Sinapsis
M.R. Holloway
Cada día queda menos de ella, lo noto, en su respiración, en sus latidos, en su habla, en su manera de ser. El hipocampo es una estructura en forma de caballito de mar. Se encarga de consolidar los recuerdos, de transformarlos en algo duradero, de decidir qué momentos merecen quedarse a vivir con nosotros. El de mi abuela se está apagando. Lo sé porque lo he visto cientos de veces bajo el microscopio: neuronas que dejan de comunicarse, sinapsis que se debilitan como puentes sin mantenimiento, proteínas que se acumulan donde antes circulaba la memoria. Lo sé porque soy neurocientífica. Pero sobre todo lo sé porque ayer me miró con los ojos vacíos, como si buscara una palabra en concreto. Y lo único que encontró fue: “¿Quién eres?”.
El hipocampo ha decidido prescindir de mi recuerdo, de mis recuerdos con ella: mi primer día de colegio, mi primer cumpleaños, el día que nos quedamos hablando sin parar hasta que el amanecer asomó por la ventana… Tengo que ser lógica: biológicamente no soy tan importante como recordar respirar o comer. Pero ¿cómo aceptas emocionalmente que eso tenga que ser así? ¿Es miedo? Mi cuerpo está liberando noradrenalina constantemente y eso está nublando mi capacidad de pensar racionalmente. Tengo que ser fuerte, le prometí a mi abuela que lo sería y que, cuando llegara este momento, la ayudaría. Pero no soy capaz de separar lo profesional de lo sentimental, aunque como neurocientífica sé que debo apoyarla mientras enfrenta el Alzheimer. Mi cuerpo está enfrentando una contradicción constante: por un lado, el conocimiento frío y científico de lo que está ocurriendo en su cerebro; por otro lado, un dolor que no se puede ni medir.
Al final entendí que quizá su hipocampo esté olvidando, pero el mío arde más vivo que nunca. Si las sinapsis son puentes, entonces yo seré el puente. Le contaré una y otra vez quién soy; le prestaré mis recuerdos cuando los suyos se apaguen y le sostendré la mirada aunque sus ojos ya no encuentren reconocimiento. Porque si algo he aprendido como neurocientífica es que la memoria vive en las redes. Y mientras yo recuerde por las dos, ninguna de nosotras habrá desaparecido del todo.
El hipocampo ha decidido prescindir de mi recuerdo, de mis recuerdos con ella: mi primer día de colegio, mi primer cumpleaños, el día que nos quedamos hablando sin parar hasta que el amanecer asomó por la ventana… Tengo que ser lógica: biológicamente no soy tan importante como recordar respirar o comer. Pero ¿cómo aceptas emocionalmente que eso tenga que ser así? ¿Es miedo? Mi cuerpo está liberando noradrenalina constantemente y eso está nublando mi capacidad de pensar racionalmente. Tengo que ser fuerte, le prometí a mi abuela que lo sería y que, cuando llegara este momento, la ayudaría. Pero no soy capaz de separar lo profesional de lo sentimental, aunque como neurocientífica sé que debo apoyarla mientras enfrenta el Alzheimer. Mi cuerpo está enfrentando una contradicción constante: por un lado, el conocimiento frío y científico de lo que está ocurriendo en su cerebro; por otro lado, un dolor que no se puede ni medir.
Al final entendí que quizá su hipocampo esté olvidando, pero el mío arde más vivo que nunca. Si las sinapsis son puentes, entonces yo seré el puente. Le contaré una y otra vez quién soy; le prestaré mis recuerdos cuando los suyos se apaguen y le sostendré la mirada aunque sus ojos ya no encuentren reconocimiento. Porque si algo he aprendido como neurocientífica es que la memoria vive en las redes. Y mientras yo recuerde por las dos, ninguna de nosotras habrá desaparecido del todo.