Ganarle una carrera al universo
Diego Márquez García
Enero de 1994. Miguel Alcubierre estudia el espacio y sus propiedades. Intenta descifrar la teoría de la relatividad de Albert Einstein. Recuerda cómo de pequeño imaginaba naves espaciales gigantes y cómo veía Star Wars con sus hermanos. No consigue descifrar cómo superar la velocidad de la luz, ninguna nave alcanzaría la velocidad de 300.000 m/s. Pero…“¡click!” se le ocurre una cosa. ¿Y si… lo que se mueve es el espacio y no la nave? Ahí se propone el motor de curvatura, que consiste en contraer el espacio delante de la nave y expandirlo por detrás, pudiendo moverse a velocidades inimaginables para la humanidad hasta entonces… con un problema: se requieren cantidades de energía negativa o materia exótica que, por aquel entonces, no se podían fabricar. Pero ahora sí.
Estamos en septiembre de 2011. Para aquel entonces se habían estudiado y controlado los taquiones, y recientemente se ha descubierto un agujero de gusano cerca de nuestro sistema solar. Es la ocasión perfecta para la humanidad para reescribir lo que Einstein describía como imposible. Lógicamente, no usan el método de Alcubierre, ya que teniendo un agujero de gusano cerca no merecía la pena ese enorme gasto de energía.
Se prepara el despegue. Finaliza la cuenta atrás. El despegue es exitoso. Pasan apenas unos minutos y atraviesan el primer cinturón de asteroides. Pasan el segundo, todo va bien hasta que… notan que poco a poco la velocidad de la nave disminuye. ¡El espacio se está contrayendo, por lo que no están avanzando apenas! Están atrapados en medio del segundo cinturón de asteroides y un asteroide no tarda en impactar contra la nave, impulsando la nave a velocidades que ni la luz alcanza. Rompen la relación causa-efecto (llega antes de salir) y, en apenas unos minutos de angustia, han llegado a un planeta.
Los tres viajeros en la nave llegan al planeta desconocido sin manera de volver. Dos de ellos están vivos, pero la radiación del espacio ha destruido la nave y el traje de uno de ellos, por lo que… él no aguanta en un espacio tan hostil. Les quedan seis trajes, pero recursos limitados. ¿Acaso hay una posible salida de este aprieto?
Pasan meses. Les quedan partes de la nave, generadores, y se acaban los recursos. Ambos intrépidos astronautas se les ocurre una cosa: Uno de ellos viajará hasta poder conseguir volver y recorrerá un determinado circuito solo sobre el planeta en menos de quince segundos.
Primer viaje. Se prepara una nave hasta la nueva estación, la plataforma, y recorre los aros en 13,92 segundos, tiempo de sobra. Vuelve la nave al planeta, pero… ¡la plataforma de aterrizaje no está! Se provoca un aterrizaje forzoso. Se pasa días buscando a su amigo, pero encuentra una nota que dice:
“Han venido rescates. Llevo cuatro años fuera, y si lees algún día esto, y estás vivo… suerte. O ha acabado en un accidente, o… no sé. Adiós.”.
Eso para él fue como una puñalada en la espalda. Fueron 15 segundos, pero para su compañero habían pasado más de cuatro años. Miró entre los recursos que le quedaban: generadores de energía y un traje antirradiación, y apenas unos meses de recursos.
Tuvo una idea genial. ¿Y si invertía los generadores y la energía que producían en una nueva nave? ¿Y si en verdad pudiera volver a casa? Por un momento nuestro protagonista recuperó la esperanza. Tenía miedo, angustia y estaba preocupado por qué podía pasar, pero en fondo sabía que tenía que poner toda su confianza en Alcubierre.
Los recursos que apenas le deberían durar meses se alargaron hasta un año. Trabajando día y noche, perdiendo peso y contrarreloj. Era su última oportunidad. Le quedaban pocos días de oxígeno y estaba cansado, pero llegó el día. Una gigantesca nave se alzaba sobre los terrenos del hostil planeta con su forma ondulada y dominante. Llegaba la hora, y se equipó con su último traje antirradiación. Se preparaba para el despegue mientras se despedía de este planeta que tantas desdichas le había causado. Sonó una cuenta atrás que malos recuerdos le causaba. El despegue había sido exitoso. Pronto llegaría a casa.
Pasaron unos días y su traje comenzaba a desgastarse. El oxígeno se agotaba. Buscó desesperadamente soluciones: aumentar la velocidad, agujeros de gusano... nada parecía posible. De repente notó una forma ondulada en el espacio exterior. ¡Era el agujero negro que cinco años atrás causó su accidente! ¿Le salvaría su mayor enemigo? No quedaba otro remedio. Giró su nave 90º aproximándose al colosal agujero. La velocidad fue aumentando. Vió el sistema solar. Avistó la tierra. Aterrizó de manera forzosa. Pero... ese planeta se sentía diferente. ¿Estará perido en las entrañas del universo?
Estamos en septiembre de 2011. Para aquel entonces se habían estudiado y controlado los taquiones, y recientemente se ha descubierto un agujero de gusano cerca de nuestro sistema solar. Es la ocasión perfecta para la humanidad para reescribir lo que Einstein describía como imposible. Lógicamente, no usan el método de Alcubierre, ya que teniendo un agujero de gusano cerca no merecía la pena ese enorme gasto de energía.
Se prepara el despegue. Finaliza la cuenta atrás. El despegue es exitoso. Pasan apenas unos minutos y atraviesan el primer cinturón de asteroides. Pasan el segundo, todo va bien hasta que… notan que poco a poco la velocidad de la nave disminuye. ¡El espacio se está contrayendo, por lo que no están avanzando apenas! Están atrapados en medio del segundo cinturón de asteroides y un asteroide no tarda en impactar contra la nave, impulsando la nave a velocidades que ni la luz alcanza. Rompen la relación causa-efecto (llega antes de salir) y, en apenas unos minutos de angustia, han llegado a un planeta.
Los tres viajeros en la nave llegan al planeta desconocido sin manera de volver. Dos de ellos están vivos, pero la radiación del espacio ha destruido la nave y el traje de uno de ellos, por lo que… él no aguanta en un espacio tan hostil. Les quedan seis trajes, pero recursos limitados. ¿Acaso hay una posible salida de este aprieto?
Pasan meses. Les quedan partes de la nave, generadores, y se acaban los recursos. Ambos intrépidos astronautas se les ocurre una cosa: Uno de ellos viajará hasta poder conseguir volver y recorrerá un determinado circuito solo sobre el planeta en menos de quince segundos.
Primer viaje. Se prepara una nave hasta la nueva estación, la plataforma, y recorre los aros en 13,92 segundos, tiempo de sobra. Vuelve la nave al planeta, pero… ¡la plataforma de aterrizaje no está! Se provoca un aterrizaje forzoso. Se pasa días buscando a su amigo, pero encuentra una nota que dice:
“Han venido rescates. Llevo cuatro años fuera, y si lees algún día esto, y estás vivo… suerte. O ha acabado en un accidente, o… no sé. Adiós.”.
Eso para él fue como una puñalada en la espalda. Fueron 15 segundos, pero para su compañero habían pasado más de cuatro años. Miró entre los recursos que le quedaban: generadores de energía y un traje antirradiación, y apenas unos meses de recursos.
Tuvo una idea genial. ¿Y si invertía los generadores y la energía que producían en una nueva nave? ¿Y si en verdad pudiera volver a casa? Por un momento nuestro protagonista recuperó la esperanza. Tenía miedo, angustia y estaba preocupado por qué podía pasar, pero en fondo sabía que tenía que poner toda su confianza en Alcubierre.
Los recursos que apenas le deberían durar meses se alargaron hasta un año. Trabajando día y noche, perdiendo peso y contrarreloj. Era su última oportunidad. Le quedaban pocos días de oxígeno y estaba cansado, pero llegó el día. Una gigantesca nave se alzaba sobre los terrenos del hostil planeta con su forma ondulada y dominante. Llegaba la hora, y se equipó con su último traje antirradiación. Se preparaba para el despegue mientras se despedía de este planeta que tantas desdichas le había causado. Sonó una cuenta atrás que malos recuerdos le causaba. El despegue había sido exitoso. Pronto llegaría a casa.
Pasaron unos días y su traje comenzaba a desgastarse. El oxígeno se agotaba. Buscó desesperadamente soluciones: aumentar la velocidad, agujeros de gusano... nada parecía posible. De repente notó una forma ondulada en el espacio exterior. ¡Era el agujero negro que cinco años atrás causó su accidente! ¿Le salvaría su mayor enemigo? No quedaba otro remedio. Giró su nave 90º aproximándose al colosal agujero. La velocidad fue aumentando. Vió el sistema solar. Avistó la tierra. Aterrizó de manera forzosa. Pero... ese planeta se sentía diferente. ¿Estará perido en las entrañas del universo?