Suzuki
Manuel Alonso
Desperté. Me encontré flotando, suspendido en un fluido tibio y viscoso, agradable, como si se tratase de líquido amniótico. El vaivén de las olas, el magnetismo, la atmósfera inerte. Intenté abrir los ojos, poco a poco, mientras salía de ese letargo que aterriza suavemente entre la frontera que separa lo onírico de lo real. Sordo, ciego, mudo. No podía respirar, pero no lo necesitaba, jamás lo había necesitado. Todo me era extraño, un lenguaje que no sabía hablar.
Un leve chasquido, un movimiento sordo, se disparó en las profundidades. Paso a paso, el oleaje comenzó a llevarme por corrientes cada vez más cálidas. Pequeñas burbujas se formaban a mi alrededor, poco a poco se iba acelerando, poco a poco iba cogiendo fuerza. Lo que empezó como una pequeña brisa se transformaba en ventisca, en marea brava, y finalmente en tormenta, un tifón de espacio místico donde el océano ebullía y un vórtice me arrastraba hacia su interior. Intenté gritar, pero no pude. Intenté correr, nadar, escapar, pero ya no era dueño de mi movimiento. Jamás lo había sido.
¿Qué era esto? ¿Me estaba volviendo loco? ¿Era terror? ¿Un sueño febril? Rápidas imágenes se sucedían a mi alrededor, un reflejo en cada burbuja que nacía y moría frente a mí, pero no como en espejos normales. Cada imagen se desdibujaba, deformaba y desdoblaba en dos, exponencialmente, mientras formaba un fractal, y cuando finalmente colapsaba en un estado estacionario: mi reflejo. Mi reflejo unido a su reflejo, imágenes especulares perfectamente fusionadas, mi propia naturaleza doblemente desfigurada. Mientras, yo soy el que observa. Un segundo después, la imagen se desvanece en la vorágine.
No sé dónde estoy. Las direcciones han perdido totalmente el sentido, arriba es abajo, izquierda es derecha… Una partícula disuelta en el caos, donde no existe ni voluntad ni libre albedrío. Pero no, no era el final. Un sentimiento fugaz, una leve atracción electroestática, me sacó de mi estupor. Una onda estacionaria, un movimiento armónico cada vez más intenso capaz de rasgar homolíticamente la matriz propia de mi naturaleza. Polos opuestos que oscilan hacia el fondo de un foso de potencial, hasta que, finalmente, lo sentí. La leve interacción electroestática se había desvanecido. Había evolucionado, ahora era algo más, más profundo, más fundamental. Seguía sumido en la vorágine, pero de algún modo volvía a sentirme en paz, de nuevo en aquella calma tibia del líquido amniótico. Volvía a sentirme estable.
La velocidad, el desorden, todo se tornó tranquilo, un suave viaje por montañas escarpadas inundadas por la más temible de las mareas, aderezado con el perfume del jardín romántico y un velo de brezo blanco. Tanto era así, que en la lejanía parecía sentir el canto de las sirenas. Cada vez más cerca, cada vez más breve. Cada vez más áspero, más disonante. Poco a poco, la melodía se transformaba en sollozo, una súplica de ayuda en medio de la tempestad. En el horizonte presentí una luz turquesa que poco a poco se aproximaba, sumida en un movimiento oscilante que parecía destinarla a mi encuentro. Le habría extendido la mano si pudiese, pero en esta tierra incorpórea la voluntad no era más que una quimera. Y de repente, lo sentí. La pequeña fuerza electroestática, una onda que se propagaba hacia el vacío y me acercaba hacia aquel reflejo. Movimiento armónico, un relámpago, una ruptura, y finalmente, lo sentí. La calma, el fondo del foso de potencial, levemente indefinido por eso de no molestar a Heisenberg. Pero ya no estaba solo. La luz se reflejaba en sus ojos color celeste, emitiendo un brillo turquesa. Atracción fundamental, y sin conocer lo que era la voluntad, un beso nos fundió en uno solo.
Son las siete de la tarde. La luz amarillenta de los fluorescentes iluminaba el laboratorio vacío mientras los últimos rayos de sol se reflejan en el cristal de la campana. Abrió la puerta en silencio, sin poder contener una media sonrisa esbozada, y se dirigió directo a su mesa de trabajo. Vació el tubo de RMN en un vial, etiquetado como AS-1979, abrió su cuaderno y anotó:
<< Reacción en condiciones de reflujo, atmósfera inerte y agitación magnética. Pruebo a utilizar un catalizador de paladio.
Compruebo el producto después de 2 horas de reacción mediante RMN de protón, usando tetracloruro de carbono como disolvente. La muestra preparada presenta una intensa fluorescencia azul.
Se observa una conversión del 100% para los reactivos y una pequeña proporción del producto de homoacoplamiento. Se observa un producto muy mayoritario. Parece que la reacción de acoplamiento cruzado se ha completado.>>