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El peso de la mentira

Alejandro de Olivares

La primera vez que medí una mentira pensé que ese trasto era un fracaso.

La cifra apareció en la pantalla como un pequeño destello eléctrico: 0,87 julios (calculados a partir de un algoritmo que trabaja con los Hercios de un EEG).

No parecía gran cosa, pero lo suficiente como para que despertara mi interés.

En teoría, responder a una pregunta simple debía consumir la misma energía cerebral (independientemente a la veracidad subjetiva de la misma).
Pero no lo hacía.

—¿Tu nombre es Maite? —pregunté a la voluntaria.

—Sí.

Todo estable.

—¿Te llamas Cristina?

—Sí —dijo.

La desviación apareció al instante.

0,32 julios.

No era una gran diferencia, pero sí había un patrón.

Ahora sí que estaba obsesionado; Mi trabajo inicial era demostrar una hipótesis en la que creía: “el cerebro consume menos si las respuestas se razonan” (lo contrario a lo pensado en la comunidad científica hasta el momento).

Pero acabé descubriendo otra cosa -como todo científico que descubre un cambio de paradigma por accidente-.

Resultado observado: Cada mentira exigía un pequeño esfuerzo adicional. El cerebro parecía trabajar (y gastar más) cuando construía una versión alternativa de la realidad subjetiva.

Así que cambié toda mi hipótesis: “Mentir tiene un coste energético”

Quizá podría patentar la mejor máquina detectora de mentiras que ha construído la humanidad.

El dispositivo era desastroso, una corona de sensores distribuía electrodos alrededor del cráneo y medía el consumo de regiones específicas del cerebro: corteza prefrontal, áreas de control de inhibición emocional, memoria de trabajo, etc.

Mentir, según la neurociencia, es suprimir la verdad, inventar una alternativa y sostenerla el tiempo suficiente para (o hasta) que resulte creíble.

Eso requiere energía.

Y al parecer, mi equipo la cuantificaba.

Durante semanas atraía voluntarios. Estudiantes, compañeros de laboratorio, amigos. El procedimiento era sencillo: responder preguntas mientras el sistema registraba variaciones en el gasto energético cerebral.

—¿Has copiado alguna vez en un examen?.-

—No.

Pico.

—¿Te gusta tu trabajo?.-

—Por supuesto.

Pico mayor.

—¿Amas a tu pareja?-

Silencio.

Pico mucho mayor.

Los resultados empezaron a dibujar algo curioso: las mentiras emocionales pesaban más que las triviales. Negar un sentimiento, o fingir uno inexistente, provocaba tormentas de actividad cerebral.

Como si el cerebro necesitara gastar más energía para mantener una mentira que afectaba a la identidad de una persona.

¿Podría publicar algo popular como “mentir ayuda a adelgazar”?

Absurdo.

Pero la idea me obsesionaba. Si las mentiras tenían peso energético, tal vez también podían clasificarse, compararse, determinarse.

Un viernes por la noche me quedé solo. En la pantalla, cientos de curvas registraban el precio metafísico que costaba mentir.

Decidí probar el equipo conmigo.

Me instalé los electrodos, calibré la línea base y abrí el software de preguntas. Bastaba con responder en voz alta.

—¿Te llamas Pablo?-

—Sí.

Estable.

—¿Estás en el laboratorio?

—Sí.

Estable.

—¿Es viernes?

—Sí.

Todo bien.

Las preguntas más simples funcionaban exactamente como esperaba.

Probé con algo distinto.

—¿Te has saltado alguna vez normas del laboratorio?

—No.

El aparato registró una alteración. Sonreí.

Seguí avanzando.

—¿Tu infancia fue feliz?

—Sí.

El aparato emitió un pitido seco: el chivato configurado cuando pasaba de cierto nivel.

Un salto brutal en la gráfica.

La cifra parpadeó unos segundos antes de estabilizarse.

4,52 julios.

Nunca había visto nada parecido.

Revisé la calibración. Reinicié el sistema y repetí la pregunta.

—¿Tu infancia fue feliz?

—Sí.

El pico volvió a aparecer.

3,94 julios.

Aquella cifra superaba cualquier registro anterior, incluso los obtenidos en pruebas donde los voluntarios mentían sobre cuestiones importantes.

Pero yo no estaba mintiendo, o eso creía.

Durante los días siguientes repetí el experimento. Cada vez que afirmaba que mi infancia había sido feliz o si había pasado una buena época con mi anterior pareja, el aparato registraba un consumo desproporcionado.

Desconcertado, empecé a revisar recuerdos.

Me induje una autohipnosis para recordar fechas y momentos con más nitidez.

Recordaba personas que, según mi memoria, siempre habían sido agradables conmigo. Pero ya no estaba tan seguro.

Historias familiares contadas de maneras distintas por personas distintas.

Silencios extraños cuando preguntaba por ciertos años.

Nada definitivo. Pero suficiente para generar dudas.

A veces, por la noche, pensaba en la gráfica del experimento. Aquel pico de energía disparándose en el momento exacto en que pronunciaba una frase que siempre había considerado cierta sobre un pasado relativamente lejano.

El cerebro, al parecer, no estaba de acuerdo conmigo. Y la máquina funcionaba a la perfección.

Todo empezó con una hipótesis sobre el consumo eléctrico del cerebro al razonar, en comparación con la espontaneidad y la intuición.

Luego, durante meses pensé que había inventado "la máquina definitiva para detectar mentiras". Hasta fantasee con ganar dinero con ello.

Ahora sé que inventé algo distinto: una máquina para medir el esfuerzo que hace el cerebro para que todo el cuerpo siga viviendo.

“Porque algunas verdades pesan tanto, que el cerebro prefiere gastar energía en sostener una mentira”.

Y quizá eso sea, al final, lo que llamamos identidad.