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Sinapsis rebelde

D. O. Hebb

Sinapsis rebelde por D. O. Hebb
Cuando Manuel llegó al Clínic, no podía abrocharse una camisa.
Tenía treinta años y una quietud extraña, como si el cuerpo entero esperara órdenes que ya no sabía obedecer. Había trabajado como técnico auxiliar en un laboratorio de Granada: muestras, bandejas criogénicas, turnos largos. El accidente, según el informe, fue menor. Un fallo en el sistema de enfriamiento. Un pulso electromagnético. Liberación accidental de nanodispositivos en fase experimental.
Menor.
A Irene Marti aquella palabra siempre le había parecido una forma elegante de mentir.
Lo vio por primera vez una mañana de febrero de 2042. El hospital zumbaba con su música habitual de puertas selladas y pantallas suspendidas en el aire. Manuel no levantó la vista cuando ella entró.
—Soy la doctora Marti. —Ya lo sé —dijo él.
No sonó desafiante. Sonó cansado.
Irene abrió la tableta clínica. Había leído el historial en el ascensor: pérdida parcial de coordinación motora, alteraciones del sueño, actividad anómala en hipocampo y corteza prefrontal. También constaba la frase que había repetido desde Granada hasta que lo derivaron a Barcelona: veo patrones.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
Manuel tardó en responder.
—Que no recuerdo como antes.
—¿Y cómo recuerdas?
—Como si las cosas no estuvieran separadas.
Ella anotó la frase sin creer en ella. Pero las pruebas de aquella semana empeoraron el caso, no porque mostraran deterioro, sino otra cosa: regiones cerebrales que no debían activarse juntas lo hacían. Zonas enteras parecían hablar entre sí, como si el cerebro hubiera aceptado una arquitectura nueva.
Le pautaron moduladores sinápticos. Nada. Le ajustaron la estimulación magnética. Nada. Le bloquearon rutas dopaminérgicas. Empeoró dos días y luego volvió a su estado anterior.
—No está compensando —dijo Irene en la reunión del viernes.
—Entonces está desorganizado —respondió un neurólogo.
Ella negó con la cabeza.
—Eso sería más tranquilizador.
Empezó a visitarlo fuera de horario. Le costaba admitirlo incluso a sí misma: había algo en aquel caso que la obligaba a quedarse.
Una tarde lo encontró mirando la pared vacía.
—¿Te duele? —No. —Entonces, ¿qué pasa?
Manuel se encogió de hombros.
—A veces noto cosas. Hambre. Miedo. Gente corriendo. Como si algo llegara desde muy atrás y encontrara un sitio por donde pasar.
Irene rechazó la idea casi con rabia. Pero la noche de la resonancia funcional algo se quebró.
Llovía sobre Barcelona. Durante los primeros minutos, nada nuevo. Luego la voz de Manuel salió por el intercomunicador, baja y nítida.
—Su abuela murió por las manos.
Irene se quedó inmóvil.
—Tenía las manos quemadas. No murió en el bombardeo. Murió después.
Detuvo la prueba. Mandó salir al técnico. Cerró la puerta.
Su abuela había sido enfermera durante la guerra. En casa casi no se hablaba de aquello. Pero sí: las manos. Solo su madre se lo había contado una vez.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó.
—Nadie. Estás pensando en ello ahora mismo. Lo noto como una presión.
Irene tardó en hablar. Los nanodispositivos habían colonizado tejido nervioso periférico. Si la hiperconectividad sináptica había llegado a ese extremo, la frontera entre dos sistemas nerviosos próximos podía volverse, en ciertas condiciones, permeable. Era una hipótesis sin demostrar. Pero era una hipótesis.
—No puedo explicarlo —dijo Manuel—. Solo sé que algunas cosas empujan y pasan.
En los días siguientes mejoró de las piernas. Caminó sin ayuda por el pasillo. Diez minutos después fue incapaz de recordar el nombre de la calle donde había crecido. Ganaba unas cosas y perdía otras.
La madrugada del incidente, las luces del ala norte empezaron a fallar a las tres y diecisiete. Irene salió del despacho pensando en una avería.
Encontró a Manuel de pie junto a la ventana. Descalzo. La bata mal cerrada. La lluvia bajando negra por el cristal. No parecía poderoso. Parecía exhausto. Los monitores detrás de él titilaban con una cadencia común.
—¿Qué has hecho? —preguntó Irene.
Manuel miró sus manos con desconcierto.
—No quería tocar nada.
Y entonces ella lo entendió. No era poder. Era otra cosa. Los nanodispositivos, el pulso, la reorganización brutal del tejido neuronal: todo había abierto una vía nueva y defectuosa. Manuel no controlaba el sistema. La frontera entre impulso y mundo se había vuelto porosa.
—Yo antes sabía dónde terminaba yo —dijo él.
Irene sintió frío. Había dedicado la vida a una idea humilde: que el cerebro cambia para sobrevivir. Frente a Manuel, comprendió algo más áspero. La plasticidad también podía ser una insurrección.
Fuera seguía lloviendo. Manuel apoyó la palma abierta en el cristal, despacio, como comprobando que todavía había algo sólido al otro lado.
—A lo mejor recordar no era volver atrás —murmuró—. A lo mejor era dejar entrar.
Aquella noche Irene no escribió ningún informe. En la última página de su libreta anotó solo una frase:
Toda frontera del cerebro parece natural hasta que alguien la cruza.