La última neurona
Neurania
Hola, soy una neurona viviendo dentro de la cabeza de un señor con alzhéimer.
Vivo en el hipocampo, rincón donde los momentos los guardamos en recuerdos. Por desgracia, en el lugar donde estoy, esta enfermedad nos afecta primero, hecho que hace que se me esté escapando Alberto. Antes todo era claro: los impulsos nerviosos llegaban ordenados, recorrían mis dendritas, cruzaban la sinapsis y continuaban su camino. Pero desde hace tiempo algo empezó a romperse. Los médicos lo llaman alzhéimer. Aquí dentro se siente como, poco a poco, nos vamos deshaciendo. Al principio, eran fallos insignificantes, casi imperceptibles. Luego, las señales empezaron a llegar más débiles como si vinieran de muy lejos. Posteriormente, comenzaron a aparecer obstáculos: acumulaciones de proteínas beta-amiloide fuera de nuestras membranas, formando placas seniles que bloqueaban el paso, y dentro de cada uno de nosotros, la proteína tau impedía que los pensamientos circularan. Las sinapsis, que son nuestros puentes, comenzaron a desaparecer. No se trata de una conexión menos: es un recuerdo que ya no puede recuperarse ni volver a construirse.
Hoy ha venido Clara. Lo supe porque percibí fragmentos de su presencia: su voz aguda me llegó desde la corteza auditiva; y su imagen, por la visual. Todo se dirige hacia nosotras, tratando de convertirse en algo duradero. Antes hubiera sido al instante. Alberto habría interconectado palabras referentes como “nieta”, “familia”, “amor”. Habría transmitido aquella certeza con exactitud, pero ahora la señal llega incompleta como si estuviera rota y fuera un mensaje escrito en un trozo de papel mojado.
Alberto pregunta quién es. Yo intento responder, pero muchas de mis conexiones ya no existen. Muchas neuronas vecinas han muerto; otras tienen daños tan fuertes que no pueden funcionar. Intento tratar de reconstruir el camino, pero me es imposible. Consigo enviar una sensación confusa, algo que no tiene palabras, pero sí peso: Alberto sonríe, y aunque no sepa el porqué, aquel sentimiento tan bonito logra sobrevivir. Es curioso: aunque la memoria falle, las emociones a veces logran resistirse, y esto es gracias a la amígdala, que sostiene parte de ese lenguaje invisible.
Nuestro día a día se ha convertido en algo muy extraño. No es solo porque el mundo exterior haya cambiado, sino porque ya no podemos presenciarlo como antes. Cada momento que Alberto vive tiene que pasar por nosotras para convertirlo en uno recordable, pero ese proceso está fallando. Es como intentar grabar un video para ser borrado al instante. Yo recibo los estímulos, pero no consigo mantenerlos. Y lo más complicado no es perder información, es perder algo más profundo. El cerebro deja de ser coherente y comienza a transmitir fragmentos sueltos. A veces, algo antiguo se enciende: conexiones profundas, formadas hace décadas, que todavía están ahí. De repente, llega ese olor a mar, el mismo mar junto al que pasaba horas y horas con Clara. Esos recuerdos están más consolidados, distribuidos en redes más resistentes. Por eso, el alzhéimer suele borrar primero lo reciente y deja, durante un tiempo, lo antiguo. Yo todavía participo en esos destellos. Todavía puedo ayudar a que Alberto, por un instante, sea quien fue. Pero cada vez somos menos. La neurodegeneración no llega de golpe; es una retirada lenta, en la cual primero desaparecen las sinapsis, luego la función y, finalmente, la célula. Muchas de mis compañeras ya se han apagado, sus conexiones quedaron como calles cortadas en una ciudad que se derrumba. Yo sigo aquí, transmitiendo impulsos cada vez más débiles, intentando sostener lo que queda de esta red.
Hoy, cuando Clara abrazó a Alberto, sentí una descarga distinta, más intensa, menos estructurada, pero real. No era un recuerdo, era una emoción. Y aunque no pude decirle quién era ella, logré que algo pasara, algo que no necesita palabras: el calor de sentir sin entender. No sé cuánto tiempo más podré seguir, ya que las placas siguen creciendo, los enredos aumentan y las rutas desaparecen. Pero yo mientras exista, seguiré intentando lo mismo: convertir lo que Alberto vive en algo que permanezca, aunque sea solo por un instante. Porque eso es lo que somos las neuronas: pequeños destellos en la oscuridad, tratando de sostener la identidad de alguien… incluso cuando todo lo demás se está olvidando.
Vivo en el hipocampo, rincón donde los momentos los guardamos en recuerdos. Por desgracia, en el lugar donde estoy, esta enfermedad nos afecta primero, hecho que hace que se me esté escapando Alberto. Antes todo era claro: los impulsos nerviosos llegaban ordenados, recorrían mis dendritas, cruzaban la sinapsis y continuaban su camino. Pero desde hace tiempo algo empezó a romperse. Los médicos lo llaman alzhéimer. Aquí dentro se siente como, poco a poco, nos vamos deshaciendo. Al principio, eran fallos insignificantes, casi imperceptibles. Luego, las señales empezaron a llegar más débiles como si vinieran de muy lejos. Posteriormente, comenzaron a aparecer obstáculos: acumulaciones de proteínas beta-amiloide fuera de nuestras membranas, formando placas seniles que bloqueaban el paso, y dentro de cada uno de nosotros, la proteína tau impedía que los pensamientos circularan. Las sinapsis, que son nuestros puentes, comenzaron a desaparecer. No se trata de una conexión menos: es un recuerdo que ya no puede recuperarse ni volver a construirse.
Hoy ha venido Clara. Lo supe porque percibí fragmentos de su presencia: su voz aguda me llegó desde la corteza auditiva; y su imagen, por la visual. Todo se dirige hacia nosotras, tratando de convertirse en algo duradero. Antes hubiera sido al instante. Alberto habría interconectado palabras referentes como “nieta”, “familia”, “amor”. Habría transmitido aquella certeza con exactitud, pero ahora la señal llega incompleta como si estuviera rota y fuera un mensaje escrito en un trozo de papel mojado.
Alberto pregunta quién es. Yo intento responder, pero muchas de mis conexiones ya no existen. Muchas neuronas vecinas han muerto; otras tienen daños tan fuertes que no pueden funcionar. Intento tratar de reconstruir el camino, pero me es imposible. Consigo enviar una sensación confusa, algo que no tiene palabras, pero sí peso: Alberto sonríe, y aunque no sepa el porqué, aquel sentimiento tan bonito logra sobrevivir. Es curioso: aunque la memoria falle, las emociones a veces logran resistirse, y esto es gracias a la amígdala, que sostiene parte de ese lenguaje invisible.
Nuestro día a día se ha convertido en algo muy extraño. No es solo porque el mundo exterior haya cambiado, sino porque ya no podemos presenciarlo como antes. Cada momento que Alberto vive tiene que pasar por nosotras para convertirlo en uno recordable, pero ese proceso está fallando. Es como intentar grabar un video para ser borrado al instante. Yo recibo los estímulos, pero no consigo mantenerlos. Y lo más complicado no es perder información, es perder algo más profundo. El cerebro deja de ser coherente y comienza a transmitir fragmentos sueltos. A veces, algo antiguo se enciende: conexiones profundas, formadas hace décadas, que todavía están ahí. De repente, llega ese olor a mar, el mismo mar junto al que pasaba horas y horas con Clara. Esos recuerdos están más consolidados, distribuidos en redes más resistentes. Por eso, el alzhéimer suele borrar primero lo reciente y deja, durante un tiempo, lo antiguo. Yo todavía participo en esos destellos. Todavía puedo ayudar a que Alberto, por un instante, sea quien fue. Pero cada vez somos menos. La neurodegeneración no llega de golpe; es una retirada lenta, en la cual primero desaparecen las sinapsis, luego la función y, finalmente, la célula. Muchas de mis compañeras ya se han apagado, sus conexiones quedaron como calles cortadas en una ciudad que se derrumba. Yo sigo aquí, transmitiendo impulsos cada vez más débiles, intentando sostener lo que queda de esta red.
Hoy, cuando Clara abrazó a Alberto, sentí una descarga distinta, más intensa, menos estructurada, pero real. No era un recuerdo, era una emoción. Y aunque no pude decirle quién era ella, logré que algo pasara, algo que no necesita palabras: el calor de sentir sin entender. No sé cuánto tiempo más podré seguir, ya que las placas siguen creciendo, los enredos aumentan y las rutas desaparecen. Pero yo mientras exista, seguiré intentando lo mismo: convertir lo que Alberto vive en algo que permanezca, aunque sea solo por un instante. Porque eso es lo que somos las neuronas: pequeños destellos en la oscuridad, tratando de sostener la identidad de alguien… incluso cuando todo lo demás se está olvidando.