Teogonía de lo efímero
París Pedraza
La eternidad me pertenece, el tiempo y el espacio me sirven.
No creo que se pueda hablar de un nacimiento concreto. En ese punto estaba lo que siempre existió; lo que siempre existirá. El calor del nuevo comienzo se rebelaba contra esa fuerza que me unía. Adimensional, atemporal, todo era con todo. Un violento estallido en el silencio del vacío me extendió; era grandiosa, colosal…libre para crear y ser creada. El éxtasis del génesis se enfrió con el vacío. Estaba sola, rodeada por la oscuridad. Era oscuridad. Sin embargo, un pequeño punto resplandecía entre mis dedos. Demasiado pequeño para verlo, demasiado poderoso para no usarlo. Deslicé mis manos por esa oscuridad, rompiendo la monotonía. Aquellos pequeños brillos formaron estelas púrpuras, azules, algunas amarillas. Mi cabello, teñido con nebulosas, cobraba forma con mi propia creación.
De aquellas nubes surgieron fulgores fuertes, cálidos y de ellos, su resplandor me susurró un nombre…Estrella. Nuevos átomos resplandecientes surgían en su interior. Unos eran más grandes y otros no eran lo suficiente estables para resistir a la desintegración. Sin embargo, las más grandes estrellas sucumbían a la gravedad; tras expandirse, estallaban, liberando energía y materia. Miro a mi alrededor; es una pena que la materia quede inerte en el espacio. ¡Oh, musas, brindarme un atisbo de inspiración! De esas nubes resplandecientes no hay más que polvo de lo que fue. Por una vez, esgrimo la gravedad contra el vacío.
El espacio-tiempo se plegaba en torno a mi creación; todo era kósmos, con su giro lento, eterno…perfecto. Pero ese todo era mucho más que los astros. Sin embargo, en la quietud del todo, una galaxia destacaba sobre las demás. No parecía extravagante; más bien era pequeña, como del montón. Y en ella, no era su centro lo que me atraía; esa llamada venía de uno de sus extremos. Un pequeño planeta azul orbitaba en torno a su estrella, con su pequeño satélite.
Aterricé en su superficie, desierta. No había nada en especial; los furiosos volcanes arremetían contra la incipiente atmósfera, mientras la lluvia formaba un gran manto azul. Su oleaje acarició mis pies. Un instante; algo parece desafiar la quietud del kósmos. A mi paso, pequeñas formas se organizaban, creando su propia existencia. De repente, un extraño ente captó mi atención; algo era diferente a todo, pero era parte de ello. Lo observé detenidamente, escudriñando cada pequeño detalle. Parecía un conjunto de cosas, pero era mucho más que eso. Tenía un centro, desde el que parecía organizarse el resto de componentes. Rodeándolo, una especie de membrana, no del todo impermeable, puesto que parecía interactuar con su alrededor. Ser era ser en el mundo. Esa pequeña chispa era mortal, débil, pero tenía, o más bien era, algo que nada había sido antes; vida.
De esa brizna se desató una explosión, una expansión de la vida, en diferentes formas, tamaños. De aquella célula surgieron colonias, y pequeños seres, que a su vez se diferenciaron. De los suelos marinos brotaron algas y la superficie fue colonizada por musgos y microorganismos que se atrevían a cambiar. El cambio, eso es lo que movía a la vida. Sus huellas, plasmadas en el suelo, parecían ser un sello para la posteridad, y quién sabe; quizá algún día alguien los encontraría…¿alguien?. Mi mente paró en seco. ¿Qué es alguien? Volví la mirada hacia el mundo que se abría ante mí; el cambio era lo que parecía permanecer en el tiempo en este extraño lugar. La diversidad me hacía romper con la monotonía espacial. Supongo que eso era alguien; un ser individual. Aquellas formas de vida existían por sí mismas, pero dependían del todo y eran ese todo.
Huir de la duda no te libra de ella. Toda mi existencia ha sido eso, ser, algo que nunca he llegado a entender. ¿Qué tan bello puede ser lo efímero para sacrificar la eternidad por ello? Aquellos algos habían cambiado, porque podían cambiar. La eternidad exige permanencia. Tal vez no quiera estar para siempre. Antes pensaba que el kósmos era lo opuesto al fin, pero supongo que nunca me he sentido más muerta. Siempre he creado y he sido creada. Estar aquí no es casualidad. Quizá, después de todo, pueda ser alguien. El peso de la eternidad se desvanece con el efímero sueño de la mortalidad. Arriba, las constelaciones, alumbran los últimos resquicios de mi divinidad. Siento la hierba bajo mis pies, la brisa acariciándome las mejillas. Mis raíces se hunden en el corazón de este viejo planeta.
Oh, kósmos, quiero ser en el mundo. Existo. Ahora déjame vivir.
Las estrellas doradas parecían recordar un nombre antiguo como la piedra. Una reminiscencia tan vieja como el mundo.
Y en su fulgor, reconocí el nombre que Caos forjó para mí.
No creo que se pueda hablar de un nacimiento concreto. En ese punto estaba lo que siempre existió; lo que siempre existirá. El calor del nuevo comienzo se rebelaba contra esa fuerza que me unía. Adimensional, atemporal, todo era con todo. Un violento estallido en el silencio del vacío me extendió; era grandiosa, colosal…libre para crear y ser creada. El éxtasis del génesis se enfrió con el vacío. Estaba sola, rodeada por la oscuridad. Era oscuridad. Sin embargo, un pequeño punto resplandecía entre mis dedos. Demasiado pequeño para verlo, demasiado poderoso para no usarlo. Deslicé mis manos por esa oscuridad, rompiendo la monotonía. Aquellos pequeños brillos formaron estelas púrpuras, azules, algunas amarillas. Mi cabello, teñido con nebulosas, cobraba forma con mi propia creación.
De aquellas nubes surgieron fulgores fuertes, cálidos y de ellos, su resplandor me susurró un nombre…Estrella. Nuevos átomos resplandecientes surgían en su interior. Unos eran más grandes y otros no eran lo suficiente estables para resistir a la desintegración. Sin embargo, las más grandes estrellas sucumbían a la gravedad; tras expandirse, estallaban, liberando energía y materia. Miro a mi alrededor; es una pena que la materia quede inerte en el espacio. ¡Oh, musas, brindarme un atisbo de inspiración! De esas nubes resplandecientes no hay más que polvo de lo que fue. Por una vez, esgrimo la gravedad contra el vacío.
El espacio-tiempo se plegaba en torno a mi creación; todo era kósmos, con su giro lento, eterno…perfecto. Pero ese todo era mucho más que los astros. Sin embargo, en la quietud del todo, una galaxia destacaba sobre las demás. No parecía extravagante; más bien era pequeña, como del montón. Y en ella, no era su centro lo que me atraía; esa llamada venía de uno de sus extremos. Un pequeño planeta azul orbitaba en torno a su estrella, con su pequeño satélite.
Aterricé en su superficie, desierta. No había nada en especial; los furiosos volcanes arremetían contra la incipiente atmósfera, mientras la lluvia formaba un gran manto azul. Su oleaje acarició mis pies. Un instante; algo parece desafiar la quietud del kósmos. A mi paso, pequeñas formas se organizaban, creando su propia existencia. De repente, un extraño ente captó mi atención; algo era diferente a todo, pero era parte de ello. Lo observé detenidamente, escudriñando cada pequeño detalle. Parecía un conjunto de cosas, pero era mucho más que eso. Tenía un centro, desde el que parecía organizarse el resto de componentes. Rodeándolo, una especie de membrana, no del todo impermeable, puesto que parecía interactuar con su alrededor. Ser era ser en el mundo. Esa pequeña chispa era mortal, débil, pero tenía, o más bien era, algo que nada había sido antes; vida.
De esa brizna se desató una explosión, una expansión de la vida, en diferentes formas, tamaños. De aquella célula surgieron colonias, y pequeños seres, que a su vez se diferenciaron. De los suelos marinos brotaron algas y la superficie fue colonizada por musgos y microorganismos que se atrevían a cambiar. El cambio, eso es lo que movía a la vida. Sus huellas, plasmadas en el suelo, parecían ser un sello para la posteridad, y quién sabe; quizá algún día alguien los encontraría…¿alguien?. Mi mente paró en seco. ¿Qué es alguien? Volví la mirada hacia el mundo que se abría ante mí; el cambio era lo que parecía permanecer en el tiempo en este extraño lugar. La diversidad me hacía romper con la monotonía espacial. Supongo que eso era alguien; un ser individual. Aquellas formas de vida existían por sí mismas, pero dependían del todo y eran ese todo.
Huir de la duda no te libra de ella. Toda mi existencia ha sido eso, ser, algo que nunca he llegado a entender. ¿Qué tan bello puede ser lo efímero para sacrificar la eternidad por ello? Aquellos algos habían cambiado, porque podían cambiar. La eternidad exige permanencia. Tal vez no quiera estar para siempre. Antes pensaba que el kósmos era lo opuesto al fin, pero supongo que nunca me he sentido más muerta. Siempre he creado y he sido creada. Estar aquí no es casualidad. Quizá, después de todo, pueda ser alguien. El peso de la eternidad se desvanece con el efímero sueño de la mortalidad. Arriba, las constelaciones, alumbran los últimos resquicios de mi divinidad. Siento la hierba bajo mis pies, la brisa acariciándome las mejillas. Mis raíces se hunden en el corazón de este viejo planeta.
Oh, kósmos, quiero ser en el mundo. Existo. Ahora déjame vivir.
Las estrellas doradas parecían recordar un nombre antiguo como la piedra. Una reminiscencia tan vieja como el mundo.
Y en su fulgor, reconocí el nombre que Caos forjó para mí.