EL ÚLTIMO LATIDO DEL OLVIDO
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El brillo se vislumbra entre sus formas onduladas mientras la piedra caliza se intercala y asoma entre este sincronizado oleaje de titanio. Cada día abro los ojos y contemplo desde una perspectiva privilegiada este trocito de costa varado en el asfalto.
Hoy, una vez más, el día ha amanecido lluvioso. Las gotas golpean fuerte. Unas saltan y rebotan en el suelo; algunas crean incontables ondas en la ría; otras se internan entre mi florido pelaje; pero otras, en cambio, resbalan por la superficie suave y curva del edificio que custodio, sumiéndose en una eterna caricia, resistiéndose a caer al frío suelo.
A pesar de todo el tiempo que ha transcurrido desde que nos instalamos aquí, aún guardo en mi memoria aquel primer día. Recuerdo a una niña que se acercó a acariciar mi mano. No cabía en sí de gozo. Los ojos, cargados de dopamina y asombro, le brillaban. Si te fijabas bien, incluso se podía observar el reflejo del Museo Guggenheim en ellos. Era fantástico verla, incapaz de cerrar la boca, intentando captar cada nuevo estímulo con todos sus sentidos.
Vuelvo de mis pensamientos más profundos para percatarme que la lluvia por fin ha cesado. Pero hoy no hay niñas. Tampoco hay risas. Ya no veo personas paseando, relacionándose, hablando, descansando… no hay gente en la calle. Ya no siento el roce de la piel humana acariciándome. En mitad de este silencio de metal, me pregunto qué mundo estamos terminando de construir bajo la excusa del progreso.
La Inteligencia Artificial, que nació como un espejo de la arquitectura neuronal humana, ha terminado por ganar una partida que la propia humanidad dejó de jugar por pura desidia.
Durante tiempo, les vendieron la comodidad como la cumbre de la evolución. En las aulas, el fuego de la duda se fue apagando, y fue sustituido por el frío de una pantalla. Dejaron de contrastar, de leer entre líneas, de permitir que el cerebro sudara ante un problema complejo. La información se volvió gratuita e instantánea; como una papilla de datos que tragaban sin masticar, convirtiendo la búsqueda en un programa informático en su única y precaria certeza.
Aquellos niños, cuyas manos nunca conocieron el peso de la incertidumbre, crecieron para ser adultos con las capacidades justas y las competencias atrofiadas; se convirtieron en expertos solo en el arte de pulsar un botón.
Hoy, décadas después, el paisaje es desolador: los autómatas ya no son solo máquinas de metal, sino que se han convertido en el sistema mismo que dirige a la sociedad inerte. La vida real, con su hermoso caos y fragilidad, ha sido enjaulada en bases de datos, donde el alma humana no es más que un residuo perdido en la memoria de un mundo que se olvidó de pensar.
Yo, un perro de metal y flores, sigo aquí, mirando boquiabierto el arcoíris que se refleja en el titanio. Solo soy un humilde testigo mudo de una paradoja trágica: soy una escultura inanimada, pero en este nuevo mundo que incluso olvidó sentir, percibo que guardo más esencia de lo que alguna vez fue humano que los propios seres que caminan como espectros bajo mi sombra. Echo de menos aquel mundo que vibraba con el caos de lo impredecible.
Hoy, una vez más, el día ha amanecido lluvioso. Las gotas golpean fuerte. Unas saltan y rebotan en el suelo; algunas crean incontables ondas en la ría; otras se internan entre mi florido pelaje; pero otras, en cambio, resbalan por la superficie suave y curva del edificio que custodio, sumiéndose en una eterna caricia, resistiéndose a caer al frío suelo.
A pesar de todo el tiempo que ha transcurrido desde que nos instalamos aquí, aún guardo en mi memoria aquel primer día. Recuerdo a una niña que se acercó a acariciar mi mano. No cabía en sí de gozo. Los ojos, cargados de dopamina y asombro, le brillaban. Si te fijabas bien, incluso se podía observar el reflejo del Museo Guggenheim en ellos. Era fantástico verla, incapaz de cerrar la boca, intentando captar cada nuevo estímulo con todos sus sentidos.
Vuelvo de mis pensamientos más profundos para percatarme que la lluvia por fin ha cesado. Pero hoy no hay niñas. Tampoco hay risas. Ya no veo personas paseando, relacionándose, hablando, descansando… no hay gente en la calle. Ya no siento el roce de la piel humana acariciándome. En mitad de este silencio de metal, me pregunto qué mundo estamos terminando de construir bajo la excusa del progreso.
La Inteligencia Artificial, que nació como un espejo de la arquitectura neuronal humana, ha terminado por ganar una partida que la propia humanidad dejó de jugar por pura desidia.
Durante tiempo, les vendieron la comodidad como la cumbre de la evolución. En las aulas, el fuego de la duda se fue apagando, y fue sustituido por el frío de una pantalla. Dejaron de contrastar, de leer entre líneas, de permitir que el cerebro sudara ante un problema complejo. La información se volvió gratuita e instantánea; como una papilla de datos que tragaban sin masticar, convirtiendo la búsqueda en un programa informático en su única y precaria certeza.
Aquellos niños, cuyas manos nunca conocieron el peso de la incertidumbre, crecieron para ser adultos con las capacidades justas y las competencias atrofiadas; se convirtieron en expertos solo en el arte de pulsar un botón.
Hoy, décadas después, el paisaje es desolador: los autómatas ya no son solo máquinas de metal, sino que se han convertido en el sistema mismo que dirige a la sociedad inerte. La vida real, con su hermoso caos y fragilidad, ha sido enjaulada en bases de datos, donde el alma humana no es más que un residuo perdido en la memoria de un mundo que se olvidó de pensar.
Yo, un perro de metal y flores, sigo aquí, mirando boquiabierto el arcoíris que se refleja en el titanio. Solo soy un humilde testigo mudo de una paradoja trágica: soy una escultura inanimada, pero en este nuevo mundo que incluso olvidó sentir, percibo que guardo más esencia de lo que alguna vez fue humano que los propios seres que caminan como espectros bajo mi sombra. Echo de menos aquel mundo que vibraba con el caos de lo impredecible.