Orgullo y prejuicios
Pepe Zorrilla
¡Lo conseguí! Hoy ha sido un día fabuloso. ¿El mejor de mi carrera? Seguro. ¿De mi vida? No, el lugar más alto del podio lo ocupa todavía mi discurso de licenciatura, delante de todos aquellos profesores quienes demostré por qué ciencia es una palabra femenina. Tú conoces casi todo lo que tuve que sacrificar entre pisos compartidos, jefes abominables y compañeros oportunistas, hasta llegar a la plaza permanente. Luego compré una casa y establecer una residencia fija por vez primera desde que salí del nido con dieciséis años. Por fin pude formar mi grupo, un espacio seguro donde desarrollar mis ideas propias, donde potenciar las carreras de mujeres, donde no verme coartada por los carroñeros que pululan por el sistema. Sólo así podría lograr el contrato que he firmado hoy.
La CEO llegó en el segundo coche de una comitiva de cuatro; la ministra iba en el tercero. Llegaron al centro a eso de las diez de la mañana, muy puntuales. Antes incluso de detener completamente los coches, unos guardaespaldas altos y trajeados formaban un pasillo de paraguas negros que llegaba hasta la puerta del centro. Por allí desfilaron la CEO y la ministra con una sonrisa de oreja a oreja en dirección a la directora y a mí. Aquello era como debían de imaginarse los creyentes la llegada de los ángeles. Después de la firma del contrato nos lanzaron todos los flashes de las cámaras; suerte que eran LED y no me hicieron sudar de más. A continuación pasamos al auditorio para dar unos discursos protocolarios. La ministra ensalzó la labor del centro público en la promoción de la investigación de alto impacto, y de nuestra capacidad para transferir ese conocimiento a la sociedad; la CEO alabó la disposición de la ministra y de nuestro grupo de compartir con ellos nuestros conocimientos para hacer de este mundo un lugar mejor; yo leí algo que me prepararon desde el ministerio a partir de un borrador donde enumeraba los numerosos logros conseguidos por mujeres científicas. Mientras lo hacía, mi mirada y mis pensamientos se llenaban de Francesca. Estaba en primera fila, emocionada, aunque ya más tranquila que unos meses atrás, cuando anuncié el acuerdo en una reunión de grupo.
La inyección de dinero me permitió asegurarle a esta postdoc un puesto indefinido a mi lado; no bajo mi tutela, sino casi al mismo nivel, como se merece una científica como ella. Francesca llegó al grupo con la autoestima por los suelos después de encadenar múltiples estancias postdoctorales en varios países ¡con un hijo a cuestas! La llaman madre coraje, súper-madre, y yo la llamo amiga. Tenía que ser ella la que desbloquease el potencial de esta línea de investigación que tantas alegrías ha dado, y continuará dando, pues la seguridad de todos nuestros seres queridos está más cerca gracias a ella.
En un día tan lindo, de tanta felicidad, alegría y satisfacción, me resulta imposible entender a mentes cerradas como Aysha (ya sabes, la doctoranda que trabajaba con Francesca). Días atrás vino a mi despacho con formas bastante bruscas. Nada más cerrar la puerta, comenzó a lanzarme frases una tras otra para que cancelase el acuerdo. Contaba que la empresa había producido las bombas que echaron a sus padres de su país durante los bombardeos de hace unas décadas. Jamás hasta ese momento había ejercido la contención de la risa con tanta intensidad. Obviamente mentía. En cambio, su actuación pobre había desvelado un fanatismo político ilusorio, propio de otra época, y estaba tan disociada que creía poder influir en una decisión multimillonaria. Me escabullí entre la espada y la pared ofreciéndole la posibilidad de cambiar a otra línea de investigación, pero Aysha terminó por decepcionarme por completo. Empezó a chillar con lágrimas en los ojos, ni quiero pensar en el tiempo que ensayó frente al espejo, que no mancharía sus manos de sangre, que yo era un monstruo, que Marie Curie nunca habría vendido sus hallazgos a los señores de la guerra, y otra sarta de ridiculeces. Le exigí que saliera de mi despacho y acudí rápidamente a la directora del centro. Le concedimos un permiso especial de tres meses para que se calmara o buscase una salida. ¿Y cómo nos lo agradeció? Armando un escándalo en el cóctel. La redujeron rápidamente los miembros de seguridad, pero sentí una vergüenza difícilmente explicable por ninguna metáfora. Al menos llegué a tiempo al baño para vomitar.
Querido diario, nadie como tú conoce la montaña rusa que he sufrido hasta llegar aquí. Por suerte ya nada ni nadie puede parar a este grupo ni a esta científica. Como dijo recientemente nuestra presidenta, ya no podemos confiar en las reglas para protegernos. Me enorgullece saber que, desde hoy, el mundo es un poquito más seguro gracias a mí.
La CEO llegó en el segundo coche de una comitiva de cuatro; la ministra iba en el tercero. Llegaron al centro a eso de las diez de la mañana, muy puntuales. Antes incluso de detener completamente los coches, unos guardaespaldas altos y trajeados formaban un pasillo de paraguas negros que llegaba hasta la puerta del centro. Por allí desfilaron la CEO y la ministra con una sonrisa de oreja a oreja en dirección a la directora y a mí. Aquello era como debían de imaginarse los creyentes la llegada de los ángeles. Después de la firma del contrato nos lanzaron todos los flashes de las cámaras; suerte que eran LED y no me hicieron sudar de más. A continuación pasamos al auditorio para dar unos discursos protocolarios. La ministra ensalzó la labor del centro público en la promoción de la investigación de alto impacto, y de nuestra capacidad para transferir ese conocimiento a la sociedad; la CEO alabó la disposición de la ministra y de nuestro grupo de compartir con ellos nuestros conocimientos para hacer de este mundo un lugar mejor; yo leí algo que me prepararon desde el ministerio a partir de un borrador donde enumeraba los numerosos logros conseguidos por mujeres científicas. Mientras lo hacía, mi mirada y mis pensamientos se llenaban de Francesca. Estaba en primera fila, emocionada, aunque ya más tranquila que unos meses atrás, cuando anuncié el acuerdo en una reunión de grupo.
La inyección de dinero me permitió asegurarle a esta postdoc un puesto indefinido a mi lado; no bajo mi tutela, sino casi al mismo nivel, como se merece una científica como ella. Francesca llegó al grupo con la autoestima por los suelos después de encadenar múltiples estancias postdoctorales en varios países ¡con un hijo a cuestas! La llaman madre coraje, súper-madre, y yo la llamo amiga. Tenía que ser ella la que desbloquease el potencial de esta línea de investigación que tantas alegrías ha dado, y continuará dando, pues la seguridad de todos nuestros seres queridos está más cerca gracias a ella.
En un día tan lindo, de tanta felicidad, alegría y satisfacción, me resulta imposible entender a mentes cerradas como Aysha (ya sabes, la doctoranda que trabajaba con Francesca). Días atrás vino a mi despacho con formas bastante bruscas. Nada más cerrar la puerta, comenzó a lanzarme frases una tras otra para que cancelase el acuerdo. Contaba que la empresa había producido las bombas que echaron a sus padres de su país durante los bombardeos de hace unas décadas. Jamás hasta ese momento había ejercido la contención de la risa con tanta intensidad. Obviamente mentía. En cambio, su actuación pobre había desvelado un fanatismo político ilusorio, propio de otra época, y estaba tan disociada que creía poder influir en una decisión multimillonaria. Me escabullí entre la espada y la pared ofreciéndole la posibilidad de cambiar a otra línea de investigación, pero Aysha terminó por decepcionarme por completo. Empezó a chillar con lágrimas en los ojos, ni quiero pensar en el tiempo que ensayó frente al espejo, que no mancharía sus manos de sangre, que yo era un monstruo, que Marie Curie nunca habría vendido sus hallazgos a los señores de la guerra, y otra sarta de ridiculeces. Le exigí que saliera de mi despacho y acudí rápidamente a la directora del centro. Le concedimos un permiso especial de tres meses para que se calmara o buscase una salida. ¿Y cómo nos lo agradeció? Armando un escándalo en el cóctel. La redujeron rápidamente los miembros de seguridad, pero sentí una vergüenza difícilmente explicable por ninguna metáfora. Al menos llegué a tiempo al baño para vomitar.
Querido diario, nadie como tú conoce la montaña rusa que he sufrido hasta llegar aquí. Por suerte ya nada ni nadie puede parar a este grupo ni a esta científica. Como dijo recientemente nuestra presidenta, ya no podemos confiar en las reglas para protegernos. Me enorgullece saber que, desde hoy, el mundo es un poquito más seguro gracias a mí.