Sobredosis algebraica
A. Diaz
-Creo que me he vuelto loco-dijo al despertar del coma.
Las enfermeras no tardaron más de 5 minutos en darse cuenta de que había vuelto a la vida el paciente de la habitación 314. Siempre había existido un ambiente extraño en esa habitación. A pesar de que el enfermo estaba muerto a efectos prácticos, parecía haber algo muy vivo dentro de él. Quizás fuese por eso.
La doctora Noether recibió la llamada y subió a la habitación, ansiosa. Odiaba su trabajo. No había nada de interesante en conversar con personas que tanto tiempo habían estado apagadas. ¡De qué iban a hablarle! La cosa cambiaba cuando se trataba de la tercera planta. Era el único motivo por el que seguía allí.
-Creo que me he vuelto loco-repitió el paciente convencido.
- ¿Qué le hace pensar eso? -Preguntó la doctora, intrigada por primera vez en años.
- ¿Dónde estoy?
-En el hospital Isaac Newton. Ha despertado de un largo coma. ¿Cómo se encuentra?
¿Hospital? ¿Qué hacía él en un hospital? Trató de hacer memoria. Imposible. Por más que lo intentaba lo único que lograba ver con claridad eran preguntas. Preguntas que no conseguía responder y que habían estado aporreando su cabeza durante tan largo período de sueño. O debería decir pesadilla…
- Tengo demasiadas preguntas sin respuesta.
-Es normal. Ha pasado mucho tiempo desconectado de la realidad. Para eso estoy yo aquí.
Silencio.
-Adelante, pregunte lo que quiera.
-No creo que sepa responderme.
-Póngame a prueba.
- ¿Acaso sabe usted algo de álgebra?
-Sé más de lo que imagina. Más que usted incluso.
-Eso es imposible. Dígame algo que yo no sepa.
-Sé por qué está aquí. Sé cómo entró en coma.
-No sé qué puede tener eso que ver con las matemáticas.
-Pues ya tenemos la prueba de que sé algo que usted no sabe.
-Ni siquiera me interesa. Solo quiero la respuesta a mis preguntas.
-Puedo ayudarle.
-Lo dudo.
La doctora Noether, harta de menosprecios, hizo ademán de levantarse, pero él la detuvo. A fin de cuentas, era la primera persona con la que hablaba en años.
-No se vaya. Le daré una oportunidad.
-De acuerdo. Dispare.
- ¿Sabe qué grado tiene una cónica? -preguntó con pocas esperanzas.
- ¿Bromea? -Respondió ofendida. - Una cónica tiene grado 2. Y ahora pregunte algo que de verdad quiera saber.
-Está bien... No consigo demostrar que dos curvas se cortan en un número finito de puntos. Exactamente el producto de sus grados. Estoy seguro de ello, pero sin una demostración nadie me tomará en serio.
-Señor, eso ya está demostrado.
- ¿Cómo va a estar demostrado? Llevo toda mi vida trabajando en esto. Y durante mi sueño no he dejado de verlo: curvas lisas y singulares, parametrizaciones, tangentes, multiplicidades…
-Le digo que ya está demostrado- interrumpió la doctora.
-Eso es completamente imposible.
-Étienne Bézout lo demostró en el siglo XVIII.
- ¿Siglo XVIII? Disculpe, señora, ¿en qué siglo cree que estamos?
-En el XXI, año 2021.
-Eso es completamente imposible-dijo incrédulo.
- ¿Es que no tiene otra frase? Ese es el problema de los matemáticos. Nunca creen nada. Tendré que demostrárselo.
Cogió una silla de ruedas del pasillo y lo ayudó a incorporarse.
Salieron juntos de la habitación. El pasillo era impresionante. Paredes, techo y suelo estaban cubiertos de números, ecuaciones, teoremas y demostraciones. Las puertas, en cambio, tenían solamente una foto y un nombre.
Reconoció en las puertas vecinas a compañeros de profesión.
Newton.
Euler.
D’Alembert.
Pero también había muchas desconocidas. ¿Quién sería ese tal Puiseux? ¿Qué clase de nombre es Eisenstein?
De pronto comprendió. Reconoció en un retrato a la doctora y comprendió.
-Así que es usted matemática...
-Lo fui. Como todos los que ocupamos esta planta.
-No lo entiendo. ¿Cómo hemos terminado aquí?
- ¿Quiere antes ver su puerta?
-De acuerdo. - Se reconoció a sí mismo y leyó en voz alta su nombre. - Étienne Bézout...
-Tómese su tiempo para asimilarlo.
-No lo entiendo. Me está diciendo que conseguí el propósito de mi vida, pero yo no lo recuerdo.
-Ninguno de nosotros recuerda sus propios hallazgos, solo podemos recordar los de los demás. Es parte del proceso.
-No lo entiendo.
-Créame, yo tampoco al principio.
-Y todos los demás...
-Matemáticos también. Algunos aún no han despertado. Cada uno necesita su tiempo.
-Pero...
-Siempre es demasiada información. Será mejor que descanse.
"Será mejor que descanse", "será mejor que descanse"...
Ángela despertó de golpe. El reloj marcaba las 3 de la madrugada. Se miró al espejo y reconoció su cara impregnada de fórmulas. En el escritorio, un enorme charco de babas cubría un resultado escrito con su letra que no recordaba haber demostrado.
Las enfermeras no tardaron más de 5 minutos en darse cuenta de que había vuelto a la vida el paciente de la habitación 314. Siempre había existido un ambiente extraño en esa habitación. A pesar de que el enfermo estaba muerto a efectos prácticos, parecía haber algo muy vivo dentro de él. Quizás fuese por eso.
La doctora Noether recibió la llamada y subió a la habitación, ansiosa. Odiaba su trabajo. No había nada de interesante en conversar con personas que tanto tiempo habían estado apagadas. ¡De qué iban a hablarle! La cosa cambiaba cuando se trataba de la tercera planta. Era el único motivo por el que seguía allí.
-Creo que me he vuelto loco-repitió el paciente convencido.
- ¿Qué le hace pensar eso? -Preguntó la doctora, intrigada por primera vez en años.
- ¿Dónde estoy?
-En el hospital Isaac Newton. Ha despertado de un largo coma. ¿Cómo se encuentra?
¿Hospital? ¿Qué hacía él en un hospital? Trató de hacer memoria. Imposible. Por más que lo intentaba lo único que lograba ver con claridad eran preguntas. Preguntas que no conseguía responder y que habían estado aporreando su cabeza durante tan largo período de sueño. O debería decir pesadilla…
- Tengo demasiadas preguntas sin respuesta.
-Es normal. Ha pasado mucho tiempo desconectado de la realidad. Para eso estoy yo aquí.
Silencio.
-Adelante, pregunte lo que quiera.
-No creo que sepa responderme.
-Póngame a prueba.
- ¿Acaso sabe usted algo de álgebra?
-Sé más de lo que imagina. Más que usted incluso.
-Eso es imposible. Dígame algo que yo no sepa.
-Sé por qué está aquí. Sé cómo entró en coma.
-No sé qué puede tener eso que ver con las matemáticas.
-Pues ya tenemos la prueba de que sé algo que usted no sabe.
-Ni siquiera me interesa. Solo quiero la respuesta a mis preguntas.
-Puedo ayudarle.
-Lo dudo.
La doctora Noether, harta de menosprecios, hizo ademán de levantarse, pero él la detuvo. A fin de cuentas, era la primera persona con la que hablaba en años.
-No se vaya. Le daré una oportunidad.
-De acuerdo. Dispare.
- ¿Sabe qué grado tiene una cónica? -preguntó con pocas esperanzas.
- ¿Bromea? -Respondió ofendida. - Una cónica tiene grado 2. Y ahora pregunte algo que de verdad quiera saber.
-Está bien... No consigo demostrar que dos curvas se cortan en un número finito de puntos. Exactamente el producto de sus grados. Estoy seguro de ello, pero sin una demostración nadie me tomará en serio.
-Señor, eso ya está demostrado.
- ¿Cómo va a estar demostrado? Llevo toda mi vida trabajando en esto. Y durante mi sueño no he dejado de verlo: curvas lisas y singulares, parametrizaciones, tangentes, multiplicidades…
-Le digo que ya está demostrado- interrumpió la doctora.
-Eso es completamente imposible.
-Étienne Bézout lo demostró en el siglo XVIII.
- ¿Siglo XVIII? Disculpe, señora, ¿en qué siglo cree que estamos?
-En el XXI, año 2021.
-Eso es completamente imposible-dijo incrédulo.
- ¿Es que no tiene otra frase? Ese es el problema de los matemáticos. Nunca creen nada. Tendré que demostrárselo.
Cogió una silla de ruedas del pasillo y lo ayudó a incorporarse.
Salieron juntos de la habitación. El pasillo era impresionante. Paredes, techo y suelo estaban cubiertos de números, ecuaciones, teoremas y demostraciones. Las puertas, en cambio, tenían solamente una foto y un nombre.
Reconoció en las puertas vecinas a compañeros de profesión.
Newton.
Euler.
D’Alembert.
Pero también había muchas desconocidas. ¿Quién sería ese tal Puiseux? ¿Qué clase de nombre es Eisenstein?
De pronto comprendió. Reconoció en un retrato a la doctora y comprendió.
-Así que es usted matemática...
-Lo fui. Como todos los que ocupamos esta planta.
-No lo entiendo. ¿Cómo hemos terminado aquí?
- ¿Quiere antes ver su puerta?
-De acuerdo. - Se reconoció a sí mismo y leyó en voz alta su nombre. - Étienne Bézout...
-Tómese su tiempo para asimilarlo.
-No lo entiendo. Me está diciendo que conseguí el propósito de mi vida, pero yo no lo recuerdo.
-Ninguno de nosotros recuerda sus propios hallazgos, solo podemos recordar los de los demás. Es parte del proceso.
-No lo entiendo.
-Créame, yo tampoco al principio.
-Y todos los demás...
-Matemáticos también. Algunos aún no han despertado. Cada uno necesita su tiempo.
-Pero...
-Siempre es demasiada información. Será mejor que descanse.
"Será mejor que descanse", "será mejor que descanse"...
Ángela despertó de golpe. El reloj marcaba las 3 de la madrugada. Se miró al espejo y reconoció su cara impregnada de fórmulas. En el escritorio, un enorme charco de babas cubría un resultado escrito con su letra que no recordaba haber demostrado.