Su Motivo
Ze'Ael
Diez con nueve.
Es un número que puede aludir a un millar de cosas, pero también se trata de un número acompañado de una verdad de las que causan un pesar continuo en el corazón.
Diez con nueve son los millones de hectáreas de bosque que se pierden cada año. Hectáreas de vida. Millones de árboles que mueren dejando yerma la tierra bajo ellos. Su madera se convierte en mobiliario y papel, pero en su lugar no llegan nuevos árboles. Cada año se le roba terreno al bosque. Cada año se empuja más y más a la fauna que lo habita hacia una reclusión total. Y cada año se pierden miles de especies, algunas de las cuáles aún no se han descrito y quizá nunca lleguemos a conocer si realmente existieron.
Quizá por eso, años atrás, Leila decidió estudiar biología.
Cuando aún era una niña, pasaba horas y horas viendo documentales sobre la vida salvaje. Sobre la flora y la fauna que habitaban el mundo lejos de ella. Sus padres se quedaban dormidos en el salón mientras ella prestaba toda su atención a una jauría de lobos en un bosque de coníferas bajo la nieve o a una manada de gacelas migrando a través de la sabana africana para encontrar agua y alimento. Sus ojos tenían la inocencia de la infancia y en su interior soñaba con viajar a esos lugares, con estudiar ella también a aquellos animales exóticos. Sin embargo, creció y comprendió que todo lo que amaba en el mundo se estaba agotando.
Quizá pareciese lento a simple vista. Una vista inexperta y despreocupada por las causas ajenas al disfrute del día a día. Quizá sería más feliz si no se hubiese preocupado del mundo que atesoraba y se hubiese dedicado a ignorar lo que no quería ver. Pero no era así ni lo podría ser. No para ella. El proceso de desaparición de bosques, y de especies con ellos, era demasiado acelerado como para pasarlo por alto. Incluso se hablaba de una sexta extinción masiva, causada por la acción antrópica.
Por ello, se había esforzado todo lo posible en las pruebas de acceso a la Universidad. Había logrado unos resultados tan satisfactorios gracias a su motivación genuina que aún recuerda cómo había saltado de alegría y había corrido a agradecer a sus profesores de su instituto todo lo que había aprendido gracias a ellos. Había emprendido sus estudios universitarios con total expectación, con la ilusión de quien cree de todo corazón que el destino del mundo estaba en sus manos y sólo en sus manos.
Se había dado un baño de realidad.
La Universidad no era como se lo habían contado. Nada lo era realmente, pero, cuando te repiten mil veces que podrás estudiar lo que quieres de verdad y que sentirás pasión auténtica, lo cierto es que esperas algo diferente. Sí, la mayoría de lo que aprendió fue útil y, lo más importante, necesario, pero a simple vista no tenía forma de aplicarlo a su propósito. Tras licenciarse, ya apenas tenía expectativas respecto al doctorado. Se había hecho mayor y sentía más que nunca la velocidad del paso del tiempo.
Sin embargo, su sentido del deber seguía allí. Comenzó el doctorado bajo la dirección del Profesor Doctor Fernando Sacristán con motivación y desilusión a partes iguales. Su tesis “Adaptabilidad evolutiva de las plantas leñosas frente a los factores de desertificación y el cambio climático” le llevó cinco largos años en los que trabajó con Pinus uncinata, Pinus sylvestris, Quercus ilex, Quercus suber, Quercus pyrenaica, Populus alba y Populus nigra, especies de pinos, robles y chopos, cubriendo bosques de montaña, dehesa y ribera. Al final del quinto año, Leila ya había realizado estancias en Italia, Portugal y Estados Unidos. Se había agotado con el inmenso volumen de trabajo y apenas había tenido tiempo para ella misma, pero también había recuperado su ilusión. Y había aprendido a trabajar en equipo.
Hoy, treinta años más tarde, tras varios años entre Noruega, Dinamarca, Sudáfrica y tras regresar España, Leila acaba de ser nombrada Profesora de Investigación. Su grupo lo integran otros tres investigadores además de ella, Fátima, Miguel y Raúl. También dos técnicos, Clara y Octavio. Y sus estudiantes predoctorales, aquellos a quienes pretende ceder el testigo: Álvaro, Cristina, Sara, Gisela y Manuel. Actualmente, estudian cómo editar ciertos genes en especies arbóreas mediante la tecnología CRISPR Cas9 para lograr una mejor adaptación a la sequía, la salinidad y el estrés térmico, así como participan en varios programas de reforestación de parcelas agrarias abandonadas junto a la colaboración ciudadana.
Todas esas personas colaboran en el trabajo científico. Los caminos que los han llevado hasta el lugar en el que están ahora son muy diferentes, pero su amor por la naturaleza es el mismo. Todos comparten su motivo.
Es un número que puede aludir a un millar de cosas, pero también se trata de un número acompañado de una verdad de las que causan un pesar continuo en el corazón.
Diez con nueve son los millones de hectáreas de bosque que se pierden cada año. Hectáreas de vida. Millones de árboles que mueren dejando yerma la tierra bajo ellos. Su madera se convierte en mobiliario y papel, pero en su lugar no llegan nuevos árboles. Cada año se le roba terreno al bosque. Cada año se empuja más y más a la fauna que lo habita hacia una reclusión total. Y cada año se pierden miles de especies, algunas de las cuáles aún no se han descrito y quizá nunca lleguemos a conocer si realmente existieron.
Quizá por eso, años atrás, Leila decidió estudiar biología.
Cuando aún era una niña, pasaba horas y horas viendo documentales sobre la vida salvaje. Sobre la flora y la fauna que habitaban el mundo lejos de ella. Sus padres se quedaban dormidos en el salón mientras ella prestaba toda su atención a una jauría de lobos en un bosque de coníferas bajo la nieve o a una manada de gacelas migrando a través de la sabana africana para encontrar agua y alimento. Sus ojos tenían la inocencia de la infancia y en su interior soñaba con viajar a esos lugares, con estudiar ella también a aquellos animales exóticos. Sin embargo, creció y comprendió que todo lo que amaba en el mundo se estaba agotando.
Quizá pareciese lento a simple vista. Una vista inexperta y despreocupada por las causas ajenas al disfrute del día a día. Quizá sería más feliz si no se hubiese preocupado del mundo que atesoraba y se hubiese dedicado a ignorar lo que no quería ver. Pero no era así ni lo podría ser. No para ella. El proceso de desaparición de bosques, y de especies con ellos, era demasiado acelerado como para pasarlo por alto. Incluso se hablaba de una sexta extinción masiva, causada por la acción antrópica.
Por ello, se había esforzado todo lo posible en las pruebas de acceso a la Universidad. Había logrado unos resultados tan satisfactorios gracias a su motivación genuina que aún recuerda cómo había saltado de alegría y había corrido a agradecer a sus profesores de su instituto todo lo que había aprendido gracias a ellos. Había emprendido sus estudios universitarios con total expectación, con la ilusión de quien cree de todo corazón que el destino del mundo estaba en sus manos y sólo en sus manos.
Se había dado un baño de realidad.
La Universidad no era como se lo habían contado. Nada lo era realmente, pero, cuando te repiten mil veces que podrás estudiar lo que quieres de verdad y que sentirás pasión auténtica, lo cierto es que esperas algo diferente. Sí, la mayoría de lo que aprendió fue útil y, lo más importante, necesario, pero a simple vista no tenía forma de aplicarlo a su propósito. Tras licenciarse, ya apenas tenía expectativas respecto al doctorado. Se había hecho mayor y sentía más que nunca la velocidad del paso del tiempo.
Sin embargo, su sentido del deber seguía allí. Comenzó el doctorado bajo la dirección del Profesor Doctor Fernando Sacristán con motivación y desilusión a partes iguales. Su tesis “Adaptabilidad evolutiva de las plantas leñosas frente a los factores de desertificación y el cambio climático” le llevó cinco largos años en los que trabajó con Pinus uncinata, Pinus sylvestris, Quercus ilex, Quercus suber, Quercus pyrenaica, Populus alba y Populus nigra, especies de pinos, robles y chopos, cubriendo bosques de montaña, dehesa y ribera. Al final del quinto año, Leila ya había realizado estancias en Italia, Portugal y Estados Unidos. Se había agotado con el inmenso volumen de trabajo y apenas había tenido tiempo para ella misma, pero también había recuperado su ilusión. Y había aprendido a trabajar en equipo.
Hoy, treinta años más tarde, tras varios años entre Noruega, Dinamarca, Sudáfrica y tras regresar España, Leila acaba de ser nombrada Profesora de Investigación. Su grupo lo integran otros tres investigadores además de ella, Fátima, Miguel y Raúl. También dos técnicos, Clara y Octavio. Y sus estudiantes predoctorales, aquellos a quienes pretende ceder el testigo: Álvaro, Cristina, Sara, Gisela y Manuel. Actualmente, estudian cómo editar ciertos genes en especies arbóreas mediante la tecnología CRISPR Cas9 para lograr una mejor adaptación a la sequía, la salinidad y el estrés térmico, así como participan en varios programas de reforestación de parcelas agrarias abandonadas junto a la colaboración ciudadana.
Todas esas personas colaboran en el trabajo científico. Los caminos que los han llevado hasta el lugar en el que están ahora son muy diferentes, pero su amor por la naturaleza es el mismo. Todos comparten su motivo.