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La cura Prohibida

ZCHEMAZ

El reloj digital colgado en la pared marca la hora con una precisión gélida; el calor parece ralentizar el tiempo en aquella aula de la universidad de biotecnología situada a las afueras de Burjassot. En 2035, las corporaciones se habían apoderado de casi todo y la educación no escapaba de su poder mercantil. El doctor Joaquín observaba y analizaba a sus alumnos; estos se encontraban rodeados de maquinaria y simuladores que imitaban, con fría precisión, la sintomatología de la enfermedad. Estaban formando a nuestros futuros médicos bajo el dogma del beneficio. Todo era orden, hasta que una voz rompió el aire

—Profesor, ¿y si la cura ya existe, pero alguien ha decidido que no debemos tenerla?

Joaquín sonrió con una calma fingida. Pero al cerrar el aula, la pregunta le golpeó el pecho. Esa noche, al llegar a casa, se detuvo ante su hermana Clara. Ella, conectada a un respirador, lo miró con unos ojos que guardaban un secreto aterrador. Joaquín no lo sabía, pero esa sería su última noche de ignorancia.

Tres meses después, durante una crisis de dolor que casi le arrebata la vida, Clara agarró la mano de Joaquín con una fuerza sobrenatural.

—No me están curando, Joaquín —susurró ella—Por las noches, cuando creen que el sedante me ha dormido, me llevan al sótano. He escuchado a los doctores hablar... dicen que mi cuerpo es un contenedor eficiente. Me inyectan algo que me quema y luego anotan resultados mientras ríen. He visto la cura, Joaquín. La tienen en un vial azul en el refrigerador de desechos. No nos salvan porque somos su cosecha.

La mente de Joaquín estalló. Movido por una rabia fría, pasó el siguiente medio año llevando una doble vida. Durante el día, era el profesor ejemplar en Burjassot; de noche, se convertía en un fantasma que vigilaba los pasillos del hospital. Fueron seis meses de espionaje meticuloso, memorizando cada parpadeo de las cámaras y los cambios de turno de los guardias. No hackeó el sistema; usó su propia tarjeta de médico para cruzar puertas que nunca debió abrir, descendiendo al sótano solo cuando la probabilidad de éxito era total. Allí, entre expedientes ocultos bajo capas de polvo de veinte años, vio la firma de sus propios colegas. La cura era real, pero la cronicidad era el negocio.

Joaquín robó el vial en una noche de tormenta. En la penumbra de su cocina, pasó otros tres meses analizando el compuesto bajo el microscopio, temiendo que fuera una trampa. Comprendió que era una tecnología simple, deliberadamente olvidada. Cuando finalmente se la administró a Clara, no fue un milagro instantáneo. Siguieron noventa días de una recuperación infernal. Clara gritaba cada noche mientras sus pulmones se deshacían para reconstruirse desde cero; Joaquín envejeció una década en ese trimestre, limpiando su sudor y contando cada respiración agónica. Al final del noveno mes desde que robó el vial, Clara caminó por el jardín. Estaba sana.

La euforia lo cegó. Joaquín filtró las grabaciones de los experimentos. Durante un invierno sangriento de barricadas y fuego, la sociedad colapsó. Joaquín lideró la quema de las farmacéuticas. Vio a Clara caminar entre la multitud, libre. El mundo era, por fin, una página en blanco.

Aquella luz blanca, hiriente y artificial, le quemó los ojos. Joaquín despertó en una estancia de metal, envuelto en cables. No había revolución. Un oficial lo observaba tras un cristal.

—¿Dónde estoy? —gritó Joaquín— ¡Fueron meses de lucha! ¡Presencié cómo la vida reclamaba su cuerpo!

El oficial suspiró con fastidio. —Clara es ceniza desde hace cinco inviernos, Joaquín. Tu psique sucumbió ante el duelo y te recluimos aquí. Esa Clara de la simulación es solo un algoritmo diseñado para encontrar las fisuras en nuestra seguridad. Necesitábamos saber cómo entraste al sótano en la vida real.

Joaquín se quedó helado. El oficial continuó—Lo lograste, Joaquín. En la vida real robaste la cura hace dos días, pero te interceptamos en el umbral de la entrega. La simulación, esos meses de espionaje, el año de curación y la revolución, ocurrió en tu mente en apenas dos horas. Era un interrogatorio para que nos desvelaras dónde habías ocultado el vial original antes de que el sedante te borrara la memoria. Y mientras celebrabas tu victoria virtual, nos acabas de dar la ubicación exacta de la cura real.

Joaquín miró sus manos temblorosas, despojadas de la fuerza del líder que creyó ser. El oficial esbozó una sonrisa cargada de una piedad insultante.

—Gracias por el servicio. El sistema vuelve a estar a salvo. Ahora, cierra los ojos y vuelve a la simulación. vuelve a donde eras feliz.