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Guardianes del dragón

Jónatan Piedra

Viernes 7 de noviembre de 2025, Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Despegamos después de una conexión muy justa, apenas 50 minutos. ¿Habrán subido la maleta? Antaño férreo defensor del papel, hoy enamorado de una (no tan) pequeña pantalla en blanco y negro, retomo la lectura de «Un verdor terrible». Aterrizamos con normalidad en Ginebra, y respiro cuando veo que la maleta ha tenido la amabilidad de coger el mismo vuelo. Ya solo un autobús —y un tranvía— me separa de la línea de meta. Qué lejos queda aquel mítico año 2000, cuando me estrené hablando en inglés ante un público experto en física. Insisto, fueron mis nervios los que rompieron aquella fotocopiadora. ¿Quién, yo? No tuve nada que ver.

Dejo la maleta en la habitación del 39, sin lujos, pero con lo fundamental: cama, agua caliente y wifi. Pasan unos minutos de las 19:30, y como no me quiero quedar sin cena caliente bajo al R1. Pido la —clásica, se lo ha ganado después de 25 años— salchicha blanca con patatas fritas. Tengo que coger energías, que la guardia va a ser larga.

Menos mal que me he puesto gorro y guantes, porque menudo frío. Y eso que no soy forastero en tierra extraña. Son las 21:50 y todavía no está la «navette». ¿Cómo llego a CMS si no aparece? Que no cunda el pánico, recuerda que estás en Suiza. Dicho y hecho: exactamente a las 21:55 la «navette» abre sus puertas. Esto sí que son medidas de precisión, y no lo que hacemos en el LHC. En cuanto subo agradezco el calorcito, pero qué pereza; desde que salimos del CERN hasta que llegamos al Punto 5 hace más paradas que el autobús Laredo-Santander de mi época universitaria.

Son las 22:55 cuando entro en la sala de control de CMS, y siguiendo el ritual pregunto a la «technical shifter» de la guardia anterior cómo ha ido la tarde. «Todo tranquilo, solo ha habido un par de alarmas de las CSC, pero se han ido solas». Como solas nos quedamos (23:05) las cuatro personas que formamos la guardia de la noche: la «shift leader», el experto en DAQ, la «trigger shifter» y yo. Comienzo anotando en el «Elog» cómo se encuentran todas las criaturas: temperatura del imán, -‍224 °C; Pixel, OK; ECAL, OK; DT, OK... Todos OK y cero alarmas pendientes de solucionar, así da gusto. Aprovecho para prepararme el primer café de la noche —imprescindible para mi supervivencia— sabiendo que hasta las 9 de la mañana no toca dormir. Venga, chaval, que solo son tres noches.

Parece que va a ser una guardia tranquila, pues el LHC no tiene planeado destruir protones hasta las 6 de la mañana. Para que las criaturas se entretengan, que la noche es larga, estamos tomando muones cósmicos; me sigue impresionando —y soy físico de partículas— que estos muones atraviesen toda la roca que hay entre los pastos franceses y CMS.

Son las tres de la mañana, la hora bruja. Me pongo el casco, cojo el móvil de seguridad —además del mío— y salgo a hacer el «safety tour». Siempre se agradece caminar un poco después de tantas horas sentado, así que cuando el ascensor ha bajado sus ciento y pico metros me pongo a comprobar que todo está bien en las diferentes salas: presión de gases, temperatura, humedad, ningún (nuevo) desperfecto... A veces, cuando paseo por estas catacumbas modernas, escucho la respiración del dragón. Sabe muy bien que tarde o temprano volverán los protones, y gracias a quienes lo cuidamos estará listo para recibir a esos protones como se merecen.