ENTRE ESPEJOS Y MEMORIAS
Carmen García López
—Ay, qué dolor de cabeza. Sí que me di un buen golpe ayer —dijo ella.
—Hombre, tía, normal, si vas en bici lloviendo, y además tu magnífica idea de no ponerte casco… Pues es lo que pasa, ¿no? —le contestó su amiga.
—Bueno, no te burles, si no cogí el casco es porque iba con prisas, ¿vale? —contestó ella—. Y hablando de prisas, me voy al baño, que al final llegaré tarde a trabajar.
Mientras acababa de hablar, ya se estaba levantando de la cama para ir al baño. Al entrar, encendió la luz, una luz blanca, sin mucha potencia; no le gustaba encontrarse un foco en la cara desde buena mañana.
Luego fue al váter y…, bueno, esta parte se puede saltar. Al acabar, se lavó las manos y se miró en el espejo.
—Uy, vaya cara que tengo, sí que me ha afectado el golpe, ja, ja —dijo al verse en el espejo.
Creo que no se había dado cuenta de lo que tenía en la cara; tenía tanto sueño que ni se fijó bien en los detalles. Hasta que se percató de algo… Y se quedó unos segundos mirándose sin entender bien lo que estaba pasando. Al pestañear, vio que el reflejo tardó unos segundos más en pestañear.
—No puede ser —murmuró—. El cerebro integra la imagen en ventanas de… ¿cien milisegundos?
Parpadeó otra vez, pero esta vez lo hizo más despacio, para fijarse bien en los detalles. Empezó a contar mentalmente para no perderse.
Uno.
Esta vez el espejo la imitó perfectamente, sin ningún retraso. Pero para asegurarse, se acercó más al espejo, y con el dedo de su mano se tocó el ojo, y otra vez el espejo la imitó perfectamente.
—Vale, menos mal, vaya susto, esto seguro que ha sido un micro desfase perceptivo —empezó a decirse a sí misma—. Aunque es normal después del golpe que me di.
—¿Pero qué dices? —dijo su amiga—. Bendito fue el día en que empecé a vivir con una científica, vaya rollo que suelta de buena mañana.
Ella ni había escuchado lo que le había dicho su amiga, solo se fijó en su frente, en la cual vio una cicatriz, pero no cualquier cicatriz, sino la cicatriz que ella tenía de pequeña, que actualmente ya ni se le notaba.
Se quedó paralizada, no entendía nada.
La cicatriz era fina, roja, como si no hiciera mucho tiempo que la tenía. Se la hizo con ocho años y hubo un tiempo que no quería mirarse ni al espejo; le daba miedo que se quedara allí para siempre.
Pero ahora ya ni la tenía; hacía años que apenas se distinguía.
Se llevó la mano a la frente, pero no notó nada; tenía la piel lisa y sin relieve. En este momento se acercó mucho al espejo y se volvió a tocar, pero tampoco notó nada, aunque en el espejo se veía cómo se tocaba la cicatriz.
—No —susurró.
En este preciso momento, no podía creer lo que veía. Se frotó los ojos y parpadeó rápido, para ver si había sido una ensoñación. Pero cuando abrió los ojos, no vio nada reflejado.
Se asustó y se alejó lentamente del espejo, y ahí se percató de algo extraño, muy extraño. No se veía a ella, sino que se veía cuando era pequeña, con el pelo corto, casi mellada; de pequeña se le cayeron muchos dientes de golpe, y también estaba con la cicatriz.
—Esto es una proyección de memoria —murmuró—. El cerebro puede mezclar recuerdos y percepciones después de un traumatismo.
Lo dijo con voz firme, para autoconvencerse de que no pasaba nada.
Volvió a levantar la mano, pero esta vez la niña no la levantó. Se quedaron mirándose la una a la otra durante unos segundos.
Entonces, un parpadeo más largo… y el reflejo cambió. Donde antes había una niña, ahora había una mujer mayor, con arrugas, pelo gris recogido en una trenza baja y con la misma cicatriz.
—Esto… no puede ser, es imposible —dijo ella, sintiendo un escalofrío.
La anciana no era solo un recuerdo, era una probabilidad.
—Mi cerebro ha perdido la sincronía —pensó.
La luz tarda en viajar y nuestras neuronas en percibirla; siempre vemos el pasado, pero su golpe lo había alterado todo. Asustada, retrocedió, pero sus pies no se movieron a la vez: uno era el paso firme de una niña y el otro el titubeo de la anciana. La realidad se perdió, y volvió a mirar el cristal y no había reflejo, solo un vacío donde el tiempo colapsaba. Sintió una gran presión en el pecho y, al tocar el espejo, no notó el cristal; sintió el vacío de una nueva dimensión.
Ya no veía el mundo; ahora era el mundo quien la observaba a través de todas sus edades.
—Hombre, tía, normal, si vas en bici lloviendo, y además tu magnífica idea de no ponerte casco… Pues es lo que pasa, ¿no? —le contestó su amiga.
—Bueno, no te burles, si no cogí el casco es porque iba con prisas, ¿vale? —contestó ella—. Y hablando de prisas, me voy al baño, que al final llegaré tarde a trabajar.
Mientras acababa de hablar, ya se estaba levantando de la cama para ir al baño. Al entrar, encendió la luz, una luz blanca, sin mucha potencia; no le gustaba encontrarse un foco en la cara desde buena mañana.
Luego fue al váter y…, bueno, esta parte se puede saltar. Al acabar, se lavó las manos y se miró en el espejo.
—Uy, vaya cara que tengo, sí que me ha afectado el golpe, ja, ja —dijo al verse en el espejo.
Creo que no se había dado cuenta de lo que tenía en la cara; tenía tanto sueño que ni se fijó bien en los detalles. Hasta que se percató de algo… Y se quedó unos segundos mirándose sin entender bien lo que estaba pasando. Al pestañear, vio que el reflejo tardó unos segundos más en pestañear.
—No puede ser —murmuró—. El cerebro integra la imagen en ventanas de… ¿cien milisegundos?
Parpadeó otra vez, pero esta vez lo hizo más despacio, para fijarse bien en los detalles. Empezó a contar mentalmente para no perderse.
Uno.
Esta vez el espejo la imitó perfectamente, sin ningún retraso. Pero para asegurarse, se acercó más al espejo, y con el dedo de su mano se tocó el ojo, y otra vez el espejo la imitó perfectamente.
—Vale, menos mal, vaya susto, esto seguro que ha sido un micro desfase perceptivo —empezó a decirse a sí misma—. Aunque es normal después del golpe que me di.
—¿Pero qué dices? —dijo su amiga—. Bendito fue el día en que empecé a vivir con una científica, vaya rollo que suelta de buena mañana.
Ella ni había escuchado lo que le había dicho su amiga, solo se fijó en su frente, en la cual vio una cicatriz, pero no cualquier cicatriz, sino la cicatriz que ella tenía de pequeña, que actualmente ya ni se le notaba.
Se quedó paralizada, no entendía nada.
La cicatriz era fina, roja, como si no hiciera mucho tiempo que la tenía. Se la hizo con ocho años y hubo un tiempo que no quería mirarse ni al espejo; le daba miedo que se quedara allí para siempre.
Pero ahora ya ni la tenía; hacía años que apenas se distinguía.
Se llevó la mano a la frente, pero no notó nada; tenía la piel lisa y sin relieve. En este momento se acercó mucho al espejo y se volvió a tocar, pero tampoco notó nada, aunque en el espejo se veía cómo se tocaba la cicatriz.
—No —susurró.
En este preciso momento, no podía creer lo que veía. Se frotó los ojos y parpadeó rápido, para ver si había sido una ensoñación. Pero cuando abrió los ojos, no vio nada reflejado.
Se asustó y se alejó lentamente del espejo, y ahí se percató de algo extraño, muy extraño. No se veía a ella, sino que se veía cuando era pequeña, con el pelo corto, casi mellada; de pequeña se le cayeron muchos dientes de golpe, y también estaba con la cicatriz.
—Esto es una proyección de memoria —murmuró—. El cerebro puede mezclar recuerdos y percepciones después de un traumatismo.
Lo dijo con voz firme, para autoconvencerse de que no pasaba nada.
Volvió a levantar la mano, pero esta vez la niña no la levantó. Se quedaron mirándose la una a la otra durante unos segundos.
Entonces, un parpadeo más largo… y el reflejo cambió. Donde antes había una niña, ahora había una mujer mayor, con arrugas, pelo gris recogido en una trenza baja y con la misma cicatriz.
—Esto… no puede ser, es imposible —dijo ella, sintiendo un escalofrío.
La anciana no era solo un recuerdo, era una probabilidad.
—Mi cerebro ha perdido la sincronía —pensó.
La luz tarda en viajar y nuestras neuronas en percibirla; siempre vemos el pasado, pero su golpe lo había alterado todo. Asustada, retrocedió, pero sus pies no se movieron a la vez: uno era el paso firme de una niña y el otro el titubeo de la anciana. La realidad se perdió, y volvió a mirar el cristal y no había reflejo, solo un vacío donde el tiempo colapsaba. Sintió una gran presión en el pecho y, al tocar el espejo, no notó el cristal; sintió el vacío de una nueva dimensión.
Ya no veía el mundo; ahora era el mundo quien la observaba a través de todas sus edades.