¿Solo soy una gota más?
Kanji
Toda su vida había oído que solo era una gota, una más entre todas las gotas que existían en este mundo. Una gota minúscula destinada a ser parte de una mezcla con otras compañeras, en la que su identidad se vería difuminada. Estaba sola entre unas finas paredes de plástico que se empañaban con el frío, aunque a través de ellas podía distinguir a otras compañeras, que sí estaban juntas y parecían tener algo especial. ¿O era simplemente una ilusión por el mero hecho de que tenían compañía? Veía el resto de gotas y se sentía diferente, siempre le había ocurrido. A menudo se preguntaba “¿Solo soy una gota más?”.
Quedaban solo unas horas para la gran ocasión: reunirse con las demás gotas, venidas de muchos lugares distintos. Estaba nerviosa. Solo era capaz de pensar una cosa: “¿Qué se supone que tengo que hacer?”. Nunca había hablado con otras gotas sobre cómo debía comportarse. De repente, las paredes de plástico que la rodeaban empezaron a perder el frío y pudo contemplar de forma nítida lo que había más allá. Todo era un abanico de colores brillantes y había un sinfín de formas curiosas y aparatos extravagantes.
Se sintió flotar por un instante y de repente, empezó a caer hacia la boca de un tubo nuevo. “¡Allá vamos!”, pensó. Al llegar, se encontró con el resto de gotas. Muchas. Jamás pensó que podría tener tantas compañeras fuera de su tubo. Empezó a moverse entre ellas y parecían aletargadas, cohibidas al encontrarse unas frente a otras. Hacía frío, pero no era para tanto. Un súbito aumento de temperatura cambió el ambiente. El cuerpo de nuestra gota comenzó a vibrar y a emitir una luz brillante e intensa. Nunca se había sentido mejor y su energía comenzó a contagiarse a otras gotas, que también comenzaron a brillar con otros colores, uniendo su luz en un único destello cegador.
Al fin, se dio cuenta. Nunca había sido una gota más.
Quedaban solo unas horas para la gran ocasión: reunirse con las demás gotas, venidas de muchos lugares distintos. Estaba nerviosa. Solo era capaz de pensar una cosa: “¿Qué se supone que tengo que hacer?”. Nunca había hablado con otras gotas sobre cómo debía comportarse. De repente, las paredes de plástico que la rodeaban empezaron a perder el frío y pudo contemplar de forma nítida lo que había más allá. Todo era un abanico de colores brillantes y había un sinfín de formas curiosas y aparatos extravagantes.
Se sintió flotar por un instante y de repente, empezó a caer hacia la boca de un tubo nuevo. “¡Allá vamos!”, pensó. Al llegar, se encontró con el resto de gotas. Muchas. Jamás pensó que podría tener tantas compañeras fuera de su tubo. Empezó a moverse entre ellas y parecían aletargadas, cohibidas al encontrarse unas frente a otras. Hacía frío, pero no era para tanto. Un súbito aumento de temperatura cambió el ambiente. El cuerpo de nuestra gota comenzó a vibrar y a emitir una luz brillante e intensa. Nunca se había sentido mejor y su energía comenzó a contagiarse a otras gotas, que también comenzaron a brillar con otros colores, uniendo su luz en un único destello cegador.
Al fin, se dio cuenta. Nunca había sido una gota más.