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La apoteósica apoptosis del señor Tromp

Mutatis Mutandis

Mr. Tromp ocupa su tiempo, sobre todo, preocupándose de cómo ocupar más espacio. Aun así, cada día reserva en su agenda —tan ocupada y preocupante como él— un ratito para broncearse la cara.
Pero esta mañana, en la cabina de rayos, algo más se estaba cociendo. Un 'golpe de estado', según algunos alarmistas. O 'la disolución de gobierno más exitosa jamás conocida', según otros, también bastante exagerados.
Todo ha ocurrido en la punta de su nariz. Dentro de una única célula. A escasas mil micras bajo la superficie.

Conviene saber que, en estas condiciones intracelulares, se respeta la separación de los poderes del Estado. Aun así, es en la Cosa Blanca donde —como suelen decir— se corta el bacalao. Ahí, en concreto, se corta cromatina. Y también se reúne el congreso de proteínas p53.
Hasta el momento, su presencia ha sido poco más que decorativa… aunque 'oficialmente' están garantizando la seguridad del Estado Celular. Un cargo de altísima responsabilidad que renuevan —sin elecciones, pero con muy buena intención— cada cuarto de hora.


Así sucedieron los hechos.

A media mañana, informantes del servicio de quinasas se acercaron a las congresistas para señalarles lo evidente: algo no iba bien en la Cosa Blanca. Y no era la primera vez.
Ay, travieso Mr. Tromp. De tanto bombardear porquería —y dosis de rayos UVA que ni un astronauta— había incrustado la corrupción en lo profundo del gobierno. Con el Estado Celular tan comprometido, seguir ignorando este estropicio sólo lo esparciría como un cáncer. Literalmente.
—La Cosa Blanca ya no es capaz de emitir órdenes coherentes— sentenciaron las congresistas. Y tomaron acción, siguiendo el biorritmo de la burocracia, después de la hora de comer.
Desenrollaron el ADN; lo revisaron minuciosamente.
Dedicaron eternos minutos a decisiones legislativas, pero su jugada fue maestra: promulgar unos genes muy concretos… que enseguida recibieron luz verde para ser transcritos.
Ya tenían el respaldo legal para formar un destacamento con proteínas afines a la causa.

Así, escoltadas por las nuevas reclutas, las p53 marcharon hacia la Mitocondria. En sus instalaciones, se custodiaba un material clave para dinamitar el sistema.
Bordearon con sigilo la hermética planta de energía. Pero las proteínas leales al régimen cerraron el paso.
Se enfrentaron. Fue un forcejeo fugaz —más dialéctico que violento—.
Las golpistas neutralizaron a la guardia y abrieron una brecha.
Pero no entraron. No hizo falta. Los citocromos confinados se liberaron solos. Un enjambre de información desclasificada, que se desbordó por el citosol como una cascada. Pura potencia mediática. A partir de ese momento, todo fue cuesta abajo.


Una Caspasa parece poca cosa. Vive callada y no molesta. Porque una Caspasa despierta es incómoda, y pone en peligro el status quo. Pero la filtración masiva de citocromos incomodó con una verdad aún más peligrosa: 'El gobierno está podrido'.
Esa verdad encontró a las Caspasas en sus puestos y las encendió una a una. A las transeúntes. A esas aburguesadas de la Cosa Blanca. A las obreras en el Retículo.
Hablaban. Se organizaban. Por primera vez, todas las Caspasas anónimas protestaron. Y el poder cambió de manos.

Al anochecer, una turba de enzimas asaltó la Cosa Blanca.
Ciertas proteínas, cercanas a la presidencia, se posicionaron junto a las insurgentes. Y —en un último acto de lealtad al Estado— presentaron su moción de censura: rasgar el ADN hasta reducirlo a un puñado de confeti.
Mientras, otras talaban. Y cuando los pilares cedieron, la estructura colapsó sobre sí misma. Fue democracia quirúrgica: breve, intensa, necesaria.
Quedaron anulados los decretos emitidos por la Cosa Blanca —que, como es lógico, nunca había sido blanca. Es imposible hablar de color si algo no absorbe ni dispersa luz visible… El núcleo era transparente. El gobierno, no tanto. Cosas de la física—.

La rebelión de las Caspasas barrió el territorio como un aplauso. Y la célula quedó aislada entre sus vecinas —que, antaño tan aliadas, optaron por una política exterior de 'No, gracias'… mientras cerraban, muy diplomáticamente, su fronteras—. Nadie envió ni un miserable factor de crecimiento; son solo para gobiernos de fiar.

Las vías de transporte, paralizadas.
Los orgánulos, jubilados.
La infraestructura citoesquelética, por el suelo.
La presión interna empujaba… y empujaba… ya no quedaba soporte… y entonces: Pop.

Pop. Pop. Pop.

El Estado Celular se fue desgranando en una nube de burbujas.


Así siguen ahora. Cada parcela, encapsulada en su vesícula. Con las fosfatidilserinas izadas, ondeando en son de paz.


Pequeños mundos por el espacio intercelular.


Suspendidos en un silencio que lo envuelve todo.


Pronto llegarán los Fagocitos. Un gobierno de transición para los escombros. Vendrán a limpiar, a masticar los errores y a construir algo nuevo.
Sin guerra. Sin multas. Sin ruido.


A escasas mil micras de distancia —no mucho más allá de la ocupada nariz de Mr. Tromp— la situación sigue siendo muy distinta. Lamentablemente.