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La desgraciada vida de un dinoflajelado

AlejandroBio

Hola, deja que me presente: soy un pobre dinoflagelado, víctima de experimentos científicos y de tiroteos corporales. Hoy te contaré mi historia.

Hace 2.500 millones de años, todos mis compañeros unicelulares, incluida yo, estábamos evolucionando. Unos estaban desarrollando flagelos, otros se hacían amigos de cianobacterias y de células que soportaban el oxígeno, y otros, como los virus, decidieron flotar por ahí para que otros hicieran su trabajo.

Cuando los primeros seres complejos como yo empezaban a surgir, convivía tranquilamente con mis mitocondrias, que mis tatatatatatatatatatatatatatatataraabuelos habían engullido. Yo soy un dinoflagelado de nivel, estoy en mi prime: tengo una pared tecal envidia de muchos, me curro mi metabolismo y, por supuesto, no pueden faltar mis preciosos y característicos flagelos.

En mi barrio, mi familia y yo somos conocidos por ser muy amigables con otras especies. Intentamos ayudarnos y colaborar porque pensamos que así todo funciona mejor. Nos mola la simbiosis. De hecho, ahora convivo con una arquea que se ha quedado viviendo conmigo. Al principio molaba: me ayudaba a limpiar mis desechos nitrogenados y los transformaba para que pudiera fabricar proteínas. Pero poco a poco la relación se volvió tóxica.

La arquea ha ido perdiendo genes y cada vez depende más de mí. Como es más vaga que la chaqueta de un guardia, no le importa: ya le proporciono yo lo que necesita. Al principio no me molestaba, pero se me ha acumulado el trabajo y ahora mismo ella solo es capaz de duplicar su ADN. Todo lo demás se lo doy yo. Me siento atrapado, esclavizado, secuestrado. Me he ido calentando poco a poco… jejeje.

Un día normal, mientras cocinaba y limpiaba como siempre, una pipeta nos arrastró a su interior. Olas gigantes, corrientes fortísimas y burbujas nos sacudieron hasta que todo se calmó y acabamos en una placa de Petri. Durante días, incluso semanas, aquello parecía un resort todo incluido.

Pero pronto empezaron las pruebas de laboratorio. Husmeaban en nuestro ADN y lo dividían en secciones para investigarlo. Al principio solo se fijaban en mí. La arquea se escondió y pasó desapercibida, después de todo lo que había hecho por ella. Me dejó más tirado que una colilla.

Días después, unos científicos notaron algo raro: mi ADN aparecía en las pruebas, pero estaba contaminado con otro. Al principio pensaron que era un error, pero no se rindieron. Ese espíritu crítico, esas ganas de saber, eso que llaman ciencia, hizo que siguieran investigando… y finalmente descubrieron a la arquea.

Otro fragmento de ADN apareció en la pantalla, completamente descuadrado respecto al mío, y se centraron en él. Dejaron el proyecto anterior y empezaron a investigar su vida “privada”. Disolvieron la membrana de muchos compañeros que también presentaban anomalías para obtener muestras más fiables. Después de millones de años sin ser molestada, por fin todo salía a la luz.

Resultó que la arquea siempre había sido perezosa. Mientras otros organismos evolucionaban para ser más complejos, ella hacía lo contrario: iba reduciendo su genoma y dependiendo cada vez más de mí. Si perdía ADN por mutaciones, no pasaba nada, porque yo le proporcionaba lo necesario. Así acabó teniendo el genoma más pequeño jamás encontrado.

Los científicos empezaron a criticarla, diciendo que era muy simple, que tenía pocos pares de bases, que robaba nutrientes de su huésped y que se parecía a un virus. Pero uno de ellos la defendió: explicó que no era un virus, que era un organismo vivo, que tenía ARN mensajero y que sus ribosomas sintetizaban proteínas.

Gracias a eso, descubrí cosas de mi compañera que ni yo sabía. Ella estaba destrozada por los insultos que había recibido… y al final, después de todo lo que hago por ella, también tuve que consolarla.

Porque sí, además de todo… ahora también soy su psicóloga.