LA MEMORIA DE LOS CUIDADOS
Aletheia
LA MEMORIA DE LOS CUIDADOS
(Aletheia)
Aquella mañana Alicia se despertó más apesadumbrada de lo normal. Esta temporada no había sido fácil para ella, por razones obvias, por lo que tenía que mantener cierta autoexigencia para poder acometer las responsabilidades diarias.
María había sido de gran ayuda en general, pero a veces conseguía todo lo contrario, a pesar de su buena intención… exactamente tal y como sucedió aquella mañana:
Todo comenzó como cualquier otro martes de noviembre; Alicia se despertaba y tenía ya a María dispuesta con el desayuno y, con su mejor sonrisa, le preguntaba por cómo había dormido. Alicia le contestaba a regañadientes, aun somnolienta, lo que no alteraba un ápice la expresión de bienestar de María, si bien unas palabras de empatía y ánimo acompañaban a su sonrisa. Alicia se sentó frente al desayuno que tenía delante, suspirando por una galleta de chocolate. María pareció darse cuenta de que necesitaba distraerse, así que comenzó a hablar:
- ¿Sabes lo que más recuerdo de tu padre? – pausa dramática
- Esa mirada que tenía de buena persona. Incluso en los peores momentos de su enfermedad él tenía un detalle para conmigo. Un besito en el cuello por ejemplo, cuando le levantaba con sus brazos rodeándome para poderle sentar en el wáter y que pudiera hacer sus necesidades. A veces se mantenía así, abrazado a mí, un tiempo más largo de lo normal. Supongo que el abrazo le calmaba, le hacía bien, así que yo le sujetaba fuerte y le hacía sentir que estaba ahí para él... Muchas veces al día teníamos que practicar ese ritual, pues el estreñimiento típico de la enfermedad le impedía evacuar fácilmente…
- Y a ti, María – le preguntaba Alicia – ¿No te suponía mucho cansancio realizar esa pesada tarea día tras día? – comentaba mientras masticaba su tostada con tomate.
- No, no. Ya sabes Adela que mi energía es prácticamente ilimitada – comentaba riéndose – ¡Siempre que pueda recargarme unas horas al menos por las noches claro! – decía guiñándole el ojo a Adela.
- Pues, como te digo, este tipo de tareas repetitivas duraron casi hasta el final. Cuando ya postrado en la cama no podía siquiera levantase para hacer sus necesidades y la higiene completa la hacía con él yaciendo allí… seguía pormenorizadamente cada paso, tal y como mis conocimientos de enfermería me indicaban… Pero niña, no hablemos más de cuidados que tal vez no te venga bien, te veo algo triste…- dijo entonces María, mientras que recolocaba un mechón del pelo de Alicia tras su oreja, en un gesto de cuidado y cariño muy bien estudiado.
- ¿Quieres que te hable de lo que decía de ti, cuando aún podía expresarse? –
- Bueno – decía Alicia, mientras pelaba una naranja.
- Estaba muy orgulloso de ti, y hasta dónde habías llegado. Nunca le pesó que no pudieras vivir en la misma ciudad que él, ni siquiera en los peores momentos de su enfermedad, y le gustaba decir en alto a todo el que quisiera escucharle (como en los paseos que dábamos por las calles del pueblo) que estaba muy orgulloso porque su hija era más inteligente que él…
- Anda, calla… lo que me cuentas no está mejorando mi estado de ánimo…
- En los paseos siempre le paraban muchos vecinos para saludarle. Era muy apreciado. Yo creo que por su bondad…
Interrumpió la charla el llanto desconsolado de Alicia.
- ¡Mi padre! – decía sollozando - ¡Mi querido padre! – y se enjugaba el llanto con una servilleta.
- Vaya, pensé que recordarle te calmaría, como ha sucedido otras veces...- comentó María desconcertada - ¿puede hacer algo para ayudar? – su desazón era evidente.
- ¡Cállate ya! ¡No estás ayudando en absoluto! – gritó Alicia dando un puñetazo sobre la mesa.
Un silencio incómodo inundó el comedor.
Se podía escuchar el ruido del taladro de unas obras cercanas, amortiguado por las ventanas.
- Quiero que me disculpes. – afirmó María en un tono neutro, ligeramente distinto al usado habitualmente - María está aún en fase de mejora de su capacidad de establecer empatía artificial con usuarios secundarios. ¿Deseas que restaure los valores de fábrica y reconfiguremos el acuerdo de licencia de usuario final?
Alicia fue calmándose y se quedó observando con detenimiento a María. Aparentaba ser una mujer de mediana edad. Podría haber sido su madre. El acabado físico era notable, pero su torpeza emocional también. Sin embargo, era uno de los pocos puentes de unión que conservaba con su padre muerto, y no podía ni quería perderla. Sería como mutilar su propia memoria.
- No importa, María. Está todo bien… me voy a la ducha. Prepara mi ropa, por favor, tengo mucho trabajo y no puedo marchar tarde -.
María recuperó su expresión de afabilidad y asintió.
Afuera una mujer gritaba palabras incomprensibles en la distancia.
El día parecía escampar.
Pseudónimo: Aletheia
(Aletheia)
Aquella mañana Alicia se despertó más apesadumbrada de lo normal. Esta temporada no había sido fácil para ella, por razones obvias, por lo que tenía que mantener cierta autoexigencia para poder acometer las responsabilidades diarias.
María había sido de gran ayuda en general, pero a veces conseguía todo lo contrario, a pesar de su buena intención… exactamente tal y como sucedió aquella mañana:
Todo comenzó como cualquier otro martes de noviembre; Alicia se despertaba y tenía ya a María dispuesta con el desayuno y, con su mejor sonrisa, le preguntaba por cómo había dormido. Alicia le contestaba a regañadientes, aun somnolienta, lo que no alteraba un ápice la expresión de bienestar de María, si bien unas palabras de empatía y ánimo acompañaban a su sonrisa. Alicia se sentó frente al desayuno que tenía delante, suspirando por una galleta de chocolate. María pareció darse cuenta de que necesitaba distraerse, así que comenzó a hablar:
- ¿Sabes lo que más recuerdo de tu padre? – pausa dramática
- Esa mirada que tenía de buena persona. Incluso en los peores momentos de su enfermedad él tenía un detalle para conmigo. Un besito en el cuello por ejemplo, cuando le levantaba con sus brazos rodeándome para poderle sentar en el wáter y que pudiera hacer sus necesidades. A veces se mantenía así, abrazado a mí, un tiempo más largo de lo normal. Supongo que el abrazo le calmaba, le hacía bien, así que yo le sujetaba fuerte y le hacía sentir que estaba ahí para él... Muchas veces al día teníamos que practicar ese ritual, pues el estreñimiento típico de la enfermedad le impedía evacuar fácilmente…
- Y a ti, María – le preguntaba Alicia – ¿No te suponía mucho cansancio realizar esa pesada tarea día tras día? – comentaba mientras masticaba su tostada con tomate.
- No, no. Ya sabes Adela que mi energía es prácticamente ilimitada – comentaba riéndose – ¡Siempre que pueda recargarme unas horas al menos por las noches claro! – decía guiñándole el ojo a Adela.
- Pues, como te digo, este tipo de tareas repetitivas duraron casi hasta el final. Cuando ya postrado en la cama no podía siquiera levantase para hacer sus necesidades y la higiene completa la hacía con él yaciendo allí… seguía pormenorizadamente cada paso, tal y como mis conocimientos de enfermería me indicaban… Pero niña, no hablemos más de cuidados que tal vez no te venga bien, te veo algo triste…- dijo entonces María, mientras que recolocaba un mechón del pelo de Alicia tras su oreja, en un gesto de cuidado y cariño muy bien estudiado.
- ¿Quieres que te hable de lo que decía de ti, cuando aún podía expresarse? –
- Bueno – decía Alicia, mientras pelaba una naranja.
- Estaba muy orgulloso de ti, y hasta dónde habías llegado. Nunca le pesó que no pudieras vivir en la misma ciudad que él, ni siquiera en los peores momentos de su enfermedad, y le gustaba decir en alto a todo el que quisiera escucharle (como en los paseos que dábamos por las calles del pueblo) que estaba muy orgulloso porque su hija era más inteligente que él…
- Anda, calla… lo que me cuentas no está mejorando mi estado de ánimo…
- En los paseos siempre le paraban muchos vecinos para saludarle. Era muy apreciado. Yo creo que por su bondad…
Interrumpió la charla el llanto desconsolado de Alicia.
- ¡Mi padre! – decía sollozando - ¡Mi querido padre! – y se enjugaba el llanto con una servilleta.
- Vaya, pensé que recordarle te calmaría, como ha sucedido otras veces...- comentó María desconcertada - ¿puede hacer algo para ayudar? – su desazón era evidente.
- ¡Cállate ya! ¡No estás ayudando en absoluto! – gritó Alicia dando un puñetazo sobre la mesa.
Un silencio incómodo inundó el comedor.
Se podía escuchar el ruido del taladro de unas obras cercanas, amortiguado por las ventanas.
- Quiero que me disculpes. – afirmó María en un tono neutro, ligeramente distinto al usado habitualmente - María está aún en fase de mejora de su capacidad de establecer empatía artificial con usuarios secundarios. ¿Deseas que restaure los valores de fábrica y reconfiguremos el acuerdo de licencia de usuario final?
Alicia fue calmándose y se quedó observando con detenimiento a María. Aparentaba ser una mujer de mediana edad. Podría haber sido su madre. El acabado físico era notable, pero su torpeza emocional también. Sin embargo, era uno de los pocos puentes de unión que conservaba con su padre muerto, y no podía ni quería perderla. Sería como mutilar su propia memoria.
- No importa, María. Está todo bien… me voy a la ducha. Prepara mi ropa, por favor, tengo mucho trabajo y no puedo marchar tarde -.
María recuperó su expresión de afabilidad y asintió.
Afuera una mujer gritaba palabras incomprensibles en la distancia.
El día parecía escampar.
Pseudónimo: Aletheia