esto es mi duro trabajo como macrófago, una guerra constante para conseguir que el humano pueda sanar, sacrificando nuestras vidas por su bien.”
Atentamente, un macrófago con sentimientos.
Sé que está levemente frustrado con nuestro método de lucha; soy consciente de que los mareos, temblores y dolor de cabeza pueden llegar a ser irritantes para usted, por eso mismo quiero contarle todo lo que su cuerpo tuvo que pasar para conseguir su bienestar. Esto solo es una elemental descripción de las guerras en las que batallamos por su bien:
“Sabía lo que estaba por venir.
Podría ser un día cualquiera como los demás; solo tenía que concentrarme en vigilar, como siempre he hecho, pero hoy, justamente, me encontré con una escena que me dejó perplejo: una de nuestras células estaba haciendo copias sin cesar. Supe en ese momento que había sido infectada y el rastro de ARN viral solo confirmaba mis sospechas; teníamos a un intruso dentro del sistema y estaba poseyendo a nuestras células. En el momento en que mis sensores tipo Toll (unos increíbles receptores que me ayudan a poder detectar patógenos e incluso mejorar mi memoria) detectaron el dsRNA, supe lo que tenía que hacer: avisar al jefe. Necesitaba que esta información llegara al hipotálamo, pero yo no llegaría a tiempo; necesitaba a alguien capaz de cumplir con esta misión, y supe que tenía a la candidata perfecta para el trabajo, IL-1, una citoquina dispuesta a transmitir información sin dudarlo a nuestro superior. Ella era la indicada para explicar la gravedad de la situación y es que debíamos subir la temperatura si queríamos ganar la guerra.
Sabía que era un riesgo lo que estaba haciendo; subir la temperatura haría que usted tuviera escalofríos y dolor, pero era un riesgo que estaba dispuesto a cometer por un bien mayor.
Mientras subía la temperatura, mis compañeras, ambas citoquinas, IL-6 y TNF-a, no se quedaban atrás; estaban dispuestas a luchar en contra del virus y para eso IL-6 se hizo responsable de hacer desaparecer cualquier rastro del hierro, y TNF-a, cuando halló al enemigo, no dudó ni un momento en avisar a los linfocitos NK para que forzaran a las células infectadas a entrar en apoptosis, prácticamente un suicidio de células. Nuestros mejores soldados ya estaban listos para el ataque contra los pirógenos exógenos.
Necesitábamos neutralizar al invasor antes de que fuera demasiado tarde.
Comencé a observar el terreno de batalla; había desde partículas del virus esparcidas hasta células que habían caído en combate por la infección. Tuve que terminar de eliminarlos; no podía arriesgarme a que se expandiera el virus por el sistema.
Necesitaba hacer algo más, una forma de advertirles cuál era el peligro exacto a mis guerreros para que supieran dónde atacar, así que supe que era el momento indicado de llamarlo a él… Despedacé minuciosamente a un virus utilizando mi mejor arma: los lisosomas. Expuse el trozo del virus a los linfocitos T, como siempre; nunca me decepcionan. En el momento en que rozaron el trozo del virus, sabía que se pondrían en marcha con la guerra.
Necesitábamos tiempo, pero no lo teníamos; la batalla tenía que llegar al clímax, no podíamos permitir que nuestros guerreros terminaran dañando nuestro propio terreno. Si la fiebre continuaba aumentando, solo sería cuestión de tiempo que nuestros tejidos fueran debilitados.
Tras horas de batalla, sabía que finalmente lo habíamos conseguido.
Activé mi modo de M2 (significa que estoy de buen humor y que me apetece reparar los daños en los tejidos), llamé a la compañera más indicado para este momento, IL-10, otra citoquina con una increíble habilidad para arreglar lo destruido tras las batallas.
Había que limpiar el campo de batalla; todo había quedado nefasto y debíamos recoger cualquier fragmento de nuestra lucha.
El mensaje al jefe había finalizado, la temperatura disminuyó y usted iba estabilizándose.
Todo esto es mi duro trabajo como macrófago, una guerra constante para conseguir que el humano pueda sanar, sacrificando nuestras vidas por su bien.”
Atentamente, un macrófago con sentimientos.