Segunda Oportunidad
Isidoro Pardo
El doctor Arturo Clemente notaba como su estómago se retorcía y su visión se nublaba mientras admitía la situación. Buscó entre todos los consejos acerca de cómo afrontar la muerte de un paciente, pero no valía ninguno. No había compasión para quienes ayudaban a destruir una vida.
Anduvo perplejo, con la mente en blanco como en un mal sueño. Entró al despacho del doctor Ascona. El responsable del proyecto Segunda Oportunidad siempre mantuvo cierta distancia emocional con la naturaleza de la investigación. Nunca entraron en él las consideraciones éticas ni las dudas durante los seis años en los que desentrañaron la naturaleza mecánica y teórica de la existencia. Aún así, el doctor Clemente se sorprendió al ver que, tras saberse que los resultados eran los más catastróficos imaginables, Isaac Ascona había abierto una botella de champán.
–Veo que te has enterado –dijo el físico con una sonrisa mientras se acercaba al petrificado y nauseabundo médico.
–¿Qué estás haciendo? –articuló el doctor Clemente–. Acabamos de matar a un hombre.
–No doctor Ascona –respondió el doctor Ascona sin perder el tono jovial–. La prueba ha dado un resultado que no consideraban en nuestras estimaciones y que no entraba en nuestros cálculos.
Arturo sentía como le abandonaba el poco aire que le quedaba y sus piernas se rendían ante las palabras de su jefe. Una rápida señal ordenó a sus brazos que agarrasen la silla que tenía delante. Arturo agradeció que su subconsciente se mantuviera despierto. Una vez sentado pensó en el mismo subconsciente de la víctima, apareciendo en los monitores tras perder el pulso junto con su consciencia al completo. Todo lo que definía al paciente como un individuo único e irrepetible danzaba ante él. Pero la máquina no fue capaz de computarla y devolver al sujeto a la vida. Se había escapado.
–Creo que voy a vomitar –dijo Arturo mientras trataba de detener el creciente torbellino en sus entrañas–. Tendríamos que haber hecho más pruebas, comprobar que no hubiera ningún margen de error.
–Empleamos el último año en blindar los cálculos y la máquina –respondió el doctor Ascona–. La prueba era infalible, lo que nos ha fallado ha sido la teoría.
–Pero eso es imposible –dijo el doctor Clemente.
–Arturo, ¿qué es más probable? –preguntó el doctor Ascona mientras apoyaba su brazo en la espalda del compungido médico–. ¿Que la prueba que hemos dedicado tanto tiempo y recursos en diseñar y asegurar ha fallado, o que la hipótesis que todos hemos interpretado como válida, solo por ser la más racional, no era la adecuada?
–Pero… La consciencia comienza a diluirse tras la muerte. Es lo que demostraban la teoría y las investigaciones.
–Porque es la teoría que nos hemos empeñado en demostrar. El problema reside en el planteamiento. Consciencia ya no me parece el término adecuado tras ver los resultados. Si tan solo existiera un término más amplio y abstracto… Más antiguo.
–Cancelarán el proyecto –dijo el doctor Clemente, no quería enfrentarse a esas insinuaciones–. Años de trabajo se echarán a perder…
–El proyecto ya ha sido cancelado –dijo el doctor Ascona mientras se aproximaba a su silla–. Y nuestro trabajo no se echará a perder, ahora tenemos que averiguar algo mucho más importante. Empezando por descartar todas las hipótesis empleadas en Segunda Oportunidad. Las cuales, da la casualidad, son las únicas aceptadas por la ciencia.
Las implicaciones de todo aquello llevaron a que Arturo se lanzase a la papelera a aliviar sus nauseas de una vez.
–Yo también estoy nervioso Arturo –dijo el doctor Ascona mientras agarraba la botella–. Pero piense que estamos más cerca que nunca de liberar a la humanidad de su pregunta más aterradora desde que tiene uso de razón.
El doctor Clemente levantó la vista en dirección al doctor Ascona, encontrando ante él un pañuelo de tela y una copa de champán.
–Recupere la compostura doctor, se lo debemos al hombre que ha dado su vida por este descubrimiento –dijo el doctor Ascona mientras alzaba su copa–. Debemos averiguar a dónde ha ido.
Anduvo perplejo, con la mente en blanco como en un mal sueño. Entró al despacho del doctor Ascona. El responsable del proyecto Segunda Oportunidad siempre mantuvo cierta distancia emocional con la naturaleza de la investigación. Nunca entraron en él las consideraciones éticas ni las dudas durante los seis años en los que desentrañaron la naturaleza mecánica y teórica de la existencia. Aún así, el doctor Clemente se sorprendió al ver que, tras saberse que los resultados eran los más catastróficos imaginables, Isaac Ascona había abierto una botella de champán.
–Veo que te has enterado –dijo el físico con una sonrisa mientras se acercaba al petrificado y nauseabundo médico.
–¿Qué estás haciendo? –articuló el doctor Clemente–. Acabamos de matar a un hombre.
–No doctor Ascona –respondió el doctor Ascona sin perder el tono jovial–. La prueba ha dado un resultado que no consideraban en nuestras estimaciones y que no entraba en nuestros cálculos.
Arturo sentía como le abandonaba el poco aire que le quedaba y sus piernas se rendían ante las palabras de su jefe. Una rápida señal ordenó a sus brazos que agarrasen la silla que tenía delante. Arturo agradeció que su subconsciente se mantuviera despierto. Una vez sentado pensó en el mismo subconsciente de la víctima, apareciendo en los monitores tras perder el pulso junto con su consciencia al completo. Todo lo que definía al paciente como un individuo único e irrepetible danzaba ante él. Pero la máquina no fue capaz de computarla y devolver al sujeto a la vida. Se había escapado.
–Creo que voy a vomitar –dijo Arturo mientras trataba de detener el creciente torbellino en sus entrañas–. Tendríamos que haber hecho más pruebas, comprobar que no hubiera ningún margen de error.
–Empleamos el último año en blindar los cálculos y la máquina –respondió el doctor Ascona–. La prueba era infalible, lo que nos ha fallado ha sido la teoría.
–Pero eso es imposible –dijo el doctor Clemente.
–Arturo, ¿qué es más probable? –preguntó el doctor Ascona mientras apoyaba su brazo en la espalda del compungido médico–. ¿Que la prueba que hemos dedicado tanto tiempo y recursos en diseñar y asegurar ha fallado, o que la hipótesis que todos hemos interpretado como válida, solo por ser la más racional, no era la adecuada?
–Pero… La consciencia comienza a diluirse tras la muerte. Es lo que demostraban la teoría y las investigaciones.
–Porque es la teoría que nos hemos empeñado en demostrar. El problema reside en el planteamiento. Consciencia ya no me parece el término adecuado tras ver los resultados. Si tan solo existiera un término más amplio y abstracto… Más antiguo.
–Cancelarán el proyecto –dijo el doctor Clemente, no quería enfrentarse a esas insinuaciones–. Años de trabajo se echarán a perder…
–El proyecto ya ha sido cancelado –dijo el doctor Ascona mientras se aproximaba a su silla–. Y nuestro trabajo no se echará a perder, ahora tenemos que averiguar algo mucho más importante. Empezando por descartar todas las hipótesis empleadas en Segunda Oportunidad. Las cuales, da la casualidad, son las únicas aceptadas por la ciencia.
Las implicaciones de todo aquello llevaron a que Arturo se lanzase a la papelera a aliviar sus nauseas de una vez.
–Yo también estoy nervioso Arturo –dijo el doctor Ascona mientras agarraba la botella–. Pero piense que estamos más cerca que nunca de liberar a la humanidad de su pregunta más aterradora desde que tiene uso de razón.
El doctor Clemente levantó la vista en dirección al doctor Ascona, encontrando ante él un pañuelo de tela y una copa de champán.
–Recupere la compostura doctor, se lo debemos al hombre que ha dado su vida por este descubrimiento –dijo el doctor Ascona mientras alzaba su copa–. Debemos averiguar a dónde ha ido.