El último hombre que miraba el sol
Pacholí
Se llamaba Merkle y vivía en la azotea de un edificio abandonado.
Cada mañana desplegaba un sextante de bronce. Apoyaba el instrumento en el ojo, alineaba el horizonte con el disco ardiente y esperaba a que la luz quedara exactamente donde debía.
Entonces anotaba el número en una libreta.
47°
46°
48°
Un limpiador solía increparle:
—Otra vez usted, ¿para qué hace eso?
—Para saber dónde está el sol.
—¡Pero el sol está ahí!
Merkle solo lo miraba, como se mira a alguien que señala el mar creyendo haberlo explicado.
Otro día una periodista subió a la azotea.
—Dicen que usted mide el sol con un sextante.
—Sí.
—Con respeto se lo digo: hoy los satélites calculan la posición del sol con precisión milimétrica y en tiempo real. Su trabajo… ya no tiene mucho sentido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hace?
Merkle guardó silencio un momento. Después dijo:
—¿Para qué escucha música si ya está grabada?
La periodista anotó la frase y se fue.
Días después, un filósofo leyó el titular en el diario:
“El loco de la azotea mide el sol con un aparato del siglo XIX.”
No dudó en ir a verlo.
—Usted mide el sol —dijo.
—Sí.
—¿Sabe que ya no hace falta?
—Lo sé.
—¿Y continúa haciéndolo?
—Sí.
El filósofo tomó el sextante entre las manos. El metal estaba tibio por la luz. Las marcas gastadas por generaciones de dedos.
—Esto es más profundo de lo que parece —dijo.
Merkle negó con la cabeza.
—No. Es más simple.
Algún tiempo después, un científico leyó el ensayo del filósofo: «El último astrónomo analógico y la resistencia al olvido».
El título le pareció hermoso, y algo impreciso.
Subió a la azotea.
—Explíqueme qué hace exactamente —dijo.
Merkle levantó el sextante.
—Hoy el sol está a cuarenta y siete grados.
Ayer estaba a cuarenta y seis.
Mañana estará un poco más alto.
—¿Y qué significa eso?
Merkle cerró la libreta.
—Nada.
El científico guardó silencio.
Abajo, la ciudad brillaba con antenas, pantallas, sensores y satélites que calculaban el cielo miles de veces por segundo.
—Creo —dijo airoso— que usted es el único que todavía hace astronomía.
Merkle sonrió apenas.
—No.
—Entonces, ¿qué hace?
Merkle volvió a alinear el horizonte con el sol.
—Miro.
Cada mañana desplegaba un sextante de bronce. Apoyaba el instrumento en el ojo, alineaba el horizonte con el disco ardiente y esperaba a que la luz quedara exactamente donde debía.
Entonces anotaba el número en una libreta.
47°
46°
48°
Un limpiador solía increparle:
—Otra vez usted, ¿para qué hace eso?
—Para saber dónde está el sol.
—¡Pero el sol está ahí!
Merkle solo lo miraba, como se mira a alguien que señala el mar creyendo haberlo explicado.
Otro día una periodista subió a la azotea.
—Dicen que usted mide el sol con un sextante.
—Sí.
—Con respeto se lo digo: hoy los satélites calculan la posición del sol con precisión milimétrica y en tiempo real. Su trabajo… ya no tiene mucho sentido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hace?
Merkle guardó silencio un momento. Después dijo:
—¿Para qué escucha música si ya está grabada?
La periodista anotó la frase y se fue.
Días después, un filósofo leyó el titular en el diario:
“El loco de la azotea mide el sol con un aparato del siglo XIX.”
No dudó en ir a verlo.
—Usted mide el sol —dijo.
—Sí.
—¿Sabe que ya no hace falta?
—Lo sé.
—¿Y continúa haciéndolo?
—Sí.
El filósofo tomó el sextante entre las manos. El metal estaba tibio por la luz. Las marcas gastadas por generaciones de dedos.
—Esto es más profundo de lo que parece —dijo.
Merkle negó con la cabeza.
—No. Es más simple.
Algún tiempo después, un científico leyó el ensayo del filósofo: «El último astrónomo analógico y la resistencia al olvido».
El título le pareció hermoso, y algo impreciso.
Subió a la azotea.
—Explíqueme qué hace exactamente —dijo.
Merkle levantó el sextante.
—Hoy el sol está a cuarenta y siete grados.
Ayer estaba a cuarenta y seis.
Mañana estará un poco más alto.
—¿Y qué significa eso?
Merkle cerró la libreta.
—Nada.
El científico guardó silencio.
Abajo, la ciudad brillaba con antenas, pantallas, sensores y satélites que calculaban el cielo miles de veces por segundo.
—Creo —dijo airoso— que usted es el único que todavía hace astronomía.
Merkle sonrió apenas.
—No.
—Entonces, ¿qué hace?
Merkle volvió a alinear el horizonte con el sol.
—Miro.