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Otro mundo es posible

Doraemon

Hace muchos años, un gran meteorito cayó en el océano Pacífico Norte. El meteorito llevaba una célula que comenzó a evolucionar, adaptándose a su ambiente. Miles de años después se formó en esa zona una isla de basura de restos plásticos, arrastrados por la corriente.
Allí apareció un animal muy extraño que comía el plástico y lo transformaba en agua dulce. Era muy pequeño, no superaba los treinta centímetros de altura. Gracias a él, la isla de basura fue encogiendo gradualmente. Al principio se sintió muy solo, pero poco a poco comenzó a formarse una gran familia.
Un día, uno de los pequeños animales encontró un zapato. ``Es un hogar perfecto´´ se dijo a sí mismo. Se metió dentro y se quedó profundamente dormido. La corriente llevó el zapato a una playa de San Francisco. Allí, una niña llamada Irene y su hermano pequeño llamado Miguel, estaban paseando por la playa con su madre.
— ¡Mamá! Mira, hay un zapato viejo. ¿Podemos reutilizarlo? ̶ le preguntó Irene a su madre.
— De acuerdo ̶ respondió ella.
Unas horas después, cogieron un tranvía que los llevó a casa. Irene miró dentro del zapato y vio un pequeño animal.
— ¿Y quién eres tú? — murmuró Irene. El animal sonrió y asintió. Cuando llegaron a la habitación, Irene le dio una galleta, pero el animal no la comió.
— ¿Tienes hambre? — preguntó con cariño. El pequeño animal no respondió, pero cuando Irene finalizó el paquete de galletas y dejó el envoltorio en la cama, el pequeño animal se lo comió.
— Eso no es comida — le reprendió Irene. De pronto, Irene vio que la cama estaba empapada.
— ¿De dónde vino? ¿Es un fantasma? — se preguntó Irene, asustada.
—Irene, ¿por qué está tu cama tan mojada? ¿Y quién es ese animal? — exclamó Miguel.
— No sé quién ha mojado mi cama. Este animal entró dentro de este zapato viejo. Debió quedarse atascado — respondió Irene.
— ¿Ya le has puesto nombre? — preguntó Miguel.
— Si, le voy a llamar Plácido, porque primero comió la bolsa de plástico del paquete de las galletas y después mi cama se mojó.
— Creo que hacen como lo que hacen las plantas con el aire: comen el plástico y lo convierten en agua — dijo Miguel— ¡Has descubierto una nueva especie!
— ¿De verdad? — preguntó sorprendida Irene.
— ¡Sí! — afirmó con entusiasmo Miguel.
— Esta noche, cuando mamá y papá duerman, investigaremos —susurró Irene a Miguel— otro mundo es posible.
— Podemos usar el cohete que construiste para intentar encontrar la casa de Plácido.
A medianoche, salieron de la casa de puntillas, haciendo el menor ruido posible. Cogieron su cohete y despegaron a la velocidad de la luz. Miguel lo había construido porque de mayor quería ser ingeniero robótico y explorar el universo. Plácido tomó los controles y los pilotó por el espacio.
— ¡Vamos muy rápido! —exclamaron ambos al unísono.
Pasaron por Marte, el cinturón de asteroides, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Dejaron el Sistema Solar y se aventuraron en el universo. Después de mucho tiempo, llegaron a un planeta. Era muy semejante a la Tierra. Cuando Plácido lo vio, comenzó a correr, e Irene y Miguel lo siguieron. Un tiempo después, llegaron a una extraña aldea. Estaba habitada por muchos ser vivos cómo Plácido.
— ¿Es aquí donde vives, Plácido? — le preguntó Irene.
—De pronto, aparecieron muchos habitantes idénticos a Plácido, y detrás de ellos había uno más grande que parecía ser el líder.
— ¿Quiénes sois vosotros? — les preguntó el líder.
—Somos habitantes de la Tierra— dijo Miguel.
— ¿La Tierra? Hace millones de años, vivíamos allí. Pero cuando llegaron los humanos, destruyeron nuestros hábitats. Dejamos ese planeta para buscar uno mejor y menos contaminado —les dijo el líder.
Irene y Miguel pensaron por un momento. Tenían razón; estaban destruyendo los ecosistemas y cada vez había más plástico en los océanos. Tenían que hacer algo.
— Pensaremos en qué hacer. Casi es de día y, si no estamos en casa, nos meteremos en problemas —dijo Irene, mirando el reloj.
Se despidieron de Plácido con mucha pena, le habían cogido cariño, pero sabían que su lugar estaba ahí, con sus compañeros, no con ellos.
— Mi idea era traer algunos de ellos a la Tierra para limpiar el mar, pero al final no lo voy a hacer porque creo que es injusto que seres que no tienen la culpa de nuestra contaminación tengan que solucionar nuestro problema. Si todos lo intentamos, juntos, podemos hacer un mundo mejor — reflexionó Irene en alto mientras volvían.
Cuando llegaron a casa todavía era de noche. Como Irene no podía dormir, salió al jardín y una piedra cayó del cielo. Tenía algo grabado. Encendió la linterna y leyó:
Muchas gracias por ayudarme a volver a casa.
De tu amigo Plácido.
Miró hacia el cielo, sabiendo que allí había algo más que su mascota, era su mejor amigo.