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Columbus

Johnny Randall

Leonid revisó una vez más el panel. Algo no cuadraba, y eso en el espacio es sinónimo de preocupación. Aquellos pilotos rojos no dejaban de parpadear desde hacía horas. Había tratado de contactar con la Tierra, pero solo recibía señal estática y palabras entrecortadas.

- Atención, posibilidad de… inminente… Alerta, alerta…

- Doctor Leonid… doctor… ¿nos recibe…? ¿Leonid?

Y Leonid había tratado de responder a cada llamada. Pero nada, parecía que existía algún tipo de problema con las comunicaciones. Y eso no era bueno.

Desde el módulo de laboratorio Columbus, en el que se encontraba, Leonid no veía gran cosa de la Tierra. Toda la Estación Espacial tenía ventanucos que ofrecían preciosas vistas del planeta, aunque las mejores eran desde la Cupola. Leonid no se cansaba de admirar tanta belleza. “Ahí abajo” estaba toda la humanidad, incluidos sus seres amados. Pensó en Iryna y en su pequeña Yuliya. Se emocionó.

La Estación contaba con dieciocho módulos, distribuidos en dos segmentos: el ruso y el norteamericano-internacional. En aquel momento solo había cuatro astronautas: Leonid, que era de Ucrania; Dasha, astronauta rusa; Kevin, de las US Air Force; y Hossein, iraní.

Leonid se encontraba solo en el módulo Columbus. Dasha estaba en el segmento ruso, en el módulo Zarya. Desde ahí, la astronauta estaba pendiente de la energía de la Estación. Kevin y Hossein estaban juntos en el segmento internacional, en Harmony. Desde ahí, tenían acceso a los sistemas de control y comunicaciones, además de una conexión directa con Columbus.

Tras dos meses de misión, Kevin y Hossein habían acabado siendo amigos. Se habían vuelto inseparables y no dejaban de bromear entre ellos.

- Hossein, cuando termines de rezar intenta ayudarme un poco aquí, ¿quieres? -bromeaba Kevin.
- Si, lo haré en cuanto termines de ver ese aburrido partido de beisbol, maldito yanki.

Y los dos estallaban en sonoras carcajadas. Pero en ese día no había risas. El iraní y el americano se miraban de vez en cuando intentando sonreír, pese al miedo dibujado en sus ojos. Dasha, en cambio, estaba concentrada en los niveles de energía desde Zarya. Era una gran compañera, especialmente con Leonid, con el que solía hablar en ruso.

Entonces ocurrió. El primero en verlo fue Leonid, pegado a un ventanuco de su módulo. Un enorme cuerpo apareció de la nada. Calculó que tendría unos trescientos metros de diámetro. Aquel objeto apareció y en un momento estaba entrando en la atmósfera, convirtiéndose en una colosal bola de fuego e impactando contra la superficie. Fue brutal. Una gigantesca onda expansiva se extendió a gran velocidad como si una piedra hubiera penetrado en las aguas de un lago.

- ¡Kevin, Hossein! ¿Lo habéis visto? - gritaba Leonid por el canal de Harmony.

- Recibido. ¿Qué demonios ha sido eso?

- No lo sé. ¿Cómo nadie lo ha detectado?

Pensó en Dasha. Pulsó el canal del comunicador que le ponía en contacto con la astronauta.

- ¡Dasha! ¡Dasha! ¿Me recibes?

Silencio.

- ¡Dasha!

- … fuerte… impacto… ¿..recibís..? - apenas se entendían palabras sueltas.

Los sistemas estaban fallando. Posiblemente, la radiación estaba desestabilizando sus canales de comunicación. Otra voz salió del comunicador y sacó al ucraniano de sus pensamientos.

- ¡Vienen otros! Dios mío…- era la voz de Kevin.

Efectivamente, otros tres objetos impactaron en ese momento contra el planeta. Aquello no podía ser natural. Parecía un ataque. ¿Pero un ataque de qué? ¿O de quién?

Aterrado, Leonid vio cómo millones de fragmentos salían despedidos de la Tierra. Algunos se dirigían hacia la Estación. Era el fin.

- ¡Kevin, Hossein! ¡Código rojo, código ro…!

Tarde. Algo impactó contra los módulos. Harmony había desaparecido, llevándose consigo a los dos astronautas. Leonid lo sabía, lo leía en el panel de control que tenía delante.

- ¡Hossein, Kevin!

Silencio.

Dasha. Cogió el comunicador y trató de contactar con ella.

- ¡Dashenka! ¿Me recibes? ¡Dasha, contesta!

- ¡Te recibo Leo! ¿Qué ha pasado? ¿Y los chicos…?

- Ya no están… Harmony ha volado… Dasha…

- Bózhe moy… Leo, creo que… -silencio.

- ¿Qué, Dasha? - nada.

- ¡Dasha! - estática.

Temblando, Leonid miró hacia el panel de la Estación. El módulo Zarya también había volado. Otro impacto. Su amiga se había “ido”.

- ¡Oh no…! ¡Dashenka…!

Comenzó a ver borroso. Sin gravedad, las lágrimas no se derraman y se quedan pegadas a los ojos. Daba igual. Ya no tenía nada que ver. O quizá sí. Por última vez miró hacia su hogar, la Tierra. Solo quedaban pedazos y caos.

- Iryna, Yuliya… No…

Se habían ido también, como toda la humanidad. Un vacío comenzó a crecer en su interior y se dio cuenta de una realidad fatal, algo jamás experimentado por nadie: era el último hombre en el Universo. La mente humana no es capaz de asimilar realidades tan colosales, así que la suya se rompió al instante. Era el último vestigio de la humanidad. Se quedó mirando a través del ventanuco. No le quedaba nada. Estaba solo. ¿Solo?