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Lo que el cuerpo ya sabía

Javier Collado González

Cuando a Clara le dijeron que tenía una enfermedad autoinmune no entendió
muy bien qué significaba. Solo se quedó con una cosa clara: su propio cuerpo
la estaba atacando.
El médico habló de un tratamiento, de control, de algo “crónico”. Esa palabra se
le quedó clavada. Crónico sonaba a para siempre, a que no se iba a ir. Al
principio hizo todo lo que le dijeron: tomarse pastillas, revisiones y dieta.
Intentaba ser fuerte, como siempre había sido con todo en su vida, pero el
dolor volvía y volvía de nuevo. A veces en las manos, a veces en las rodillas o
en otra parte del cuerpo. Y sobre todo tenía la sensación de un cansancio raro,
como si llevara una mochila llena de piedras.
Una tarde, esperando en una consulta, cogió una revista para distraerse y en
una página había una frase subrayada que decía: “El pensamiento es una
fuerza biológica que cambia nuestro cerebro y, por tanto, nuestro cuerpo.” La
cita era de Mario Alonso Puig, un reconocido médico especializado en estos
temas. Clara pensó que sonaba bonito, pero también un poco exagerado. ¿De
verdad algo podía cambiar el cuerpo? ¿Si fuera tan fácil, nadie estaría enfermo,
no?
Sin embargo, esa noche, mientras el dolor no la dejaba dormir, se dio cuenta
de algo. Su cabeza no descansaba nunca. Siempre estaba diciéndose cosas
así misma, como: “no es suficiente”, “tienes que hacerlo mejor”, “no puedes
fallar”. Era como tener un entrenador muy duro que no para de juzgar viviendo
dentro de la mente las 24 horas. Y se hizo unas preguntas que nunca se había
hecho: ¿y si su cuerpo no era el enemigo ni el problema? ¿Y si simplemente su
organismo estaba reaccionando a esa presión constante que se
autorrealizaba? Entonces empezó a fijarse más en lo que pensaba. Cuando
cometía un error, se machacaba y si necesitaba descansar, se sentía culpable.
Vivía como si siempre estuviera en un examen importante y eso era una
situación imposible de llevar. Decidió probar algo diferente, no dejó la
medicación ni ignoró a los médicos, pero añadió algo nuevo: empezó a cambiar
la forma en que se hablaba a sí misma. Cuando aparecía el dolor, en vez de
enfadarse con su cuerpo, cerraba los ojos y respiraba despacio. Se imaginaba
que sus células eran como pequeñas trabajadoras que no sabían muy bien
cómo funcionar y Clara intentaba tranquilizarlas mandándoles el mensaje de
que no había peligro.
Al principio le parecía extraño, incluso un poco ridículo, pero siguió haciéndolo.
Cada noche escribía tres pensamientos negativos que había tenido durante el
día y los transformaba. Si había pensado “no puedo con esto”, lo cambiaba por
“estoy aprendiendo a manejarlo”. Si pensaba “esto no va a mejorar nunca”, lo
sustituía por “mi cuerpo puede mejorar si le doy tiempo y calma”. No fue magia
no se curó de repente, pero algo cambió para bien. Los brotes empezaron a
distanciarse en el tiempo, dormía mejor, el dolor seguía ahí de vez en cuando,

pero no era tan intenso y pasó a un segundo plano. Su médico dijo que era una
buena evolución, que a veces estas enfermedades mejoran por fases.
Clara lo tomó en cuenta, pero entendió que cada pensamiento de miedo o
tristeza hacía que su cuerpo se pusiera en alerta, como si estuviera huyendo
de un peligro. Y ella llevaba mucho tiempo viviendo así, siempre intentando
demostrar algo, siempre corriendo a todas partes.
Cuando empezó a tratarse con más respeto, su cuerpo también dejó de estar
en guerra. Aprendió a descansar sin sentirse débil, a decir que no sin sentirse
egoísta y a aceptar que no tenía que ser perfecta todo el tiempo. Cuanto más
coherente era entre lo que pensaba y lo que hacía, más estable se sentía por
dentro. La enfermedad no desapareció por completo, seguía formando parte de
su vida, pero ya no la definía.
Un día volvió a leer aquella frase de la revista, pero esta vez no le pareció
exagerada. Pensó que quizá el pensamiento no lo cura todo, pero sí crea el
estado en el que el cuerpo vive.
Si tú le dices a tu cuerpo que el mundo es una guerra constante se tensará.
Pero si le transmites calma, confianza y paciencia, empezará a funcionar de
otra manera. No es magia, es biología y a veces la mejor medicina está en
curar la mente.